¡Baja el volumen, te vas a quedar sordo! La frase se ha repetido hasta la náusea por generaciones y quien la recibía no sabía si se trataba de una advertencia o de un presagio.
Sin duda, en su adolescencia a Stephen Morris, baterista de New Order, no le dijeron algo semejante cuando ensayaba, porque una de las primeras cosas que llama la atención esta noche, además de ver un Auditorio Nacional a tres cuartos de su capacidad, es la estamina que el músico despliega.
Los tambores de Morris suenan como un vendaval en plena furia, retumban cual si fueran truenos, funcionan como el acelerador que propulsa la música de los oriundos de Saldford, Inglaterra, y que hoy, luego de viajar casi nueve mil kilómetros y salvar un océano, se presentan en México por primera vez en un recinto cerrado y sin formar parte de un festival.
New Order es posiblemente una de las pocas bandas que habiendo cambiado de nombre al perder a su cantante original, logró igual o mayor éxito. Posee un palmarés con diversos reconocimientos a cuestas, pero el galardón más envidiable es la impronta asentada en la cultura popular. Ya sea en los terrenos del synth pop, el electro-rock, la electrónica o las pistas de baile, la agrupación integrada por el ya citado Morris, Bernard Sumner (guitarra) y Gillian Gilbert (teclados) y ahora reforzada con Phil Cunningham (teclados, guitarra) y Tom Chapman (bajo), sabe de artimañas y una de ellas es la de como explotar el pasado con creces.
Cuando la noche abre con “Academic”, un tema extraído de Music Complete (2015), no hay visos de nostalgia, pero todos los presentes saben que si bien es una canción poderosa, lo mejor está por venir y esto no se encuentra en las producciones más recientes de la agrupación.
En realidad se trata de una cuenta regresiva, porque cada uno de los temas siguientes (“Crystal”, “Regret”, “Ceremony”, “Age of Consent”) nos lleva de viaje al pasado hasta fijarnos en 1980, cuando por las bocinas comienza a sonar “Isolation”.
Sí, el pretérito es férrea garra y muchas agrupaciones no saben cómo deshacerse de él, pero esta noche, mientras Sumner y compañía despliegan un repertorio de canciones emblemáticas (“Vanishing Point”, “Bizarre Love Triangle”, “Temptation”, “True Faith, “Blue Monday”), estas se desprenden del posible moho acumulado por el tiempo y suenan vitales, rozagantes, sólidas, frescas.
A pesar de la sobriedad, rayana en inmovilidad, de los integrantes de la agrupación (Gilbert es hierática, ningún gesto se dibuja en su rostro; Sumner nunca se ha caracterizado por sus habilidades como frontman, es apenas cumplidor; Morris permanece escondido tras su instrumento; Cunningham opta por colocarse en un extremo que lo vuelve casi invisible; Chapman se concentra en su bajo), todos despiden fuego en cada interpretación y les bastó un puñado de temas para dejar muy en claro que sus clásicos vivirán hasta el final de los tiempos.
Cien minutos después de haber iniciado el concierto y luego de haberse refugiado unos minutos tras bambalinas, New Order regresa para un demoledor encore y entrega una prueba más de cómo el pasado demanda y exige no ser olvidado. Si “Isolation” había provocado delirio, cuando “Atmosphere” comienza a sonar y Sumner canta “Endless talking / Life rebuilding / Don’t walk away”, los cuerpos se mueven acompasadamente, como si se tratara de una marea. Sin embargo, el cierre es conmovedor y un coro gigantesco impregna las paredes del lugar cuando comienza a escucharse “Love Will Tear Us Apart”.
New Order. Fotografías: Liliana Estrada, cortesía Ocesa
Ahora sí, el mundo se puede acabar, pensaron algunos. Otros soltaron unas cuantas lágrimas. La piel se enchina, el frío recorre la espina dorsal, el espíritu de Ian Curtis —su imagen apareció en las pantallas apenas iniciado el concierto— te saluda, se posesiona de ti. Es la voz de Sumner la que canta, pero una mistificación opera y es como si la cantara Curtis.
Después de eso, únicamente quedó guardar silencio y mirarlos decir adiós: una canción más hubiera restado perfección a una noche inmaculada.
David Cortés





