Mientras hurgaba en mis archivos de papel impreso, me topé con esta reseña que escribí hace más de 30 años (para ser exactos, se publicó el 26 de marzo de 1993, en la sección de cultura que en aquel entonces dirigía Víctor Roura para el diario El Financiero y de la cual yo era colaborador con mi columna semanal “Bajo presupuesto”). Me pareció interesante retomarla a manera de rescate hemerográfico, pues se refiere al único concierto que dio alguna vez en México el trío de rock progresivo británico Emerson, Lake & Palmer. Hela aquí.

Han pasado ocho exactos días desde la noche en que la magia, el pasmo y la maravilla se apoderaron del foro del Auditorio Nacional. Ocho días en los que la mayor parte de quienes tuvimos la enorme fortuna, el privilegio sin par, de estar presentes en aquella velada no alcanzamos aún a poner los pies en la tierra. Fue algo asombroso que superó todas nuestras expectativas y nos dejó clavados en las butacas como mariposas de colección. Fue la noche en que la música alcanzó sus más altos niveles de pureza y perfección, la noche en que los demonios del arte en su más pura esencia descendieron a este humilde planeta para llevarnos, a unos cuantos elegidos, al infernal paraíso del fuego purificador.
Lo sé. Cuánto lirismo tan hiperbólico, tan pretencioso y tan chafa. Lo que sucede es que no encuentro aún cómo expresar lo que viví la noche del pasado 19 de marzo, durante el extraordinario concierto que brindaron esos geniales compositores y ejecutantes que son Keith Emerson, Greg Lake y Carl Palmer. Fue una experiencia golpeante, inesperada… y esperada al mismo tiempo.
Me explico. Uno que conoció a este trío progresivo en su plena adolescencia, hace más de veinte años, y que escuchó sus primeros discos hasta aprendérselos de memoria, uno que le siguió los pasos con religiosa pasión, uno que gozó hasta la saciedad de todas y cada una de sus obras maestras (Emerson, Lake & Palmer, Tarkus, Trilogy, Pictures at an Exhibition, etcétera); uno, pues, que ha sido su admirador incondicional, estaba, sí, con la expectativa de ver un espectáculo magnífico, en el que la nostalgia reviviera viejos recuerdos. Y así fue, pero potenciado al cuádruple, al quíntuple o al céntuplo. Lo que presenciamos esa noche, iniciados y no iniciados, fue una ceremonia sobrehumana, un recorrido por parajes misteriosos y fascinantes, un viaje de ácido sin ácido, una orgía de fuegos de artificio que nada tenían de artificio. En fin, que ya me estoy poniendo otra vez supuestamente lírico y ello me aleja de la objetividad (si es que resulta posible ser objetivo luego de atestiguar algo tan portentoso).
Digámoslo sin florituras: Emerson, Lake & Palmer son tres musicazos. Los teclados del primero siguen siendo alucinantes, con una creatividad que parece no tener límites; la voz, el bajo y la guitarra acústica del segundo conservan esa dulzura de siempre que conmueve y enchina la piel (esa versión de “C’est la vie” no tuvo madre); la batería del tercero –¡Dios mío!– es una cosa fuera de este mundo. Nunca en mi vida vi a un baterista semejante. Yo que siempre he considerado a Keith Moon como el número uno en los tambores de toda la historia del rock hasta la fecha, ahora tengo dudas bastante serias. Carl Palmer es una deidad, sólo así me explico su manera de tocar.
No sé si este ha sido el mejor concierto de rock que se haya visto en México. No lo sé ni me interesa. Fue el espectáculo de la música por la música misma y con eso queda dicho todo.