Una noche endiosada: Eric Clapton no ha muerto

Hace más de veinte años vino Eric Clapton a México. Creí que era la última vez que lo vería.

¿Quién es Eric Clapton? Hay muchas formas de describirlo, pero bastaría con decir que es uno de los mejores guitarristas del rock de todos los tiempos. En su momento llegó a se considerado el mejor, hasta que llegó Jimi Hendrix. Pero de que está en el top cinco, sin duda.

Fue tal el furor que causó en Inglaterra, sobre todo en un principio, que en las paredes londinenses la gente pintaba: “Clapton is God”. Perdón si para muchos suena blasfemo, pero para ellos Clapton era Dios.

Fotografía: Ocesa / José Jorge Carreón

Me he topado con amigos que se autodenominan gruesos o heavys que vieron y ven en Clapton a un guitarrista fresa. Qué absurdo. Me parece que su sobriedad para tocar tiene que ver con esa apreciación: su forma de vestir, sin poses ni movimientos que apantallen…, en fin.  Si no es el mejor, a mí y a muchos nos parece el guitarrista más versátil en la historia del rock. Tanto que el rock le queda corto. Eric “Mano Lenta” Clapton es maestro del rock y del blues y ha incursionado en diversos géneros. Amigo de los Beatles, sobre todo de George Harrison, tocó con ellos en el álbum The Beatles (mejor conocido como el “Álbum Blanco”) en 1968: su requinteo en “While My Guitar Gently Weeps” es sensacional. Pero eso, a pesar de todo, es anecdótico.

Clapton superó su adicción a la heroína, lo cual no es poca cosa. Se casó con la mujer de su cuate George Harrison, la bella Paty Boyd, a quien compuso “Layla” y “Wonderful Tonight”. Fue quien organizó el concierto para Harrison cuando este murió, porque, a pesar de todo, nunca dejaron de ser amigos.

John Lennon, inclusive, llegó a proponerlo como el nuevo guitarrista de los Beatles cuando George tuvo una discusión y se dio una separación breve del grupo.

Fotografía: Ocesa / José Jorge Carreón

Clapton formó parte de grupos como los Yardbirds, los Bluesbreakers de John Mayall, Cream, Blind Faith, Derek and the Dominos y tuvo una larga carrera como solista. Tocó con B.B. King, Winton Marsalis, Mark Knopfler y otros monstruos del blues, el jazz y el rock. Incursionó incluso en el reggae.

A decir verdad, fui sin grandes expectativas con mi hijo a su concierto en el Estadio GNP (antes Foro Sol). Creíamos que el viejo de 79 años sólo nos daría la oportunidad de rendir tributo a su enorme tarea y su aporte a la cultura juvenil sesentera y setentera. Qué equivocados estábamos. La noche del 3 de octubre fue una de las mejores sesiones de rock y blues que hayamos escuchado jamás.

Llegamos y nos encontramos con otra sorpresa: el lugar estaba hasta las cachas (yo había afirmado que, si acaso, el evento llegaría a los tres cuartos de entrada. Antes de él tocó Gary Clark, destinado a ser otra leyenda del blues.

Fotografía: Ocesa / José Jorge Carreón

La gente, pues, ya estaba prendida. A las nueve en punto, apareció el maestro caminando erguido. Con una chamarra de cuero, gorra de beisbol y sus ya infaltables anteojos.

Empezó con “Sunshine of Your Love”, una clásica de Cream, y la gente deliró y rugió cual monstruo de 65 mil cabezas. El delirio nunca terminó, pues siguió blueseando, una tras otra vez, mostrando una destreza increíble para un casi octogenario. Su mano lenta se mostró como siempre: ágil, precisa, fina. Justamente, una de sus mayores virtudes ha sido siempre la limpieza con la que toca su inseparable Fender Stratocaster.

Fotografía: Ocesa / José Jorge Carreón

Más adelante, se sentó y tomó una guitarra acústica para respirar un poco con rolas más tranquilas, unas cuatro o cinco –entre ellas “Tears in Heaven”, compuesta a su hijo Conor, quien murió trágicamente a los cuatro años de edad, al caer de un rascacielos en Nueva York–, hasta que llegó a la parte final, cuando tomó otra Stratocaster (pintada con los colores de la bandera de Palestina) e hizo que la gente se volviera a parar de sus butacas moviéndose al ritmo poderoso del buen rock y el buen blues. En esa parte final, se incorporó Gary Clark para mostrar sus virtudes en la guitarra: fue la apoteosis.

Del grupo de músicos que lo acompañó, baste decir que no son instrumentistas cualquiera: todos ellos estuvieron geniales y tuvieron la oportunidad, a lo largo de algunos números, de manifestar su enorme potencial: una guitarra, un bajo, un teclado eléctrico, un órgano y una cantante afroamericana con una voz suprema que hacía coros de altísima manufactura. ¿Qué más podíamos pedir? ¿Más éxitos? Los hubo, pero qué bueno que no fue pura nostalgia sino una sesión, un auténtico concierto de música.

Fotografía: Ocesa / José Jorge Carreón

Yo disfruté la noche, mi hijo también, al igual que todos los que estuvimos ahí en esa noche única.

Si se me permite blasfemar una vez más: Dios no ha muerto. Sigue tan campante, al menos en su andar, su voz y su inigualable estilo y calidad en la guitarra.

Era hora de salir para abordar el metro de regreso, llenos de adrenalina. Gracias, Eric.

 

 

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Publicado en: Crónica