Jaramar y su nave del tiempo

Ir al centro de Ciudad de México es enfrentarse a tumultos, ruido, estrés y hoy, jueves por la noche, la incesante actividad no sorprende: desquicia. No obstante, en medio de la agitación y el caos, hay resquicios para la paz y el Auditorio del Divino Narciso, del Claustro de Sor Juana, es uno de ellos.

Jaramar. Fotografía: Nayelli Sevilla

La cantante Jaramar ha convocado a festejar el trigésimo aniversario de la presentación en directo de Entre la pena y el gozo, su disco debut, una placa reveladora, rupturista en su momento y a la que el tiempo ha respetado. No hay quien la escuche ahora y no se maraville ante su hermosura.

Ella ha titulado el festejo como su más reciente registro discográfico: Todas las naves del mundo. En él, hace una somera revisión a algunas de las voces femeninas del siglo XIII a la actualidad y en la puesta en escena de hoy se hace acompañar por Alejandro Alfaro (guitarra), Alex Fernández Figueroa (violín), Carlos Sánchez Vilches (contrabajo) y Luciano Sánchez (batería).

https://www.youtube.com/watch?si=dVEtZxXt5MsBDT6t

Sin aspaviento alguno, Jaramar abre con “Era oscuro”, un anónimo canto sefardí y nos lleva a emprender un viaje por composiciones nacidas de la sutileza porque, salvo algunos detalles festivos y moriscos en los cuales se advierte la influencia de la llamada música del mundo (“Lloraba la niña”), la totalidad es tenue, un murmullo como el desplegado por el mar en calma y escuchado a la distancia.

La cantante no necesita de elogios, se ha hecho merecedora de ellos desde hace tiempo; presentes y ausentes saben de su capacidad y en el Auditorio su voz suena majestuosa, es una nao que remonta las olas del tiempo y nos conduce a imaginar, cual cinematógrafo, las historias allí contenidas.

Jaramar. Fotografía: Dulce Díaz

Los músicos manejan el matiz de forma admirable, van del fragor a una apacible calma en segundos. Luciano Sánchez apenas y golpea sus tambores, acaricia suavemente los platillos, mientras desde el contrabajo, Sánchez Vílches le responde para armar diálogos. Ambos entablan sedosa conversación y le permiten a Alfaro y Figueroa, en guitarra y violín respectivamente, dar vida a las melodías, terminar de adornar las interpretaciones de la cantante, quien raya en lo excelso a lo largo de la noche.

El repertorio, dice ella en algún momento de la velada, lo conforman “canciones de mujeres que hablan de sueños, añoranzas”. Son temas que han viajado en el tiempo, cantos de lamento nacidos del sufrir de amantes que miraban al mar con la tristeza de quien ha visto partir a su hombre sin saber si volverá.

Si bien la tónica es la pesadumbre, la aflicción, también hay espacio para la fiesta y el disfrute (“Eno sagrado en Vigo”), toques celtas provenientes de la región de Galicia (“Que me queréis caballero”), un tema interpretado en concierto por vez primera (“Ai Deus, se sab’ora meu amigo”) y poemas de Sor Juana a los cuales Alfredo Sánchez añadió música (“Fantasía”, “Romance”, “Incendio”).

Más de 40 años de trayectoria en la música, 32 de ellos como solista y dieciséis álbumes serían suficientes para tributar a la cantante un gran reconocimiento, pero eso solamente pasa en otros países; sin embargo, eso no le importa a Jaramar, quien transmite un enorme placer y emotividad en cada uno de los temas. Sabe que su voz ha dejado una impronta decisiva no sólo al recuperar canciones milenarias, sino, lo más interesante, al recrearlas, hacerlas suyas y entregarlas con arreglos contemporáneos.

No obstante, sería erróneo considerar a Jaramar como una intérprete de música antigua que canta viejas canciones a su manera y Todas las naves del mundo es un buen ejemplo porque es, en sus palabras, un “disco teñido del color del aislamiento, con su oscuridad, un poco de añoranza y de distancia en muchos momentos”.

Cuando la noche se acerca a su fin, el público no sólo se siente conmovido. También está convencido de que ha vivido cada una de esas composiciones llevado de una bella voz que emociona y cautiva. Ante ella, simplemente no se puede permanecer insensible.

Jaramar. Fotografía: María Fernanda Elías Robledo

Hay un par de encores con canciones tradicionales de nuestro país (“Las canastas” y “Rayando el sol”), unas mañanitas entonadas espontáneamente por la audiencia al enterarse de la proximidad del cumpleaños de la anfitriona, pero el cierre deja la sensación de haber descubierto que viajar al pasado sí es posible y, al regreso, algo imperceptible ha cambiado.

Todo gracias a un hermoso concierto.

 

David Cortés
Profesor de tiempo completo de la Universidad Pedagógica Nacional

 

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Publicado en: Crónica