El mambo y la música clásica mexicana

El mambo es uno de los géneros de la música popular más extraordinarios de la segunda mitad del pasado siglo. La energía y vitalidad de sus ritmos así como la modernidad de su armonización y orquestación revolucionaron los escenarios bailables internacionales durante las décadas de 1950 y 1960. México fue la nación desde donde el músico de origen cubano Dámaso Pérez Prado lo proyectó con éxito al mundo y en la que sus influjos no sólo revitalizaron otras manifestaciones populares como la canción ranchera, el bolero y el danzón, sino que enriquecieron el imaginario de la música de concierto.

Introducción del mambo en México

La cercanía geográfica y cultural entre México y Cuba, así como el favorable contexto del primer país para la difusión y el éxito de los artistas cubanos, propiciaron la llegada del matancero Dámaso Pérez Prado a la nación mexicana en octubre de 1949. El compositor y pianista venía precedido por los intentos fallidos de difundir el mambo ideado por él con su propia agrupación por Argentina y Venezuela y anteriormente con las orquestas habaneras con las que trabajó y en las que no se comprendió la novedad de su música.

En México, Pérez Prado fundó su propia orquesta y grabó, con el sello RCA Victor, los temas “¡Qué rico  mambo!” y “Mambo no. 5”, iniciando la fiebre por este ritmo, fiebre que llegó a Nueva York en 1952.

El músico acoplaba en sus composiciones los compases sincopados propios de los “mambos” o “guajeos” –de moda en las “descargas” y la música popular bailable cubana en La Habana de esa época– con elementos rítmicos de otros géneros de su país. A esto añadía los más modernos recursos de la retórica jazzística y una batería con instrumentos de percusión afroantillana como las tumbadoras, los bongoes, el cencerro, las maracas y las pailas que expandían las posibilidades de timbre y ritmo de la agrupación. La mezcla de estos componentes fue manejada por él de manera muy personal.

Su modernidad e innovación como compositor y orquestador lograron imponer este género en el gusto popular durante el transcurso de las décadas de 1950 y 1960. Los constantes pasajes de ritmos marcados y vigorosos, sincopados y a contratiempo, en los que se mezclan y sincronizan los compases de la rumba, la conga, la guajira, el bolero y el danzón, combinados con ciertos procedimientos discursivos de los instrumentos de viento en el jazz norteamericano, así como de las improvisaciones o “descargas” jazzísticas “a lo cubano”, eran algunas de las originalidades que proponía su música.

Otras particularidades estaban en el continuo contrapunteo entre las melodías, al unísono de las cinco trompetas, y el bloque de cuatro saxofones (dos altos, un tenor y un barítono), así como en los efectos y pedales del trombón, marcando los cambios de tiempo y las subdivisiones rítmicas. A esto se agregaba una moderna armonización y los cluster (acordes en racimo) como influencia de la música de concierto contemporánea. Estos son sólo algunos de los rasgos concebidos por el llamado Rey del mambo que constituyeron las novedades que actualizaron la música bailable de la época a nivel mundial.

En México, la difusión de su música y las visitas de otros cultivadores del género, como el cubano Benny Moré y el catalán Xavier Cugat –este último desde Nueva York– con sus respectivas orquestas, aunado al aumento de la presencia del mambo en la escena internacional, marcaron el comienzo de una significativa era de influencias musicales.

El mambo en la música de concierto mexicana

La influencia del mambo en la música mexicana puede rastrearse desde los primeros años de la década de 1950, cuando comenzó a ganar fama mundial. Sus huellas en la música de concierto constituyen una parte vibrante de su legado musical que comprende desde la realización de arreglos musicales para orquesta sinfónica, hasta la introducción de los ritmos y caracteres melódicos, del manejo discursivo de los instrumentos musicales (en especial de los alientos y la percusión) y los criterios de orquestación en obras que expresan la mezcla de culturas y la diversidad musical de la nación.

Los compositores aprovecharon la amplia paleta rítmica y de colores instrumentales, así como algunas gestualidades de su discurso melódico y los procedimientos de armonización y orquestación e incorporaron de manera creativa la esencia de estos rasgos en sus obras. Esta perspectiva no sólo enriqueció la música de concierto mexicana, sino que mostró cómo las bellas artes y en especial la música puede constituir un puente cultural al enlazar diferentes tradiciones y estilos.

Pese a que la popularidad del mambo disminuyó con el tiempo, sus efectos en la música mexicana no se detuvieron en las décadas finales del siglo pasado: dejaron un legado duradero que contribuyó a la experimentación. La popularidad de esta música en nuestro país es tal que el “Popurrí Pérez Prado”, un arreglo de Eugenio Toussaint de cuatro piezas, concebido en 1999, fue escuchado en su estreno por sesenta mil personas en el Zócalo de la Ciudad de México. para celebrar la primera noche del presente milenio. Desde esa fecha, la obra se ejecuta de manera sistemática por distintas agrupaciones sinfónicas de México y otros países. Hace algunos meses, se interpretó en el mismo escenario capitalino por la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, junto a las célebres suites de “El lago de los cisnes” y “El cascanueces” de Tchaikovsy, para iniciar la temporada navideña de 2023.

Son de destacar también los diversos conciertos sinfónicos con los mambos de Pérez Prado, entre estos la clausura del 33 Festival del Centro Histórico en el Zócalo de Ciudad México en 2017 y las presentaciones de la OFUNAM con el programa Mambo sinfónico: Homenaje a Pérez Prado, el año pasado.

Otras creaciones de Toussaint como “Flambo mambeco” para percusión corporal, concebida en el 2000 y estrenada por el ensamble de percusiones Tambuco en la Feria Internacional de Hannover en Alemania; “Mambo”, ideada para el Quinteto de alientos de la Ciudad de México y “Mambo suite”, recrean y portan también las improntas y maneras de los mambos de Pérez Prado.

Asimismo, algunos de los componentes musicales y las formas discursivas del mambo se pueden encontrar en la música mexicana más reciente, pues nuestros compositores y músicos continúan explorando las posibilidades de su lenguaje. Piezas como “Mercado Garmendia”, parte integrante de la Suite Culiacán para orquesta sinfónica del compositor Leonardo Gamboa así lo evidencian. La compleja textura rítmica y armónica de esta música aprovecha los sonidos más agudos de los saxofones y las trompetas, así como la intervención de los músicos y del director con interjecciones vocales, rasgos que aluden a las maneras empleadas por Pérez Prado en su orquesta.

La música de Pérez Prado sigue sonando en México y continúa influenciando a la cultura de su segunda patria. Mientras, las esferas oficiales cubanas manejan con reservas –y no en su justo valor y trascendencia– los aportes de su personalidad artística y su obra desde hace más de seis décadas; tampoco hay homenajes ni memorias a su legado, porque aunque emigró de la isla antes del triunfo de la revolución en 1959, nunca más regresó.

 

Ana Gabriela Fernández
Pianista e investigadora

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Publicado en: Reportajes