Hasta luego (día 2, noviembre 16)
Carlos Priego
Durante el fin de semana del 15 al 17 de este mes de noviembre, la Curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez se convirtió en un espacio con gran densidad de residentes de Ciudad de México. Una de las cosas que hizo bien el Corona Capital fue su capacidad para atraer a públicos de todas las edades: desde aquellos que asistieron a la primera edición de 2010 y que todavía cumplen con la tradición, hasta los jóvenes que debutan e inundan el oriente de la capital mexicana con su estilo boho chic festivalero. El evento se desarrolló con una atmósfera que me hizo recordar aquella mítica escena de Había una vez en Hollywood en la que Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Marvin Schwartz (Al Pacino) exploran la transición del cine en la década de 1960, especialmente con la llegada de nuevos estilos y relatos que contrastaban con el Hollywood clásico.
Los grandes festivales dependen en buena medida de los negocios paralelos. Este año, gente como New Order, Travis, Primal Sccream, The Mars Volta, Iggy Pop y Kim Gordon formó parte de la cartelera y los organizadores del encuentro nos dieron una lección de economía musical: ninguno de ellos fue headliner porque ya no venden suficientes entradas. El impacto mediático de un músico es tan importante como su impacto en los abonos. Si una promotora de eventos (digamos Goldenvoice que está detrás del line up del Coachella) observa mayor representación latina en las tendencias comerciales no vacila en contratar a un músico que le sirva de embajador (digamos Peso Pluma). En México esto llegó incluso a generar controversias por incluir (o no) a músicos mexicanos en la programación del este festival organizado por Ocesa. ¿Recuerdan la participación de León Larregui en el 2012?
La música alternativa disputa la guerra santa de los géneros (rock versus pop, con el electrónico al acecho) y define tendencias de consumo. La influencia es tan grande que este año, por ejemplo, Metallica logró vender boletos para su espectáculo en México hasta por 14 mil pesos. Y en este carnaval, los músicos más modestos dependen de su taquilla. Aquí va un dato: en 2018, se especula que Beyoncé recibió hasta 20 millones de dólares por su participación en Coachella, mientras que músicas como Cardi B recibió sólo 70 mil. Nada de esto tiene que ver con el infinito talento de cada creador, sino con un mundo donde la suerte de los músicos depende –como en el Coliseo de Roma– del pulgar del emperador: el dinero.
Corona Capital –que es un escaparate de música alternativa desde hace catorce años– no sintió la necesidad de invitar a grandes nombres de ese estilo para encabezar su cartel y, en cambio, ofreció a sus asistentes un extraordinario manejo de la regla 80/20: el ochenta por ciento de los resultados provienen del veinte por ciento de las causas o lo que es lo mismo, un pequeño porcentaje de acciones, decisiones y esfuerzos tienen un gran impacto en el éxito. Paul McCartney, Shawn Mendes, Melanie Martínez y los profundamente criticados, después de su álbum American Idiot, Green Day ofrecieron espectáculos apabullantes, sin reservas, que pusieron a bailar a una masa de gente de todas las edades. En otras palabras, un par de actuaciones estelares atrajo a la mayor parte del público que pagó entradas, con lo que se pudo contratar a músicos para otro mercado.
¿Esto significa que la necrológica del rock fue escrita el fin de semana en el Autódromo Hermanos Rodríguez? Para nada. Entonces, ¿el género demostró la pérdida de relevancia que tuvo como fenómeno social en la segunda mitad del siglo XX? Mucho menos. Lo que el asistente al Corona Capital pudo presenciar los pasados viernes, sábado y domingo fue un hecho casi tan relevante como la caída del Muro de Berlín, los ataques del 11 de septiembre o los avances en tecnología móvil.
Primero, en la Curva 4 se reunieron tres generaciones abanderadas por distintos tipos de músicos. Los baby boomers (nacidos aproximadamente entre 1946 y 1964) fueron convocados por Paul McCartney. La Generación X (grupo de personas que nació entre 1965 y 1980) acudió al llamado de Toto, Kim Gordon, New Order o Iggy Pop. The White Stripes es considerado parte de la cultura de los millennials (generación nacida entre 1980 y 2000) y ahí se debe colocar a los seducidos por Shawn Mendes y Melanie Martínez.
Segundo. Los nacidos en los ochenta eran demasiado jóvenes para “emocionarse” con el rock and roll de las dos décadas anteriores y mucho menos pensar en él como un momento crucial en la historia del mundo. Por lo tanto, para ellos el Corona proporcionó una oportunidad no sólo de volver unas décadas en el pasado, sino de apreciar música fenomenal de la que únicamente tenían un conocimiento vago. Pero también experimentaron el giro hacia el futuro que un género musical como el rock adopta. Su ritmo de 4/4 tiene muchas variaciones: country rock, rock romántico, heavy metal, punk rock, grunge rock y todos provienen del mismo sitio: evolucionó a partir del género musical afroamericano del rhythm and blues. Algunos dirán que las nuevas propuestas son inclasificables y ningún grupo joven tiene la capacidad de competir contra Taylor Swift, Beyoncé, Billie Eilish, Karol G o los mencionados Shawn Mendes y Melanie Martínez, todos hijos de una generación ecléctica y desprejuiciada. Cada una tomó rumbos distintos que reflejan sus personalidades, experiencias y las tendencias actuales, pero lo más importante es que los nuevos estilos intentan definir su propia identidad al rebelarse contra sus mayores, como lo hicieron los músicos de las últimas dos décadas del siglo pasado con la generación que los antecedió.
Casualidad o no, la gestión del Corona Capital según el principio de Pareto brindó un tercer beneficio a los espectadores: asientos de primera fila para presenciar el fin de una época. Los que asistieron pudieron presenciar la música de New Order interpretada en tempo lento y escuchar cuando a Bernard Sumner le faltaba la voz para interpretar sus temas, lo mismo que sucedió en ocasiones a McCartney. Iggy Pop cimbró el escenario con su “rock power” y bailó todo lo que su mermado cuerpo de 77 años le permitió. Eso sí, no escatimó revolcarse en el escenario ni ladrar como un perro furioso. En Había una vez en Hollywood, Marvin Schwartz le cuenta a Rick Dalton un viejo truco que la sociedad del espectáculo utiliza para poner en lo más alto a las estrellas emergentes: utilizar a los actores veteranos como felpudos, ponerlos a perder las peleas con las nuevas promesas, pero quizá Quentin Tarantino se equivocó un poco. Ese fin de semana, lo que el 80/20 del Corona Capital permitió a miles de espectadores fue tener una digna despedida de sus héroes. Tuvieron cinco minutos. Fue divertido. New Order, Paul McCartney e Iggy Pop algún día dejarán de presentarse en vivo y quizás, antes de eso, no volverán a México, pero este fin de semana, desde lo alto de sus escenarios, cantaron a pulmón suelto a sus fans y trataron de decir: “Nada va a salir de ahí para asustarte. Yo me voy, tú te quedas. Nuestra música tiene que irse y así deben ser las cosas”.
La noche de los primos, los tíos y los abuelos
(día 3, noviembre 17)
David Cortés
Es el décimo aniversario del Corona Capital y algo se ha aprendido. Hacemos acto de presencia sólo el domingo. A diferencia de otros años, en los que uno busca ver lo más posible, en esta ocasión diseñamos un itinerario de apuestas seguras. Puras leyendas en el horizonte.
Hay, sin embargo, un poco de calentamiento previo con The Magic Numbers, agrupación que, como muchas otras incluidas en este festival, no dicen mucho en nombre porque los medios ya no los difunden con la frecuencia de antes, pero vaya que se paran con mucha personalidad sobre el escenario.
Son quince minutos, tal vez más, tiempo suficiente para palpar el ambiente del festival que, a pesar de llevar como headliner de este día a Paul McCartney, parece una edición más, una fecha cualquiera.
Una vez terminado el set de los británicos, comienzo un ejercicio numérico.
Kim Gordon inicia en otro escenario y a pesar de sus gafas oscuras y su delgadez, muestra un porte atractivo. La ex Sonic Youth no descubre nada, simplemente extiende lo desarrollado en su grupo nodriza, con los matices suficientes para distinguirse. Más que canciones, se trata de pasajes sonoros en los cuales las atmósferas y el noise gozan de mucha presencia y, a diferencia de otros actos venideros, ella parece olvidar que es la protagonista. Esa parquedad de movimientos probablemente es una herencia del pasado o simplemente siente que su música no necesita de eso para lucir y tal vez tiene razón. La tía Kim decidió poner el peso en la música más que en el performance, aunque a mis ojos, esa inmovilidad resultó cautivadora. Muy neoyorkina, muy distante, muy altiva, pienso, cuando acaba su presentación y me encaminó cerveza en mano a otro escenario, mientras pregunto a uno de mis acompañantes: ¿cuántos años tiene la tía Kim?
Comienza a caer la noche y llega la hora de James Newell Osterberg. El tío Iggy Pop seguro comió bien o ingirió lo necesario para asemejarse al Demonio de Tazmania. ¡Vaya energía la demostrada por el oriundo de Michigan! Lo suyo es rock puro, nitroglicerina. Cada uno de sus movimientos es como una arenga, un llamado a la rebelión y su voz no se advierte mellada por el tiempo. De hecho, el hombre que ha hecho un pacto con un Dios para colocarle más arrugas sin hacer de él una piltrafa, no deja rincón del escenario sin visitar. Su sección de metales impregna viejos –pero infaltables– temas de mugre y sensualidad. “Lust for Life” y “The Passenger” tal vez nunca se escucharán igual, porque el tío Iggy subió a dejarlo todo y puso a su grupo a girar y a azotarnos sin miramientos (hasta el mismo Jack White –nos enteraríamos después–, quien pisaría el mismo escenario en seguida, lo observaba sonriente y admirado desde un costado.)
¿Por cierto, cuántos años tiene el tío Iggy?
Deambulamos un rato sin otro destino que buscar un lugar para abastecernos de líquido y regresamos para ver a otro oriundo del estado de Michigan: el recién mencionado Jack White. No hay mejor sorpresa que no tener muchas expectativas, porque cuando te enfrentas con la realidad y ésta te espeta en el rostro su verdad, no queda más que callarse. Eso hizo Jack White con su agrupación: cero poses, salió a reventar la noche, no hizo concesiones, entregó un puñado de canciones bordadas con los cánones de la vieja escuela: rock and roll y blues, nada de blandenguerías. Uno nada más acá, con la boca abierta, estupefacto, golpeado por la brutalidad de su actuación en la que, la verdad, no hubo puntos flacos. Una vez puso la marcha y aceleró lo suficiente, así se mantuvo. Bendito Jack White, en tus manos siento que un futuro para el rock posiblemente existe.
Pero, ¿cuántos años tiene el primo Jack?
La disyuntiva llega: Sophie Ellis Bextor o encaminarse al escenario principal para ver a Beck. El dispositivo en mi muñeca ya contabiliza más de 25 mil pasos, me aconseja tenderme en el pasto; el otro dispositivo en mi muñeca está a punto de quedarse sin dinero, pero más vale limitarse. Si algo tienen estos festivales es que te hacen parecer pudiente aunque no tengas cuenta bancaria.
Beck tampoco defrauda. ¿Cuántos años tiene el primo Beck? Viene acompañado de una gran banda, el sonido es prístino, todo se escucha con claridad. Canciones rápidas, dinámicas, un manejo de los visuales que lo muestra como si se tratara de un video. Él, contento, contagia alegría, dispara éxito tras éxito y tampoco, como con el primo Jack, hay vaivenes. No se crea que todo es parejo, me refiero a que nunca deja que la noche afloje. Es como si dijera: los voy a llevar a la cima en un dos por tres y allí los voy a mantener.
Algo de la vieja escuela hay en esa actitud. El tío Iggy y el primo Jack lo hicieron y Beck no desmerece. Me hubiera gustado escuchar algo de su álbum Colors –según yo no tocó nada de él–, pero hubiera estado fuera de tono en medio de semejante agitación. Vamos, hasta “Loser” interpretó y todos nos pusimos bien nostálgicos a cantarla.
Se va y el escenario queda listo para el arribo de Paul McCartney. ¿Se enojará el Sir si le digo abuelo? Esperaba mucho de este momento. Mientras el bajista abría sus conciertos en Ciudad de México, este escriba se fue a escuchar a New Order. Nada de qué arrepentirse pues días después se confrontaría una vez más con el genio de Liverpool. Sin embargo, la alquimia no funcionó y aquí, antes de criticar arteramente, consideren que el lugar donde uno se ubica influye en la percepción y, he de confesarlo, nuestra elección no fue la mejor, pero a tan altas horas de la noche eso de lidiar cual si fuera uno luchador de sumo para llegar al frente del escenario no se antoja. Así que, como en otras ocasiones, la retaguardia se antoja el mejor recoveco. Allí se escucha y se ve bien, se pierden algunos detalles en la visión, pero al momento de huir, es uno de los mejores lugares para evitar congestionamientos humanos.
No fue el abuelo Maca, aunque tal vez su selección de canciones influyó; fue la gente a nuestro alrededor la que nunca logró prenderse y nosotros, junto con ellos, también fracasamos. En mi mente había construido un escenario ideal: más de 60 mil personas cantando al unísono, haciendo de ello una enorme olla de presión a punto de estallar; pero no, nunca aconteció. En medio, adelante, se vivía otro concierto, pero sus ecos no llegaban a la parte de atrás. Canción a canción, el ánimo languidecía junto con la noche. La hora también avanzaba y el bajista no iba a tocar más de lo previsto.
Mi cierre de la jornada no fue la mejor, pero reitero: esa no fue la culpa de Sir Paul. No se necesita consultar un oráculo para saber que la oportunidad se escapó. Probablemente no regresará y si lo consigue, no subirán a cantar con él St. Vicnent y Jack White como lo hicieron esta noche.
El regreso es tortuoso. El dispositivo que marca la hora ha comenzado una nueva contabilidad de pasos. Termino mi ejercicio numérico: Kim Gordon, Iggy Pop, Jack White, Beck y Paul McCartney suman 249 años de actividad sonora, 333 de edad. Para la mayoría de quienes asistieron hoy, se trata de viejos, de unos viejos que los revolcaron y pusieron a bailar y cantar.
Es mucho el cansancio, pero una sonrisa fugaz se me estampa en el rostro. El viejo rock no defrauda. Un festival como este sirve para renovar los votos. Podrán declarar al género muerto diez o más veces en el futuro; dirán, como el fallecido Frank Zappa, que huele chistocito. No importa, la demostración de esos 333 años sobre los escenarios de hoy lo dejó claro: fue una muestra de vitalidad.





















