En el mundo de la música popular, la transición de la década de los setenta a los años ochenta parece suave. No hay un estampido, ninguna turbulencia la anuncia, aunque hay un cambio radical: los sintetizadores y las cajas de ritmo campean a sus anchas, crean un sonido frío, sintético, maquinal. Es el techno pop (en ese instante estaba lejos de llamarse synth pop) y sus ecos llegan a México.

Fotografías: Johan Bisesti

Las antenas se conectan al exterior, a Inglaterra principalmente, y al recibirse la señal comienzan a surgir agrupaciones: Syntoma, Casino Shanghai, Silueta Pálida.  Hay, en medio de ese efluvio, una que surge posteriormente, pero que de inmediato llama la atención: Interface, dueto integrado por Samir Menaceri y Roxana Flores. La última, junto con Synthia Napalm (Syntoma) y Ulalume (Casino Shnaghai), marcan el arribo de más féminas a un territorio hasta entonces dominado por los hombres.

Llegar no fue fácil, mantenerse tampoco. Roxana Flores, al hablar de su acercamiento a la música electrónica, cuenta: “Estudiaba violín en la Escuela Superior de Música y para ir a mi salón que estaba hasta arriba, tenía que pasar por el estudio de música electroacústica y escuchaba los sonidos que salían de allí. Tenían un sintetizador modular increíble que antes se programaba con cables. En ese entonces tendría como once años y un día me atreví a tocarles y pregunté qué se necesitaba para trabajar allí y me dijeron que ser compositor, programador, matemático… de todo, pero me dieron el teléfono de Antonio Russek para ver si él me podía asesorar”.

A pesar de que Roxana era una niña, Russek le tomó la llamada y le recomendó comprar equipo. Por aquel entonces ella iba a viajar al extranjero y aprovechó para hacerse de algunas cosas de la lista y a su regreso se puso nuevamente en contacto con Russek. “Él estaba a punto de fundar el CIIMM (Centro de Investigación Independiente de Música y Multimedia) y me dijo que me llevara mi equipo. Digamos que fui miembro fundador. Allí estaban Vicente Rojo Cama y compositores muy importantes que iban a grabar sus piezas, como Mario Lavista, Arturo Márquez, Roberto Morales. Yo jugaba Barbies con sus hijas, pero ya hacía música electrónica. Fue una cosa que me fascinó. El sentimiento que tuve la primera vez que toqué un sintetizador, la sensación fue como de expansión, me atrapó… De allí me contagié de ese virus y ya no lo pude dejar”.

Su primera agrupación fue Blanca y los Watts, una banda de corte new wave. Pero en el estudio de Antonio Russek también trabajaba Samir Menaceri y con él Roxana se ponía a hacer música experimental. Trabó contacto con Carlos Robledo, Illy Bleeding (ambos de Size) y con el Dr. Fanatik. Poco a poco nació Interface, una entidad que grabó tres placas que en su momento fueron totalmente innovadoras para la escena nacional: Autómata (1987), Dictadura (1989) y Extinción (1991). También en 1989, ella, Menaceri y Vicente Rojo Cama dieron vida a Masos, proyecto más experimental que dejó sólo un legado sonoro: Música para después de la batalla.

Era un medio habitado casi en su totalidad por hombres: “No había chicas, era muy pesado ensayar, sonorizar, tocar, salir en la madrugada, cargar tu equipo, volver a conectar. A veces mi papá o los amigos me daba un ride. Mi papá me apoyó desde siempre. Cuando entré al kínder, no obedecía las instrucciones de la maestra porque no quería hacer lo que hacían los demás niños; entonces en la escuela pensaron que yo era tonta, me mandaron con un doctor y me hicieron muchos tests y él les dijo a mis papás que yo era muy creativa y les recomendó que me metieran a clases de arte o algo así. Desde entonces mis papás supieron que no era una niña normal, me ayudaron y cuando tuve la presión de estudiar una carrera, opté por el diseño. Pero la música no es una cosa que se pueda dejar”.

Ya en 1992, se integró a OD (Samir Menaceri, Carlos Robledo e Illy Bleeding) y como cuarteto editaron La condenación de Fausto (Opción Sónica): “Éramos muy amigos de Carlos y primero hicimos Los Agentes Secretos (Carlos Robledo, Samir Menaceri, Roxana Flores). El corte “El Kodak traidor”, aparecido en el compilatorio Back Up, At-At Records, es lo único que existe editado comercialmente por esta agrupación que era más synth pop y luego formamos ese proyecto de OD. Fue una época muy divertida porque estaba rodeada de gente muy creativa y talentosa. Siempre he sido medio nerd, pero con ellos, con estos compositores, yo me sentía normal, sentía que ese era mi espacio, mi mundo. Antonio Russek era una persona fuera de serie y nos hablaba del rayo de creación, de Gurdief, de cosas místicas, esotéricas; era realmente fascinante porque por medio de Vicente Rojo Cama, su papá (Vicente Rojo) nos invitaban a tocar al Museo Rufino Tamayo y de pronto estabas en una reunión con Rufino Tamayo y con gente como Rigoberta Menchú y fue una experiencia fuera de serie conocer a todas esas personas y llegar a trabajar con algunas”.

Los tiempos eran divertidos, pero no los más propicios para vivir de la música y luego de una exitosa incursión, aunque no por ello menos azarosa (“es difícil  estar en un grupo, porque me cansa tener un repertorio de canciones, tocar siempre lo mismo y llevar el equipo; tal vez tienes que tener un ego muy grande para que eso te guste y a mí me gusta más trabajar en el estudio”), en el ámbito de la música electrónica, Roxana Flores se mudó a Berlín en 1994, ciudad donde reside desde entonces. Ocasionalmente viaja de vacaciones a este país y además de visitar a sus amigos, planea nuevas colaboraciones, un par de ellas las desarrolla actualmente con Mateo Lafontaine (Década 2).

Mientras llega el momento de develar ese trabajo, Roxana nos deja un recuerdo de esos años en los que abrió brecha: “Cuando tocábamos con Masos o Interface, a veces la gente nos aventaba hielazos, nos gritaba qué donde estaba la guitarra, la batería, queremos rock, cosas así. Tal vez no era escénicamente tan atractivo como un grupo de rock; en realidad, era medio aburrido ver a alguien con sus teclados y botones; no era ignorancia, tal vez para las generaciones recientes que tienen sus DJ, ya sea algo muy normal, pero en ese entonces era muy aburrido. Lo interesante de la música electrónica no era tanto el espectáculo sino escuchar, pero la gente quería bandas de rock, un cantante y pues a nosotros nos interesaba más contar historias. Con Masos además de proyecciones, a veces había performance, era otro tipo de espectáculo el que queríamos hacer”.