Hay músicas que necesitan de tiempo para florecer y no sólo impresionar por una belleza que, si bien existe, carece del sustento necesario para sostenerse con los años.
Es el caso de la música de Rodrigo y Gabriela, quienes el pasado viernes 12 de abril se presentaron en el Auditorio Blackberry, cual si se tratara de una serpiente que muda la piel, para hacernos llegar una versión mejorada, semireinventada diría yo, de ellos mismos.

Aunque mi recuerdo es un tanto fugaz, cuando tuve oportunidad de verlos por primera vez en directo, el lugar no era el mejor. Fue en uno de los escenarios del Vive Latino y mi impresión fue de fastidio. El repertorio descansaba en versiones de composiciones ya muy probadas de otros; su ejecución, impresionante sí, por momentos explotaba mucho, hasta la exageración, el lado efectista de emplear el cuerpo de la guitarra como percusión. La conclusión era obvia: demasiado hype a su alrededor y poca sustancia.
Pero en esta ocasión pude ver cómo no sólo han pasado los años y con ello los guitarristas han ganado experiencia; el repertorio se ha trasformado y hoy descansa exclusivamente en composiciones propias. Incluso se toman la libertad de interpretar un par de temas nuevos; movimiento arriesgado, pues un concierto será un buen lugar para probar esos temas, pero no el mejor para que sus fans las valoren adecuadamente.
En su largo camino de mutación, también el paso de lo acústico a lo eléctrico —en el caso de Rodrigo— ha redundado para bien de su música. A mis oídos y los de muchos, han arribado por fin a su sonido (esto quedó asentado de hecho ya en Mettavolution, su álbum de 2019) y hoy se paran además con una gran actitud. Con esos componentes —actitud y composiciones—, lo demás es ser ellos mismos y eso particularmente le sale a la perfección a Gabriela.

Los dos han cambiado para bien como músicos; como personas —al menos es lo que se advierte desde abajo del escenario—; siguen siendo ese par de adolescentes que un día dejaron las filas del grupo Castlow y su tierra para emprender una aventura europea que a la mayoría le encanta romantizar y de la cual ahora se aprecian los logros.
Cuando habla, ella simplemente es encantadora, porque es la chica de barrio, la chava banda que quiere decir cosas, pero aún se atropella y termina riéndose sola de sus bromas. Lo que en otros sería defecto, ella lo convierte en carisma. Además, su golpeteo de la guitarra sigue siendo esencial, pero ahora se ejerce sin los alardes de antaño y esa reducción del gesto es otro de los elementos que hacen de esta versión de Rodrigo y Gabriela la mejor hasta el día de hoy.
No es sencillo tocar música instrumental durante casi dos horas, con tan sólo un par de guitarras, sin caer en lo edulcorado, pero ellos lo consiguen con aparente facilidad. Incluso, llegado el primer encore, bajaron a tocar “Descending to Nowhere” entre el público, aunque la mayoría no logramos verlos.

El set list de esa noche incluyó, entre otras, “True Nature”, “The Eye That Catches the Dream”, “The Ride of the Mind”, “Broken Rage” e “In Between Thoughts a New World”, pero fuera cual fuera la melodía que atacaban, ésta no carecía de energía e incluso tampoco hubo demostraciones innecesarias de virtuosismo. La mesura enmarca de la mejor manera el trabajo actual del dueto y le otorga más brillo. Ya no descansa en factores externos, ahora es su música la que habla por sí. misma.
La sesión cerró con un segundo encore que fue de “Mettavolution” a “Tamacun”, para finalizar con “Diablo rojo”.
Casi una década tardó el par en regresar a México. Sus seguidores tenían hambre, deseo. Hoy, Rodrigo y Gabriela terminaron con la ansiedad, pero la mayoría, al salir satisfecha, pensaba en que ojalá no pase una eternidad para volverse a encontrar con ellos en directo.