Hace una década, un grupo de jazzistas (Hernán Hecht, Eduardo Piastro, Juan Pablo Aispiru, Jorge Fernández, Esteban Herrera, Paola Elean e Israel Cupich), preocupados por el desarrollo de la escena y la carencia de apoyos gubernamentales y de otra índole, siguieron el viejo adagio de la unión hace la fuerza y alumbraron el Colectivo JazzMX, tutelado actualmente por el bajista Israel Cupich.
El colectivo buscó desde un inicio “generar nuevos espacios y alternativas que dignifiquen y garanticen el trabajo en condiciones justas de la comunidad mexicana de jazz, convirtiéndola en una plataforma donde los mismos jazzistas impulsan y difunden este género a través de la producción de festivales, clases magistrales y conciertos didácticos a escuelas, empresas y público en general y difundir las virtudes del jazz como motor para la paz y la unidad”.
El esfuerzo continuo, manifestado en la gestión de presentaciones en el circuito de clubes del género de forma autogestiva, tuvo luego de la pandemia su máximo esplendor con el festival Una Noche con JazzMX que este 2024 celebró su tercera edición en el Teatro Esperanza Iris con la presentación de Magos Herrera, el trío de Alex Mercado y Diego Franco y su sexteto.
Iraida Noriega fungió como maestra de ceremonias y al abrir la sesión, además de comentar brevemente la génesis y los logros del colectivo, se mostró generosa al presentar a su “hermanita” y compañera de viaje Magos Herrera.

Acompañada por Vinicius Gomes (guitarra), Matt Penman (contrabajo) y Alex Kautz (batería), la cantante comenzó la tarde con una suave composición que le permitió mostrar su manejo del scat y con la cual trató de adentrar a los asistentes en un mood plácido y relajado. Y sí, sus temas –la mayoría tomados de Aire, su más reciente producción discográfica– fueron muy amables, con solos que permitieron el lucimiento de los músicos, pero que no lograron encender a la audiencia.
No importó que su repertorio incluyera clásicos como “Gracias a la vida”, “Alfonsina y el mar” o “Cucurrucucú paloma” y que éstos fuesen recibidos con cierta calidez, porque el feedback no se estableció nunca y ello se hizo evidente en los tres intentos –la mayoría de respuesta desvaída– en los que la radicada en New York trató de conectar con la gente. Fue despedida con aplausos, pero a pesar de sus esfuerzos quedó a deber.
Fue ese el momento en el cual Alex Mercado (piano), Israel Cupich (contrabajo) y Gabriel Puentes (batería) se adueñaron del escenario. El trío presentó su quinto disco (Perlas de granizo), pero Mercado hizo hincapié en un dato que de inmediato se reveló como fundamental: es el tercer disco que quienes se aprestaban a tocar grabaron juntos.
Mercado anunció que presentarían la nueva obra en su totalidad –un álbum conceptual– y la comunicación entre las partes afloró de inmediato. Los tres se acercaron al virtuosismo y si bien la base de la totalidad está en el jazz, las composiciones dejaron entrever que su autor escucha mucha música.

Por instantes entregaron temas en los que un groove aceitoso flotaba en la superficie y el pianista tendía unas líneas melódicas cargadas de funk que sus acompañantes no sólo recibían, sino a la que cada uno de ellos replicaba con enérgicas intervenciones que nunca olvidaban estar al servicio de la música.
En ocasiones, la parte de la formación clásica de Mercado aparecía, pero se camuflajeaba admirablemente, contagiaba o empujaba a Cupich y Puentes a visitar nuevos páramos y aquí, quien esto escribe recibió oleadas de música que, sin dejar su naturaleza jazzística, parecían tomar un poco de rock progresivo en su vena sinfónica, sin llegar a los alardes barrocos o bombásticos de éste, pero cuyo efecto seductor fue inmediato.
Tal vez Alex Mercado y compañía no necesitan mostrar ya nada, pero a su paso por el Teatro Esperanza Iris dejaron muy claro la solidez que como trío poseen y su sabiduría para reinventarse e invitar al público a ser partícipe de ese proceso.
El peso de cerrar la noche le correspondió a Diego Franco y sus saxofones. Además de la presión de presentar Música nublada, su tercer y más reciente álbum, le tocó cargar con los retrasos en la logística que propiciaron el abandono de la sala por un sector de los asistentes.
Franco subió al escenario acompañado de Sylvester Uzoma (sax tenor), Tom Kessler (guitarra), Alonso López (contrabajo y bajo) y Gabriel Puentes y Jorge Servín (baterías) y de inmediato señaló que su corazón está en el jazz, pero también sabe de otros sonidos y en su música se advierte de inmediato un halo de frescura proveniente de su acercamiento a músicas nativas del país.
Afortunadamente, este acercamiento no la explota en su vena exótica y más obvia. Franco opta por fusionar el lenguaje de la síncopa con los efluvios de los alientos de la música oaxaqueña y una dosis de influencias vanguardistas.
La agrupación teje un sonido que si bien es amable de entrada, paulatinamente revela complejidad, resultado de los diferentes lienzos con los cuales se estructura. Como ejemplo, aunque no necesariamente el único, está el empleo de las dos baterías que si bien por instantes agigantan la energía, en otros se complementan para tejer una interesante y atractiva alfombra rítmica.

A pesar de la hora, su actuación resultó afortunada. Diego Franco y compañía afirmaron la emergencia de una nueva generación de músicos, respaldada por una mejor preparación, pero también dotada de mayores referentes. Eso, más una combinación entre la composición y la improvisación que aún espera por su máximo desarrollo, al menos en la escena de nuestro país, le augura un futuro promisorio.
Gran cierre de una noche que reafirmó los buenos pasos del Colectivo JazzMX y que, al parecer, comienzan a dar frutos.