Jazz es una palabra que ha logrado la trascendencia. Oficialmente cumple 100 años de haber sido grabada como género musical. Y así como al rock, al que también quisieron robarle sus raíces, al jazz lo grabó por primera vez un grupo blanco (Original Dixieland Jass Band), el 26 de febrero de 1917, en la RCA Victor, con “Livery Stable Blues”. Sin embargo, se sabe de la negritud de su origen con tan enormes aportaciones por entonces, como intereses racistas en su contra.

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Por ello la palabra tuvo que nacer pícara, por su lado. Nadie nunca ha sabido en realidad de dónde o cómo surgió. De repente ahí estaba, como una marginal que sobrevivía de su ingenio y hasta su turbio nombre había recibido cambios, más de apariencia que esenciales, buscando la identidad contundente más que el fonema adecuado. Su periplo de la doble “ss” a la doble “zz” fue de artículo periodístico (incluso de nota roja). No así su historia escrita y grabada de longevidad centenaria, que abarca bibliotecas y fonotecas enteras, así como todos los honores.

Si se le atribuye un origen callejero, de barrio bajo, prostibulario y canallesco, eso la emparenta con muchos otros términos y trasfondos de la cultura popular comunitaria: tango, fado, raï… y ello no hace más que reafirmar su acta de naturalización bastarda e ignota. Porque su nacimiento estuvo ahí, en la promiscuidad y en la miseria humanas, en su mezcla y en sus afanes libertarios y de sobrevivencia.

Cuando los africanos llegaron como esclavos a ese caldero conocido como Nueva Orleáns, no les permitieron que se casaran o que tuvieran hijos y los separaron por dialectos para que no pudieran comunicarse, les robaron cualquier idea de hogar, de comunidad. Sin embargo, se mezclaron y lo hicieron con otros desarraigados (a los criollos franceses que fundaron dicha cuna se les añadió una maraña de gente de las Antillas, del Caribe, Sudamérica, México y del resto de América del Norte y Europa –los europeos procedían sobre todo de Francia y España).

Con semejante aglutinación, era obvio que dicha metrópoli porteña fuera distinta de otro lugar cualquiera en el mundo. Fue una ciudad donde los funerales automáticamente se convertían en desfiles callejeros (además del carnaval o Mardi Gras), donde los lugares de diversión se mantenían abiertos las 24 horas del día y donde la música fluía por igual. Ahí, tener una fiesta dejó de ser un pasatiempo informal para convertirse en una forma de vida, en la que la comunidad afroamericana (mayoritaria), celebraba el multiculturalismo y sus intercambios.

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Es difícil concebir, a la luz de la distancia, la experiencia del valor de un ser humano con el precio de existir como ser humano. No obstante, aquellos hombres oprimidos lo hicieron. Cambiaron con una palabra la forma en que esa experiencia debía ser dicha: “Jazz”.

La riqueza de ese lugar era su mezcla, puesto que todos eran inmigrantes. Fue esa mixtura de comida, música y lenguaje la que le proporcionaría su riqueza a ese país en los años venideros, aunque los reaccionarios de siempre atentaron una y otra vez contra ello. Lo hicieron primero a principios de la primera década del siglo XX, al enviar al ejército a “limpiar” dicha ciudad de su ambiente y “sonidos burdeleros”. Ello obligó a los músicos a emigrar al ver cerradas sus fuentes de trabajo. Lo hicieron hacia el Norte y en su éxodo llevaron consigo sus historias, sus leyendas, sus instrumentos, su música aglomerada, aquella palabra y el blues esencial del que estaba constituida. Llegaron a Nueva York a continuar su narración y de ahí se diseminó por doquier en la búsqueda de dignidad.

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Jazz, pues, es una palabra con tiempo y en él ha sido principio de impulso creativo. Razón de ser y destino de música sabia. Está en el corazón mismo de nuestra época desde entonces (como término compuesto: hot, dixieland, bebop, swing, cool, hard bop, post bop, modal, jazz-rock, fusion latin, funk, free, third stream, crossover, world, acid, remix, electronic, hip hop, global…). Fue la primera cosa que habló de civilización en el pasado siglo: el placer que penetró por el oído y arrastró todos los sentidos. En el cine, la pintura, la poesía, la música académica, la fotografía, el teatro, en la literatura (donde alcanzó el máximo galardón otorgado a la palabra: el Premio Nobel en1993, con Toni Morrison como su representante).

Jazz fue así el desarrollo, el mito y sus oscuridades en una realidad entonada con la voz, el sax, la trompeta, el piano o los tambores. El sonido de lo cierto en la intimidad de un solo o en lo lúdico representado por las orquestas. Una música libre para todos y espontánea; estallido de músicos apasionados que derraman su energía en los instrumentos, buscando la expresión conmovedora en la improvisación.

Melancólica e introspectiva o alegre y danzarina, se inspira no sólo en un ideal abstracto, sino en el mismísimo sonido de la voz humana. Con su realidad doliente, relajada o festiva, con su ritmo y sensualidad propias. Así, el latido y la vivencia plasman sus obsesiones para siempre y le dan a esa voz otra posibilidad de difundir su mensaje. “La libertad es ese lugar donde puedes amar lo que se te antoja, donde no necesitas permiso para desear” (Toni Morrison dixit).

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Alguien improvisa y el sonido se alarga interminable. Alguien improvisa y desata cantos sucesivos y alternados en otros terrenos, de otros semejantes, sin distancia. Alguien improvisa mientras su instante reclama libertad y su fugacidad extiende el momento y la dignidad del ser humano. El sonido y su palabra se escuchan porque simplemente vienen de dentro e invaden no sólo el espacio, el lenguaje, sino también el tiempo.

 

 

Un comentario en “Los olvidados
Jazz: la palabra sabia

  1. “En una ocasión viendo un programa de televisión en la India, se dijo que Dios estaba en el viento y en el agua, y pensé que maravilloso es poder nadar en El, o limpiar tu cara con su brisa.
    — Donald Miller.
    (Blue Like Jazz: Nonreligious Thoughts on Christian Spirituality)
    Felicidades Don Sergio por su articulo.