Con Neil Young, cerca de medio siglo nos contempla (y me refiero al plano meramente musical y discográfico, ya que en lo cronológico este 2015 el canadiense cumplirá 70 años). Casi medio siglo de no parar, casi medio siglo de carrera intensa, creativa, productiva, bipolar (¿o esquizofrénica?), vibrante, hiperquinética, neurótica –casi histérica en momentos–, regocijante y siempre inventiva. Desde su lejano primer álbum, el homónimo Neil Young de 1968 (aunque el primer disco en que participó fue el Buffalo Springfield de 1966, con el quinteto del mismo nombre) hasta hoy, Young ha sido una fuerza de la naturaleza, un trovador tan tierno como rabioso, un folclorista atípico, un rocanrolero desatado, un rebelde incontrolable y caprichoso, un artista en toda la extensión de la palabra.

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Los meses más recientes han representado una especie de síntesis existencial para este hombre singular. En ese tiempo, Neil Young ha hecho y deshecho cuestiones tan diversas como la realización de un acetato de covers (A Letter Home), grabado en la primitiva cabina Voice-O-Graph que tiene Jack White en los estudios de su disquera Third Man Records; el lanzamiento de un novedoso sistema de audio digital conocido como Pono; el anuncio de su divorcio de Pegi, su esposa de 36 años; el fuerte disgusto que tuvo con David Crosby y que lo llevó a anunciar que jamás volverá a participar con Crosby, Stills & Nash; y la reciente aparición de su segundo libro, intitulado Special Deluxe: A Memoir of Life & Cars.

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Por si todo lo anterior fuera poco, el hiperactivo autor de canciones clásicas como “Heart of Gold”, “Old Man”, “Helpless” o “The Needle and the Damage Done”, entre cientos más, puso en circulación, a finales del año pasado, Storytone, un ambicioso y quizás hasta pomposo pero a fin de cuentas estupendo nuevo álbum.

Storytone viene en dos versiones: la “sencilla”, con diez temas en los que Neil Young se hace acompañar por una orquesta sinfónica (en siete cortes), un grupo de rock (en dos) y una big band (en uno), y la “de lujo”, que contiene, aparte del mencionado, un disco más, con las mismas piezas pero en su interpretación austera, es decir, con Young solo, hacindose acompañar por su ge y capr su interpretaciñar por una orquesta sinfan Recordsa grabacioso, un rebelde incontrolable y capréndose acompañar por su guitarra acústica, su piano o un ukulele. Es esta versión doble a la que me referiré.

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Si bien las diez composiciones tienen el más que conocido y característico estilo del buen Neil, éste siempre encuentra la manera de dar a sus melodías un toque que las hace diferentes y distinguibles unas de otras, a pesar de ser tan armónicamente semejantes. Esta es una virtud que no poseen todos los compositores.

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Ambos discos arrancan con “Plastic Flowers”, una preciosa tonada que escuchada con la suntuosidad de la orquesta adquiere colores muy diferentes a los de la versión austera, con sólo voz y piano, que la desnuda y le da una mayor autenticidad. Esto mismo sucede con el resto del material, sin que constituya necesariamente un defecto. Así pasa con cortes como “I Want to Drive My Car”, “Who’s Gonna Stand Up?”, “I’m Glad I Found You” o esa absoluta belleza musical y letrística que es “Glimmer”.

Young ya había utilizada orquestaciones con anterioridad, notablemente en el álbum Harvest de 1969, en temas como “A Man Needs a Maid” o “There’s a World”. Storytone remite sin remedio a ese, quizá su disco más célebre.

La temática de las letras básicamente se refiere al amor y el desamor (es clara la presencia en ellas de su ex esposa y, al parecer, de una nueva enamorada aún más joven), pero también a su pasión por los automóviles y las carreteras.

Storytone es un muy buen disco. Una inesperada joya en la amplia discografía neilyounguiana.