Carlos Vivanco y su luz silenciosa

Hace algún tiempo, quien esto escribe claudicó cuando de seguir la obra de Carlos Vivanco se trataba. La capacidad de producción del músico me sobrepasó. Intentar reseñar cada uno de sus trabajos me resultó francamente imposible, a menos que sólo me dedicara a ello, lo cual es impensable. Habría requerido de una reseña semanal,  únicamente para él durante un año.

No obstante, hace poco apareció A Silent Light, uno más entre muchos de los trabajos del bajista-guitarrista, grabado en la celebración de su cumpleaños, con la que para mí es una alineación de lujo: Ana Ruiz (piano), Adriana Camacho (contrabajo), Elliott Levin (sax alto y voz) y Carlos Vivanco (¡¡¡e-batería!!! y kupfonos, instrumento de su propia invención). Alineación de lujo, digo, porque él regularmente trabaja solo.

Fotografía: Raúl OSC

A Silent Light es un álbum (disponible únicamente en versión digital) en el cual Vivanco se aleja de los caminos por donde nos ha llevado previamente, aunque no sean ignotos para él. De comienzo llama la atención que haya dejado el bajo para sentarse tras una batería –“ya tenía muchas ganas de tocarla en vivo. Años atrás, en Nueva York, la había tocado con algunas bandas”– diseñada por él mismo (una Sonor convertida a eléctrica). De la elección de sus acompañantes de esa noche, es escueto: “Elegí a Elliott porque he tocado muchos años con él y con Ana y con Adriana siento que tenemos gran comunicación musical”.

El disco, grabado en el Foro Alicia el 25 de noviembre de 2022, abre con “Tigre de bengala”, una larga improvisación en la que la batería y el piano instauran un mood abstracto, con una cierta dosis de lobreguez, sobre la cual el sax y el contrabajo tienden líneas para reforzar ese sentimiento que pronto deviene en caos organizado, en una búsqueda libre y sin freno que encuentra su contrapeso en instantes en los que alguno de los cuatro remite y es aquí donde el brillo grupal primero e individual después se manifiesta. En realidad, esa cacofonía es aparente, porque a pesar de haber sido grabado en directo, los resultados son nítidos. El sax parece haber recibido una dosis de reverb (lo cual lo vuelve por momentos expansivo) y el contrabajo nunca se pierde.

En “And the Temple”, aparece la voz de Levin con sus narraciones y poesía, seguida de una profusión rítmica a cargo de Vivanco, una nota del piano de Ana Ruiz que genera tensión y expectativa y que poco a poco llega al crescendo, mientras Adriana Camacho genera un drone, Levin toma la flauta y arma un delirante solo, apenas subrayado por la batería de Vivanco y la improvisación, propulsada por ese solo, se torna frenética por instantes, para concluir  en franco debraye.

En “Oración” surgen las filias orientales de Vivanco con un solo de batería que parece producido por una tabla y acompañado tenuemente por voces en segundo plano; después, el piano de Ruiz se incorpora lentamente, para recibir al contrabao y el sax y entonces la cuarteta se ensarza en una improvisación con un toque devocional, místico. Pongan atención a las fuertes notas del contrabajo, ocultas un poco por el sax de Levin. Si bien el track comienza en tono relajado, al avanzar gana intensidad.

“Canción de cuna para freejazzeros” es un corte abstracto sobre el cual Levin hace una de sus tradicionales narraciones al inicio, para que luego la cuarteta se adentre  en una de esas acometidas dominadas por el “desorden”, pero que van encontrando su acomodo en forma paulatina. El contrabajo de Adriana Camacho pulsa en ciertos instantes pocas notas, pero estas retumban, poseen tal profundidad y resonancia como si se tratara de las fuertes pisadas de un gigante o un dinosaurio, mientras Ana Ruiz hace sonar su piano como si fuera una cajita musical y Levin, al intervenir con su flauta, nos adentra en un pequeño páramo sicodélico.

“Free souls” en su inicio nuevamente remite a Oriente y luego esta sensación es arrasada por el piano de Ruiz, las oscilaciones del sax de Levin, el inmutable contrabajo de Camacho, esa batería a veces discreta ora protagónica; en suma un todo, como lo señalé en un principio, de ensueño.

A Silent Light es un disco que irradia energía en cada una de las cinco improvisaciones que lo conforman. Es una energía a veces desbordada, otras más contenida, pero sea cual sea la dosis, se trata de una obra a la cual hay que colocar en un sitio importante dentro de la obra de Carlos Vivanco, no sólo por ser una manifestación en directo, sino también porque se trata de una creación nacida in situ, algo que no le es desconocido pero que no visita con frecuencia. También se destaca por abonar a ese gran cuadro que día a día crece y que es el de la escena de la improvisación libre en este país, escena boyante y muy interesante, como aquí ha quedado plasmado.

 

David Cortés
Profesor de tiempo completo de la Universidad Pedagógica Nacional.

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Publicado en: Discos