Los intérpretes de la música popular africana orientados hacia la world music y otras sonoridades alternativas, desde fines del siglo XX y proyectados hacia —por lo menos— las primeras décadas del XXI, han encontrado tres maneras de producir una forma artística contemporánea viable y en contacto con la población del mundo en general.

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Esto ocurre por medio de su progresiva reafricanización, es decir, la dilución de las influencias internas en géneros que surgieron como imitación de los extranjeros; en segundo lugar, mediante el empleo de la retroalimentación recibida del resto del mundo en forma de música de baile y, finalmente, al continuar con la antigua tradición de la música de protesta.

Estas tres formas de identificación cultural, tamizadas por las sonoridades contemporáneas y de vanguardia, cobraron mayor importancia en los noventa (Miriam Makeba, Hugh Masakela, Abdullah Ibrahim, Fela Kuti o Youssou N’Dour, por mencionar a unos cuantos) y se han empleado de manera más consciente desde los años cero, debido al reforzamiento de la creación cultural que inundó a las nuevas naciones africanas independientes.

Ya entrados en el siglo XXI, como estandarte de tal situación y ejemplo de lo anterior está Salif Keita, un cantautor nacido en Mali en 1949, cuya trayectoria discográfica constituye una obra de validez general extraída de la cultura africana musulmana.

Keita es un hombre albino negro que, además, ha tenido que pasar por el rechazo en varios países del continente por esa característica. La vida de un albino negro en ciertas naciones africanas es un infierno. Para algunos, estas personas son una reencarnación demoniaca y deben ser exterminadas (según la cultura mandinga); para otros, portar sus dedos como amuleto, beber su sangre y utilizarla para la brujería significa atraer la riqueza y el poder. Por ello son literalmente cazados y vendidos completos o en partes por cientos y miles de dólares.

Keita ha luchado contra tales supersticiones, prejuicios raciales y discriminación a base de música, con melodías y ritmos tradicionales mandingo mezclados con la rítmica contemporánea mundial. En sus álbumes (desde el debut con Soro, de 1987, hasta el más reciente Talé) extiende un paisaje sonoro único gracias a la transparente producción en cada uno de ellos.

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Tal discografía proyecta una feliz amalgama entre la cristalina voz de Keita (que recuerda a la de Cesaria Evora por el gran parecido que existe entre el tono y el timbre de ambos), los instrumentos tradicionales malienses (kamélé n’goni, djéli n’goni y darbuka) con los occidentales y, sobre todo, con el uso de los sintetizadores y programaciones digitales más contemporáneas, dándole con ello mayor riqueza a su música.

Las grabaciones para los álbumes tienen lugar en Francia, la patria adoptiva del músico (en estudios con tecnología de punta). Sin embargo, los ensayos regularmente los llevaba a cabo en Bamako, la capital de Mali, en la que residen algunos miembros de su banda, hasta la llegada de los integristas islámicos que prohibieron toda clase de música.

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Dicha circunstancia también acabó con el magno proyecto que había emprendido con base en la “moffou” —una pequeña flauta con la que los niños ahuyentan a los pájaros de los sembradíos— la cual le inspiró la creación de un centro cultural a la orilla de la mencionada ciudad, para enseñar a tocar los instrumentos tradicionales de las culturas mande.

Independientemente de eso, al crear las mezclas de lo antiguo con nuevos conceptos musicales y tecnológicos, cargados además de una conciencia sociohistórica, Keita ha recuperado los recursos locales y conducido, a su vez, a la explosión de diversos estilos, los cuales a la postre viajan hacia otras latitudes para repercutir en otras formas de musicalizar al jazz, el world beat y demás géneros contemporáneos que le colorean el mapa sonoro a la actualidad global en la que coexistimos los seres humanos.

 

Sergio Monsalvo C.