A Elías Kichik y Roberto Carballo, en recuerdo de aquella guitarra de aire imitando a Earl Slick en la interpretación de Moonage Daydream en Live at the Tower Philadelphia.

La noticia me llegó poco antes de las seis de la mañana. Un buen amigo subió a mi muro la nota de la edición electrónica de El País: David Bowie había muerto. Inmediatamente recordé aquella tarde en que escuché los más poderosos acordes de glam rock que habría de conocer jamás. Eran los primeros años setenta, mi hermano mayor, Beto, había conseguido por fin The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Una hazaña en el semitrópico sinaloense, en Culiacán, ciudad alertada ya desde entonces por el metralleo físico de las balas nocturnas y el metralleo auditivo de los corridos monocordes cantados por voces nasales y, ciertamente, bien vernáculas. Imité entonces la tonada voluptuosa y memoricé la letra retadora:

Making love with his ego,
Ziggy sucked up into his mind
Like a lepper messiah
When the kids had killed the man,
I had to break up the
band.

Desde entonces me acompañó el maestro Bowie. Me hice de mi colección en acetato y me rehice de ella después en formato de disco compacto. Buena parte de mi andadura de vida, varios de mis momentos de refundación musical tuvieron que ver con el descubrimiento y redescubrimiento de su música. Descubrí sus primeros imprescindibles trabajos y todo cambió: del David Bowie (1967) me cautivaron poco a poco The London Boys, The Little Bombardier  (y el azoro gozoso con esa letra terrible e hija de la posguerra: War made him a soldier/ Little Frankie mear/ Peace left him a looser/ The Little Bombardier). De Space Oddity, The Man Who Sold The World y Hunky Dory, me pegó todo y fortísimo. Sólo por ubicarme en el experimento de la isla desierta, diría que de esas tres obras maestras me llevaría Cygnet Committee, With All the Madmen y The Bewlay Brothers, aunque, como Bartleby el escribiente, preferiría no hacerlo.

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Orgullosísimo llegué a casa una buena mañana, en aquella Guadalajara de mis tiempos de bachiller, con Pin Ups y esa versión de Here Comes The Night en la que el barítono se desgarra en el lamento sadomasoquista de arranque. Ya estaba familiarizado con la potencia de unos canes diamantinos y su Big Brother que cantándole a la Providencial e inasible figura, prohibía hablar de polvo y rosas, prohibía hablar de realidades: Don’t talk of dust and roses…

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Luego, la tercera época con Young Americans, Station to Station, Low y Heroes. Más experimentación, primero con un extraordinario plastic soul,y enseguida con un rock ácido y progresivo, asociado en los dos últimos álbums con Brian Eno. Can you hear me, Word on a Wing, Always Crashing in the Same Car y Ashes to Ashes fueron fatigadas hasta el cansancio esos años de activismo estudiantil, de bohemias inolvidables con los hermanos y amigos y de discusiones con los camaradas que no querían cambiar la Nueva Trova, Serrat o Zitarroza del agotado tornamesa.

Poco antes de la caída del Muro de Berlín y el Socialismo-Realmente-Existente, llegó la cuarta conversión del Camaleón: una época de desengaños amargos que incluyó a Bowie y su incursión en ritmos comerciales aunque siempre con su sofisticación característica. No fue sino hasta Hours (1999) que me reencontré con él plenamente. Blackstar, recién estrenado, me ha impresionado: Blackstar y Lazarus, dos composiciones que muestran al mismo Bowie y a otro Bowie siempre experimental, jazzeando como no lo había hecho antes.

Mis amigos, mis hijos, mis amores, mis correrías existenciales, mi vida está marcada por David Bowie y su música. Me encanta Bowie, me encanta su música, sus performances desafiantes, sus letras de storyteller y de químico de la lengua. Estaré siempre encantado por el Rey Camaleón.