A la música del pianista Ludovico Einaudi (Italia, 1955) llegué en forma indirecta, el mejor modo de llegar a lo de veras esencial. Fue Estrella Danzarina, mi musa, quien me hizo escuchar en YouTube dos piezas de Einaudi; supe así que forman parte de la banda sonora de la película francesa Untouchables (2011). Cuando vi esa película, esta música de piano, la de Ludovico Einaudi, me pareció excepcional por la forma como ingresaba dentro del montaje de la cinta, marcándolo en muchos sentidos que van más allá de refrendar lo dicho por la línea visual y los diálogos. Esta música manifiesta de modo preciso, dentro del montaje del filme, el profundo sentimiento de amistad que une a los dos protagonistas. Es música con un alto contenido espiritual, mueve el alma.

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Así llegué a la música de Einaudi. Un pianista al que admira y sigue el público culto que lo reconoce como un significativo compositor minimalista. Pero también lo sigue y admira el gran público de la música popular calificada como semi-clásica. Lo interesante es que Einaudi ha elegido seguir tal camino extraño: igual es un músico de conservatorio con un alto dominio de su instrumento, el piano, que es un músico popular que no compone piezas ajenas al gusto inmediato de las masas, pues todas las obras que le conozco son melodías ordenadas de acuerdo al canon y en estructuras breves que no demandan grandes esfuerzos de atención. Música “borderline” en el lado comprensible de lo “border”. No molesta o incomoda; pero tampoco engaña y enajena. Es música en toda la letra. Música amable y auténtica.

Me conmueve que esta música le da calma y luz al alma de ella, mi musa, Estrella Danzarina, la joven bailarina que admiro y considero. Dice que Einaudi la inspira a bailar mejor. Y yo escucho que es música en efecto minimal, música con forma de mantra budista, repetición de repeticiones con ligeras variantes, repetición que cierra la repetición y descifra lo sin repetición, una forma técnica de poder alcanzar la meditación que lo ilumina todo con el ser y el sentido del ser. Sin ilusiones, sin trampas, sin sofismas, sin autoengaño. Una estructura para pensar en libertad. Tal es la verdad que encuentro en las piezas que escucho y estudio de este compositor e intérprete.

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La música seria de Ludovico Einaudi sabe evitar la oscuridad im-propia de la vanguardia talibana y dogmática del rock y sus contraculturas. Es música libre como la de Astor Piazzolla y Frank Zappa, una forma de estar con luz propia dentro de un género de lo popular y sin dificultad alguna ingresar y actuar con sentido afirmativo dentro del círculo de lo más educado en oído y gusto. Nuestro pianista consigue algo inusual, digno de atención. Difícil será que entonces su música no gane nuestro interés y respeto.

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Son dos las piezas que la musa me comparte de Einaudi. Una, intitulada “Una mañana”, es de poner la carne de gallina y los ojos llenos de lágrimas, nada más por su forma de expresar la belleza, sí, la belleza del sonido y el silencio convertidos en música. Música optimista sin autoengaños. Música para escuchar lo bello de existir de verdad aquí y ahora. La otra pieza es la respuesta indispensable para el sentimiento anterior, se titula “Vuela”. Un momento musical en el que se manifiesta la luz de la aurora del ser en el ser que ahora mismo somos una vez nada más dentro del enigmático anillo del eterno retorno de lo mismo. Una luz definitiva que tiene la forma de un ave, un ave suma de todas las aves y en definitiva la figura de un colibrí, un corazón con alas que se sostiene quieto, casi fijo, en intenso movimiento, al sorber la miel de la flor. Música vital que hace danzar al alma de quien la escucha. Para estallar en la iluminada sonrisa de quien siente y sabe la verdad y así reconoce que todo debe quedar en silencio, santo silencio. Silencio que escucha atento, enamorado.