Toño Canica, el compositor, payaso y titiretero, está por cumplir 50 años de trayectoria, un instante que, en retrospectiva, se mira como un acontecimiento natural, espontáneo. Toño creció en el barrio de Tepito y en su casa la bohemia —ver a la familia reunida alrededor de uno de sus integrantes con una guitarra— era un asunto cotidiano. Allí descubrió que eso era lo suyo. “En las reuniones familiares tocaban boleros, canciones chilenas, porque mi familia es de Guerrero”, dice.
Canica es un contador de historias nato. En sus narraciones, el verbo se expande y la elocuencia es contundente. “La guitarra me atrajo y comencé a estudiarla desde los ocho o nueve años y cuando el movimiento del 68, mis hermanos estaban dentro y aunque yo estaba muy pequeño, allí empecé a escuchar las canciones de protesta y a aprenderme algunas. Yo estudié en el CCH y me metí a la música folclórica, al canto nuevo, por eso cuando comencé a tocar rock me veían como bicho raro”.
El guitarrista-compositor creció en un fermento social en el cual las músicas se cruzaban. Por un lado, estaba lo que le gustaba y llamaba su atención; por otro, lo que escuchaba cotidianamente en las calles. De la parte rockera, lo bañó la época post Avándaro, la de la prohibición: “Tenía once años cuando me atrajo ese mundo: Tinta Blanca, El Ritual. Empecé a ir a los hoyos fonquis, pero en mi barrio también se bailaba el son, la salsa. Las fiestas eran fundamentalmente con La Sonora Matancera, entonces tengo esas bandas sonoras metidas hasta la raíz”.
Lejos de suprimir sus impulsos, Toño Canica, quien entonces todavía no se hacía llamar así, decidió conciliar mundos aparentemente contradictorios. Se declaró un ser completamente urbano y se percató de la diversidad y riqueza del mundo musical para descubrir, un poco tarde, que sus abuelos fueron mulatos negros de Guerrero.

“Empecé —dice— a interesarme por la música afro guerrerense, viajé y comencé a componer chilenas con otros músicos, pero las fui adaptando al mundo de la ciudad, a hacer lo que he llamado una fusión de la música urbana con la afromexicana y eso me pareció un mundo chingón por explorar. Compuse temas sobre la vida urbana, sobre lo que yo era realmente, mi esencia y lo denominó como son afrochilango. Hasta la fecha sigo muy emocionado con ese mundo”.
Al hilvanar recuerdos, el compositor, payaso y un poco loco, nos lleva de viaje con él por años cuando la posibilidad de un mundo mejor parecía inminente, mundo en donde las contradicciones aún no llegaban a la pugna. En 1978, se unió a La Troupee, pero antes formó un taller de teatro en la Peña Tecuicanime, en donde también se encargaba de la programación del lugar. Un día tuvo la idea de convocar a un maestro de teatro y expresión corporal que impartiría un taller. El maestro, un argentino de nombre Francisco Jiménez, le vio capacidades histriónicas.
“Me dijo que parecía yo un payaso cuando hacía los números y me invitó a participar en un montaje que no concluyó, pero antes me comentó: ‘Hay un grupo de títeres en Cuernavaca que busca un actor tipo payaso. ¿Por qué no vas a hacer el casting?’ Va, me fui a Cuernavaca y el grupo era Las Marionetas de la Esquina. Allí hice mi primer payaso y descubrí otro mundo que me atrajo, el hacer música para niños, payasos y títeres. En 1980 conocí a La Trouppe y empecé a trabajar con ellos, primero como técnico de la agrupación y a partir de 1982-83 me integré de lleno y comencé a componer para niños. Descubrí otro mundo, otro universo. Dije: tengo que hacer música para niños, pero bien, en serio, entender que la música para niños debe tener rigor, el mismo con el que se compone la música popular, porque la música popular para mí tiene un valor muy fuerte, muy grande. Y empecé a componer boleros, reggaes, ska para niños”.
En nuestro país, payaso es un sinónimo de chistoso, de sangrón, un término con una carga peyorativa, ¿cómo ha logrado Toño Canica conciliar la “payaseada” con la música?
“Hay –comenta con una amplia sonrisa en el rostro– una canción que saldrá en el próximo disco de La Troupee en la que digo: ‘Si te gritan payaso, para ofenderte, tú no hagas caso, ponte feliz’. Lo que hemos tratado de rescatar en La Trouppe es el payaso como un individuo que tiene una propuesta de arte, el arte del humor, de la risa y lo absurdo, de hacer una crítica irónica que llegue muy profundo al alma, que conmueva. Ese es el auténtico payaso y no el payasito al que se le considera un fracasado. Esa es una idea a descartar, ese es el payaso que nos han vendido. Nosotros rescatamos el arte del payaso y lo metimos a hacer una actividad teatral y musical, el nuestro trabaja con arte y música. El verdadero payaso es quien maneja varias disciplinas: danza, música, teatro, la expresión física, corporal, todos esos elementos un buen payaso los integra. Uno de la escuela europea es muy completo. En Argentina tienen unos muy completos también: manejan el histrionismo muy cabrón, pero a la vez son buenos músicos, buenos bailarines y tienen una expresión corporal increíble y además integran los malabares. Un payaso puede ser uno de los artistas más completos o así debiera ser. Lo que pasa es que es un arte difícil”.
A pesar de años de travesía, Toño Canica aún no se siente capaz de dominar por completo el ámbito de la música y lo considera uno en “donde no he podido realmente expandirme como hubiera querido”. Su producción discográfica es exigua (“el trabajo para niños me absorbió”) y a fin de paliar esa ausencia de producciones, el compositor decidió este 2024 “inundar” el mercado con nueve álbumes.
“El mundo sonoro es muy difícil, por lo que yo hago una sabrosa revoltura: revuelvo mis ideas, mis conceptos, no por cliché sino porque eso soy”, comenta. “Empecé a llamar La Sabrosa Revoltura a mi propuesta, porque la traté de identificar con la comida. La comida mexicana es riquísima, con varias influencias, y la música mexicana también es eso. Propongo darle aromas, texturas de diferentes lugares para crear algo sabroso. Se tiene que sazonar y lo hago con ingredientes europeos, afrocaribeños, rockeros; no por moda, eso soy y mentiría si digo que no. Soy feliz escuchando música y una de las partes que más he disfrutado en mi vida es oír música diversa. No me encajono en una, mientras menos conozca la que estoy escuchando, mejor. Siempre quiero escuchar cosas diferentes y así compongo. Además, es una manera de rebelarme contra mí mismo. De repente me canso de componer rock y me pongo a hacer cosas salseras o más latinas”.
Un par de álbumes de Toño Canica apareció en 2019: Sobreviviente y Chilango universal. Después se sumió en un silencio discográfico y ahora decidió embarcarse en este “suicidio comercial”. Es una obra que permaneció en los baúles y en realidad arrancó en 1975, cuando escribió sus primeras canciones. Fue un periplo que incluso lo llevó a formar parte del primer grupo de cantautores del movimiento rupestre (“me inicié con el movimiento y a partir de ahí empecé a componer”) y a ser fundador de la Peña Morelos, un espacio enclavado al aire libre en el barrio de Tepito, en la calle de Labradores 98, donde se presentó “una diversidad increíble, un fenómeno que no se ha vuelto a repetir en Ciudad de México. Había teatro, danza, todas las artes, música”.
Toño Canica evoca un momento único de la música independiente en México, cuando los géneros se volvieron híbridos y el canto nuevo, el jazz, el folclor, el rock, la fusión, la salsa se fusionaron en una propuesta indefinible, abanderada por agrupaciones como On’ta, La Nopalera, Banco del Ruido o cantantes como Eugenia León y Tania Libertad.
De esos mundos que él vivió unificados en su juventud, nació el enfoque que permearía su producción discográfica, a la cual ha dado el título genérico de La alegre rebeldía, nueve discos en los cuales no sólo toca todos los instrumentos, sino que también se encarga de la producción.
Para concluir, señala: “Descubrí en el payaso que hay que ser rebelde, pero feliz. Para mí, cada disco es una forma de rebelarme frente al anterior, de no encasillarme. El primero se llama La alegre rebeldía, como la serie. Son canciones del 2022 para acá. El dos se intitula La crujidera, con canciones en su mayoría nuevas. El tres, Ser o no ser, es más experimental, lo hice con rítmicas extrañas; una locura que se me ocurrió, con mucho rock pero más experimental. El cuarto es Sólo viajó de noche, canciones de los ochenta y los noventa con algunas nuevas versiones. El cinco se llama Sones afrochilangos, con muchas chilenas, muy chilangas. La temática es totalmente urbana, pero busco la raíz de mis ancestros, pues es la parte que me movió para reconocer que soy afrodescendiente. Es además el único que existe físicamente (en Ediciones Pentagrama). El seis y el siete son Yametengo y Barrio rebelde. Ocho y nueve aún no tienen nombre”.
Toño Canica presenta La alegre rebeldía, acompañado de La Sabrosa Revoltura. 15 de septiembre, 12:00 hrs. Museo Nacional de Culturas Populares, Av. Miguel Hidalgo 289, Col. Del Carmen, Coyoacán.
David Cortes
Profesor de Tiempo Completo en la Universidad Pedagógica Nacional