Tiene casi 68 años y su andar ya es pausado, incluso cansino. Sin embargo, su memoria está intacta y hoy, entre otras cosas, ha venido a desgranar recuerdos. La retrospectiva arranca en los sesenta, cuando ya era alumno de Stockhausen y viajó a Nueva York a un concurso de directores de orquesta. El azar lo puso en una ciudad ebullente, se confrontó con la música de Jimi Hendrix y Velvet Underground, trabó contacto con Terry Riley, conoció a Steve Reich. Se sentaban a tocar por horas, perdió la noción del tiempo, llegó tarde y fue expulsado del concurso, algo de lo que, cuenta, nunca se arrepintió.

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Entonces fundó un grupo, pero en vez de explorar o tratar de conjuntar diferentes vertientes sonoras, aglutinó a su alrededor a un guitarrista de rock (Michael Karoli), un baterista de free jazz (Jaki Liebezeit) y un bajista (Holger Czukay) que, como él, provenía de las cursos de Stockhausen.

Narra su encuentro con el norteamericano Malcolm Mooney, de la paranoia de este y de cómo, en el castillo de Schloss Norvenich, en medio de un tráfago de gente, abrían las puertas del estudio, dejaban colarse los ruidos, los grababan (“cualquier ruido, en el ambiente, en el entorno adecuado, se vuelve música”), improvisaban y el cantante repetía una frase cualquiera, como si fuera un mantra, hasta la extenuación.

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Recuerda, con delectación, la primera vez que abrió las puertas de su casa a sus compañeros de grupo y la avidez de Karoli al contemplar su colección de discos de Bali, esos álbumes con rótulos en fondo negro del sello Ocora;  reconoce que Can estaba formado por cuatro personalidades de fuerte ego, que “si podían dominarse entre ellos, podían hacerlo con cualquiera, incluido el salvaje Damo Suzuki”, otro de los cantantes que pasara por las filas del colectivo.

Irmin Schmidt vino a platicar de Lost Tapes (Spoon Records, 2012), el ¿último? álbum de Can, un box set de tres discos que es el resultado de 50 horas que estaban allí, mudas, a la espera de ser escuchadas y que, luego de una ardua selección, se redujeron a un poco más de tres horas.

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Schmidt dice que el resto, las otras 47 horas, eran basura (dice crap), pero no especifica para quién. Cualquier adepto al cuarteto de Colonia estaría dispuesto a sumergirse en esos casi dos días de música para comprobarlo directamente (no hay tiempo para preguntarle por esas sesiones con Tim Hardin o Michiko Nakao en la voz (incluidos en el disco pirata Canobits) y que presentan algunos momentos tan trepidantes o más que Lost Tapes).

Y es que la música de Can nacía de la improvisación, de largas sesiones que después, a la manera de Teo Macero, eran editadas y aun seguían siendo largas, algo que “probablemente –comenta- se relaciona con el carácter wagneriano propio de los germanos”.

Hoy, Schmidt rememora eso, sus encuentros con la Consagración de la primavera (“un disco que me tomó mucho tiempo digerir”), sus lecciones con John Cage y cancela futuras ediciones de la música de Can. Luego, hace un DJ set y en medio de ese viaje cósmico uno tiene la certeza de que tal vez no sea necesario sacar de los baúles más música nueva de la agrupación. El legado, esa colección de discos oficiales y bootlegs, ya es suficiente. Como Miles, como Zorn, como Ellington, la obra de estos teutones es pantagruélica, revela matices, recovecos, sorpresas en cada escucha y bien puede llevarse una vida asimilarla.