“A crazy idea”. Así le describió el saxofonista John Zorn a Benjamín Shwartz, corazón de Klezmerson, su invitación a formar parte del selecto grupo de músicos que integran la serie Book of Angels, una colección de álbumes iniciada hace diez años y en la que encontramos, entre otros, trabajos de Pat Metheny, Eyvind Kang, The Dreamers, Masada Quintet, Marc Ribot y Secret Chiefs 3.

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Shwartz cuenta que, al aparecer su disco debut hace diez años, envió copias a diferentes personas en el mundo y la única en responderle, con una escueta felicitación, fue Zorn.

Luego, con Klezmerol, su segundo disco ya en circulación, Cyro Baptista llegó a México y de regalo se llevó una copia del mismo que a su arribo a Nueva York le prestó a Zorn y lo exhortó a escucharlo. El siguiente paso en la vida de Klezmerson fue la aparición de Siete en el sello Tzadik.

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“Cuando me habló de su idea loca”, dice Shwartz, “me quedé lívido, tanto que me dijo que si no me gustaba, hiciera otro disco para Tzadik”. El pianista tardó poco en hacerle entender que la idea no solo le gustaba, sino que estaba fascinado por ella y el neoyorkino, al final de la charla, solo le pidió que fuera “muy ambicioso”.

“En enero –prosigue el líder de Kezmerson– me mandó doce partituras muy sencillas, escritas de su puño y letra, prácticamente una idea musical, y me dijo que hiciera yo con ellas lo que quisiera. Me senté al piano, empecé a tocarlas y no me gustaban. De pronto pensé que era raro que no me gustara ninguna y lo que hice fue revisar qué habían hecho mis predecesores. En realidad era un pretexto para hacer un disco como yo lo deseara y quería plasmar la idea de la música mexicana con la cultura judía y el bagaje que traigo encima”.

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Así se gestó el volumen 24 de la serie Book of Angels dedicado a Amon, Gran Marqués del Infierno: “Cada ángel que mandó, lo hizo con una breve descripción; pertenecen a culturas paganas, a la tradición judeocristiana e incluso egipcia. Intenté plasmar musicalmente, de forma muy abstracta, lo que cada uno de estos ángeles significa”.

Para este quinto disco, Klezmerson, además de Shwartz en órgano jaranas y viola, se complementa con Chali Mercado (batería), Juan Manuel Ledezma (guitarra, leona), Marco Rentería y Carina López (bajo), María Emilia Martínez (flauta), Dan Zlotnik (saxofones, clarinete), Chatrán González (percusión), más la colaboración de Gustavo Nandayapa, Osiris Caballero, Rolando Morejón, Alex Otaola, Natalia Pérez, Moisés García, Homero Santiago, y Rodrigo Santoyo.

Es una alineación que ha procurado mantener y cuyos frutos se esparcen en nueve composiciones en las que el mambo (“Samchia”, “Hashit”), la música klezmer, el son (“Abachta”, con un solo de violín que llama a la Huasteca), la música de cámara (“Sehibiel”), los espasmos de rock (“Amabiel”) se entrelazan en un amasiato impúdico, pero armónico y delicioso. Es un disco alumbrado por lo diverso: lo mismo podemos escuchar la influencia de Pérez Prado, algunos atisbos de metal (“Yefefiah”), la influencia anónima de los soneros (“Lahmel”), un festín de percusiones en el comienzo de “Zikiel” que luego deriva en un son bailable, cadencioso, con algo de klezmer y los alientos que regurgitan y llena de color lo que ya de por sí era luminoso o un misterioso soundtrack imaginario, con algo de thriller en la breve “Kabshiel”.

Sin embargo, Amon, a pesar de las fuentes de las cuales abreva, está lejos de ser un disco ecléctico. Shwartz ha logrado dar continuidad y personalidad a esos tres grandes ejes que lo vertebran: el son, el klezmer y la música de cámara. Algo se cuela por allí de rock, de surf. El todo tiene un sabor agradable, pero difícil de definir. Es un retrato del misterio, del embeleso, una placa que hay que degustar y celebrar porque su inserción en tan prestigiado sello y, específicamente en esa serie, habla de los frutos del trabajo de algunos músicos mexicanos cuando estos se comprometen consigo mismos y no se supeditan a moda alguna.