Un viaje a la intimidad de Mauricio Sotelo

Hace seis años, Mauricio Sotelo, guitarrista de Cabezas de Cera, debutó como solista con Envés. Cordófonos y loops, una colección de cortes –escribimos entonces– “inclasificables, sin vestigios de rock, sin asomos claros de jazz, más cercanos a la experimentación”. Ahora, el guitarrista-stickista-compositor presenta su segundo trabajo en solitario: Flor de sal 20-23.

Se trata de una reunión de composiciones para proyectos de arte y ciencia, audiovisuales, performance y alguna que otra improvisación que se gestó durante la pandemia. De allí el 20-23 de su título. Es un álbum de seis temas cuyo mayor atributo es develarnos a un Mauricio Sotelo que si bien es el mismo, es también uno diferente. Es el guitarrista-stickista consumado sí, pero se ha vuelto más atrevido. Tal vez ya lo era, sólo que ahora me lo parece más y ha sido incluso con un poco de descaro que ha encarado la música. Ese proceso le ha permitido transformarse.

Me darán la razón cuando pongan el oído a “Etiopía-Utopía”, el tour de force de Flor de sal 20-23 (26 minutos de duración), una de las composiciones más ambiciosas de su carrera. El tema, compuesto para el proyecto Mitocondria, inicia de la nada y a partir de allí, el músico  edifica un universo nacido de la reflexión, de su relación con su madre, hijo y esposa y “también con este continente matricial que es África y en concreto Etiopía, el lugar donde se han encontrado los restos más antiguos”. Es también una composición experimental en la que hizo uso de la mezcladora, con un recurso llamado no input mixing que le permite jugar con los feedbacks.

Pieza acusmática, por momentos juguetona, improvisada sí, muy atmosférica, de muchas texturas, pero en la cual también encontramos momentos musicales de ensueño como las cuerdas de la jarana prisma que nos hacen volar amigablemente por encima de una alfombra de feedback. Es el instante cuando la claridad se apodera del tema y llegamos a un espacio de luz en donde la melodía nos adentra en ciertos ámbitos flamencos decorados con la voz de Sotelo que la multiplica para formar un coro sin palabras. Pieza de reciente construcción, grabada en vivo, con imperfecciones sí, porque era más importante plasmar la intención que la corrección.

“Etiopía-Utopía” es también, nos dice Sotelo, una reflexión del peregrinar de hombres y mujeres que buscaban un futuro y para el cual utilizó “tres elementos referenciales que para mí eran importantes en el rollo de la mujer: esperanza, motivación y coraje” y en el que tuvo la intención de “hacer una reflexión de nuestro origen materno y el rol de la mujer en la historia del ser humano; me inspiré en ese tránsito milenario de hombres y mujeres  y del papel de la mujer en el hacer colectivo, en construir un hogar”.

Fotografía: Elena Román

Flor de Sal 20-23 es, además, un viaje múltiple. “Universo interior”, por ejemplo, es una pieza atmosférica, apenas un fragmento de ella, un ejercicio multitrack realizado para un audiovisual inmersivo acerca de los hoyos negros. La pieza, efectivamente, habla de un viaje y si bien éste es de orden cósmico, también puede ser de orden interior, porque cuando el tema se dinamiza un poco, se deja de mirar al espacio para hacerlo a nuestro yo.

Otro ejemplo está en “Pareidolia meridiana”, una composición en bloques que nace del big bang y a partir de éste se traza la historia de Mérida, en donde a cada minuto se plasma un acontecimiento importante en la historia del ser humano y de esa ciudad. Música de cambios continuos, con instantes de techno, guiños al progresivo y en la que el compositor, fiel a su idea de incesante aprendizaje, también tocó la batería y además extrajo un saber extra al comprender de forma más amplia el significado de la producción.

“Metalfonía” es un ejercicio con todos los instrumentos construidos por su hermano Francisco. Antes los había usado en distintos momentos, pero esta es la primera vez que lo hace de forma conjunta y anuncia el deseo de realizar más música como esta en el futuro. Aquí, una orquesta gamelán es la que parece estar al frente, de manera que es un corte muy rítmico en su entrada y en el que la melodía se teje con la jarana prisma, el arpa de doce cuerdas y el charrófono, guardando reminiscencias orientales, para después abandonar esa región y trasladarse a otro sitio de sonidos menos exóticos.

Flor de sal 20-23 nace en un tiempo propicio a las preguntas y la reflexión y, en ese sentido, en dos de sus cortes, “Recuerdos rotos” y “De ayer en adelante”, Mauricio Sotelo viaja a su intimidad, a un espacio que la soledad y el ensimismamiento le permitieron conocer todavía más.

La primera es un paisaje sonoro construido a partir de improvisaciones realizada en casa de sus padres un año después del fallecimiento de éstos, improvisaciones que estaban guardadas y con las cuales no sabía cómo proceder. Cuenta: “En los últimos años me he enfrentado a una musicalidad que los geólogos llaman el tiempo profundo, para llevar a cabo una práctica musical en la cual se puedan recorrer grandes caminos. También he estado trabajando multidisciplinariamente, en este caso en específico, con una compañía llamada Bioescénica. Generé una continuidad a partir de lo que llamé recuerdos rotos: pensar el sonido como algo que nos evoca un momento y que puede generar un nuevo recuerdo a partir de otros”.

Fotografía: Mónica García

Es un corte en el cual abstracción y experimentación afloran. De hecho, se trata de uno de los más experimentales que le he escuchado a Sotelo en su trabajo como solista, al menos en la primera mitad de la composición, porque después llegamos a la claridad y a partir de ese instante transitamos por diferentes espacios y estados de ánimo.

El otro corte más personal y con el cual cierra el disco es “De ayer en adelante”, una composición con guitarra acústica que dio origen a un tema espontáneo, honesto, muy directo. Fue la primera grabación que hizo Mauricio durante la pandemia y en la que, según cuenta, únicamente tomó la guitarra “sin ningún elemento de indagación, más bien como una evocación del pasado”. Es una pieza muy dulce que le trae recuerdos muy personales de la relación con su madre.

“La pandemia transformó mi mundo, como a todos, y de alguna manera este disco es una forma de cerrar ese ciclo, darle su lugar en mi vida, pero también pasar a otro momento; este trabajo nace de esa necesidad y de hacer escuchable esa música que para mí tiene un valor muy significativo y, sobre todo, darme la oportunidad de salir, de mostrar lo que soy ahora y lo que pretendo trabajar de hoy en adelante”.

Flor de sal 20-23 reta al escucha. No se trata de un trabajo complaciente, pero en él Mauricio Sotelo tampoco ha abandonado su impronta melódica, por lo que, una vez superada la primera impresión de extrañamiento, sus seguidores reconocerán en esos trazos firmes y hasta por instantes amigables, la figura de su creador quien, nuevamente, ha roto sus propios esquemas para plantearse otras avenidas por las cuales transitar sin detenerse a mirar la pertinencia o la corrección del movimiento.

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Publicado en: Discos