Tres formas de improvisación libre

Muestra de formas de hacer jazz en México y de cómo un connacional se desenvuelve en el extranjero; improvisación libre en manifestaciones y formatos diferentes. Todo eso encontramos estos tres álbumes.


Chacal del Tamborazo, Remi Álvarez e Itzam Cano.  Porque todo es uno (Independiente, 2024)

En esta producción, los nombres probablemente le hagan preguntarse de dónde han salido estos tres que ahora reunidos han parido Porque todos es uno, una placa que, de principio a fin, está imbuida por un espíritu libérrimo, aunque se trata de composiciones previamente escritas.

Sin excepción, los temas pertenecen al saxofonista Remi Álvarez, quien cuenta la génesis de los mismos: “Unos días antes de la grabación, pensé en escribir algunas composiciones para el trío. Usé la técnica de ‘El primer pensamiento, el mejor pensamiento’. Así escribí mis ideas, mismas que resultaron en seis temas. La totalidad de esta música tiene la aspiración de ser para el beneficio de todos los seres”.

Cierto, aquí hay una estructura que permite a los músicos brincar sobre una red de protección, pero todos ellos son improvisadores expertos y eso se advierte desde el inicio con  “2-3”, dedicada al saxofonista David S. Ware. en la que uno de los puntos a destacar es la interacción alquímica lograda entre los tres ejecutantes.

“Llegando” es una balada en la cual aparecen reminiscencias de Ornette Coleman. Aquí Álvarez deja escapar un tono cálido, casi melifluo, mientras el contrabajo de Itzam Cano danza en su derredor y Chacal del Tamborazo añade color en diferentes momentos para hacer de esta composición una de las más logradas del paquete.

Si bien el sax de Álvarez no es el instrumento líder, su sonoridad tiende a sobresalir dentro del todo; sin embargo, una escucha más atenta develará el trabajo de Cano y Chacal. El primero brinda un amplio sostén, pero también su inspiración y soltura (escucharlo en “Estrellas” me hace pensar en una reverberante melodía desplegada por las notas que acomete y por el solo allí ejecutado). “Verdadero significado” es bucólico, el sax de Álvarez emerge de la noche, el contrabajo de Cano, tocado con el arco, es un largo suspiro, mientras la batería al fondo termina por delinear la pintura. “Inocente”, dedicada a Jimmy Lyons, es un regreso al vértigo anunciado en el inicio, un tema en el cual los tres abrazan esa libertad que les permite practicar la música in situ.

El viaje —toda sesión de improvisación siempre lo es— cierra con “Reflejos”, un corte que, dice su autor, “es una composición con un carácter mexicano-africano” en el que Chacal y Cano tejen una intro danzante sobre la cual Álvarez imprime una melodía sinuosa y sensual que lo vuelven uno de los puntos más altos de este álbum, retrato de un jazz mexicano poco difundido.

Pacho Dávila, Rieko Okuda e Israel Flores Bravo. 24 Stunde in Berlin (Ramble Records, 2022)

El baterista Israel Flores Bravo llegó a Alemania en 2018, proveniente de Querétaro. En México, comenta, “tocó con todos y con nadie”. Lo suyo es la improvisación libre, el free jazz y el noise. Un día se reunió con el saxofonista colombiano Pacho Dávila y el pianista japonés Rieko Okuda. De ese primer encuentro surgió 24 Stunde in Berlin, cuya belleza, dice él, radica “en la fusión de culturas y monstruosidades sobre los instrumentos, al tocar juntos y por separado”.

La mística imperante es la improvisación europea, ésa en la que todo se edifica a partir de la nada, de la interacción del instante, y así, el inicio en “Going to Church” es paulatino hasta llegar a un punto medio, con el sax de Dávila y el piano de Okuda en franco diálogo, el cual le toca armonizar a Flores en un final que es apoteósico con los tres en pleno despliegue de intensidades.

La alternancia en el comienzo de las impros se da en “Tradition in the City”, en la que a Flores Bravo le toca el comando inicial. La voz de Okeda se asoma, hace un melisma-scat surrealista  y cuando Dávila ingresa, lo hace con un tono cálido, nocturno y ligeramente apacible y si bien no es solista, batería y piano lo acompañan discretamente.

Hay seis cortes/improvisaciones en 24 Stunde in Berlin, cada uno de ellos con matices diferentes. A veces el énfasis recae en alguno de los integrantes y afortunadamente, a pesar de poder hacerlo y contar con las bases, no hay demostraciones de virtuosismo y sí, las más de las veces, pasajes en los cuales encontramos diferentes diálogos: ora piano-batería, ora sax con piano, o charlas a tres voces muy energéticas (“Ancestral Origin”), momentos de brillo con Okeda bordando la música contemporánea en algunos pasajes (“Diabolic Dance”, probablemente es uno de los momentos climáticos, verdaderamente hermoso, si no es que el más, de este disco y en donde, más que el Diablo, lo que se asoma, especialmente al final, es una corte celestial).

Confluencia de visiones, resultado de un entrelazamiento de distintas perspectivas de la improvisación construida finamente por haberse realizado en Berlín, una de las cunas de la improvisación libre y que no obstante entrega algunos resabios melódicos (“Park Mistery”). Álbum de presentación de este trío que posteriormente grabó un par de trabajos más:  Stunden in Münster y Strenght of the Unit.

Gabriel Puentes y Leo Genovese. NoSomosDos (Vamo  en vivo) (Independiente, 2024)

El baterista Gabriel Puentes y el pianista Leo Genovese se conocieron en Nueva Orleans en 2007, cuando coincidieron como finalistas del Thelonious Monk Institute of Jazz Performance. Un año después, Puentes llamó a Genovese y al contrabajista Chris Lightcap, para grabar su debut como líder (Simple) y en 2017 Puentes y Genovese grabaron No somos dos.

La dupla entrega una segunda producción con NoSomosDos (Vamo en vivo), álbum grabado en directo en el Jazzatlán de Ciudad de México. “Fue un concierto de hora y media hora continua”, dice Puentes. “De ahí se tomaron algunas de las impros completas. La ‘Suite trasandina’ dura 26 minutos, pero está separada en dos tracks (‘Ruta nacional’ y ‘Sudaca blues’). ‘Soliloquio del individuo’ y ‘Burros mezcaleros’ son una impro y se separó como un track la intro de piano solo. ‘Copenhague 1807’ y ‘Réquiem’ son el comienzo y el final de una improvisación más larga”.

Disco de amplios espacios, en el que el virtuosismo de Genovese aflora –él y Wayne Shorter, ganaron el Grammy en la categoría de “Mejor solo improvisado de jazz”– y obliga a Puentes a ir más allá. A veces acompaña desde el sillín; otras, se posesiona de una fuerza extra (el final de “Ruta nacional 33” es un buen ejemplo) que incluso llega a rayar en una potencia desbocada.

Hay por instantes tensión diseminada a lo largo de los seis cortes y si bien Genovese habita de forma natural el jazz, de pronto se encamina a la música académica o la toca tangencialmente (“Sudaca blues”) y cuando parece abandonarse a ésta, regresa a la síncopa, incluso a un funk-groove aceitoso, y reanuda la conversación con Puentes, listo a hacerse escuchar allí donde su intervención redunda y remata la composición o bien gesta alguna salvaje cacofonía.

“Lo que más me gusta de este disco y en general de cuando toco con Leo, es que mientras ocurre la música,  siento que sólo soy un canal y que por mis manos pasan cosas de las que no me puedo hacer muy responsable”, afirma Puentes. “No hay mucha conciencia de lo que estoy tocando ni de lo que está sucediendo. Siento que conecto con algo más gutural que viene desde las entrañas, desde la tierra, las montañas y el mar, pero no necesariamente de mí”.

Tremenda placa, imperdible.

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Publicado en: Discos