En la música del mundo, hemos visto y escuchado con frecuencia un instrumento sobre el cual se sientan los percusionistas para darle golpes. Muchos lo conocen, pero pocos saben exactamente qué es, qué nombre recibe, de dónde viene y la importancia que tiene en los más diversos géneros musicales, desde el folclor afroperuano hasta el son jarocho y algunas fusiones entre el jazz y la música folclórica iberoamericana y española.

El instrumento se llama cajón y mucho se ha discutido sobre el reconocimiento de su origen peruano. Incluso existe un Festival Internacional de Cajón Peruano, en Perú, mientras que en México hay otro denominado Festival Internacional de Cajón Peruano “Rafael Santacruz”.

Rafael Luis Miguel Santacruz Castillo fue un actor y músico peruano (1960-2014). Estudioso del folclor afroperuano, su libro El cajón afroperuano (2004) permitió que se reconociera al instrumento como originario del Perú y su posterior incursión en la música flamenca.

En 2007, Santacruz realizó en Lima el primer Festival Internacional de Cajón Peruano que en su mejor momento congregó a 2500 cajones y cajoneros que tocaron al unísono.

Juanchi Vásquez, director y fundador del Festival Internacional de Cajón México, comentó en una charla personal: “Conocí a Rafael Santacruz y juntos pensamos en la descentralización del Festival Internacional de Cajón, nos asociamos y comenzamos gestiones para hacerlo aquí, nuestra fecha para realizarlo por primera vez en México era a principios de octubre de 2014”.

Sin embargo, Santacruz no pudo ver realizada la primera emisión del festival en México, dado que el 4 de agosto de aquel mismo año murió a causa de un infarto.

En noviembre del 2016, se presentó en México el Tercer Festival Internacional de Cajón Peruano, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, dando cita a muchos virtuosos del instrumento, con diferentes estilos musicales y estilos diversos en los que el cajón lució lo mismo en el son jarocho que en la música afrocaribeña, el jazz, el latin jazz, el flamenco y la música iberoamericana.

El cajón es un instrumento de percusión. Recibe su nombre porque se trata de una caja de madera que consta de un mecanismo sofisticado, mediante el cual el cajonero puede ejecutar no sólo diversos timbres, sino también sonidos y afinaciones para cada zona de resonancia. Se toca generalmente sentándose sobre él y dejando caer las manos en la cara lisa del mismo.

Cuenta la leyenda que los esclavos africanos que transitaban en los barcos desde Europa hacia América, a finales de la colonización española, tenían prohibido ejecutar sus tambores, ya que la Iglesia Católica los consideraba pecaminosos y paganos, además de que entre los mismos esclavos existía una comunicación a distancia por medio de dichos tambores (los españoles los llamaban “tambores parlantes”). Por estas razones, muchos tambores y no pocos de sus ejecutantes fueron quemados, pues se quería evitar que sonaran los “panalivios”, es decir, un tipo de canción negra que comunicaba su esclavitud a través de lamentos, algo muy parecido a lo que haría el blues en Norteamérica décadas después.

Para 1813, en Perú no había un solo tambor. No había vestigios siquiera de que existiera dicho instrumento. Incluso desapareció toda referencia en documentos virreinales y fue hasta 1840 cuando se encontraron por fin datos del uso del cajón como instrumento musical. 

Los afroperuanos son la conjunción de etnias africanas (bene, yoruba, bantú, congo, etcétera). Al ser la percusión el factor principal y divino de toda música africana, los esclavos negros se vieron obligados a buscar otros instrumentos con los cuales pudieran expresarse. Así que encontraron en los cajones de madera, usados para transportar mercancía, un gran medio de percusión para sus ritos sagrados y para su música en general.

En sus orígenes, el cajón fue usado en danzas costeñas como la zamacueca y el tondero, bailes originarios de la costa centro y norte del Perú. El uso de este instrumento fue popularizado con estos bailes, así como en la fiesta limeña de la época virreinal denominada “Fiesta de Amancaes”. Esta fiesta se caracterizaba por reunir a todos los hacendados criadores de caballos de paso, artesanos típicos de todas las regiones del Perú y a músicos bohemios de la costa norte y centro.

Hay crónicas del siglo XVII en las que se cuenta que en los bares o “chinganas” de Lima se tocaba una especie de ritmo gitano primitivo parecido a la bulería flamenca, golpeando los nudillos de los dedos contra las mesas; incluía voces discordantes “aguardientosas” (pisqueras o clarito) y se hacían acompañar por dos guitarristas.

Sin embargo, fue hasta 1977 que el cajón peruano migró a Europa y se convirtió en instrumento imprescindible de la música andaluza, del jazz flamenco y de muchas conjunciones distintas. Ese año, Paco de Lucía realizó una gira internacional que incluyó a Perú y fue ahí donde conoció el cajón peruano, según el artículo de Silvia Calado “Érase una vez… un nuevo instrumento” (Flamenco-world.com, 2005).

Dice Calado: “Sucedió que durante una gira de Paco de Lucía por Latinoamérica, hacia 1977, llegó a manos del percusionista de la banda un cajón en una fiesta organizada por el embajador español en Perú. Rubem Dantas lo incorporó a la música del sexteto del guitarrista quien, como marcaba (y marca) la pauta, quiso incorporarlo directamente a la música del flamenco”.

Manuel Soler estuvo presente en el momento de la adopción, pues iba en el grupo como bailaor y hasta “tocando unos bonguitos”. Según comentó en una entrevista, concedida a Flamenco-world.com en 1999, “el cajón era más sobrio para el flamenco que otros instrumentos de percusión que ya se habían empleado, como las congas, los bongós o la batería”.

El instrumento gustó mucho a diversos percusionistas y pronto se propagó su uso entre músicos del flamenco contemporáneo, según el mismo artículo de Silvia Calado: “Veinticinco años después de que Paco de Lucía lo importara de Perú, el cajón ocupa ya un hueco irreemplazable en el flamenco. La clave de tan natural integración es que está a medio camino entre las palmas y el taconeo. El instrumento se hizo a la música jonda al compás que marcó Rubem Dantas dentro del mítico sexteto. Al percusionista brasileño lo siguieron los músicos Antonio Carmona, José Antonio Galicia, Manuel Soler, Tino di Geraldo y Ramón Porrina y poco a poco se va afianzando en una segunda generación de cajoneros en la que destacan nombres como Piraña, Bandolero, Chaboli, Antonio Coronel, Cepillo, Guillermo McGill… Golpe a golpe, va limando los criticados excesos, encontrando su equilibrio y dirigiéndose a convertirse en la cuarta modalidad del flamenco”.

Cabe mencionar que actualmente el cajón peruano cuenta con tres tornillos que permiten la graduación de tono (afinación) y al cajón flamenco se le ha añadido un sistema de tres cuerdas similar al entorchado de una tarola, el cual le da una resonancia distinta a la de su similar andino y permite una gama distinta de sonidos en los que el cuerpo completo del instrumentista juega, entre pies y manos, diversas formas de interpretar el ritmo que se retroalimenta con la vibración y emoción de quien se encuentra sentado sobre él.