Hay una escena en esa gran película que es The Commitments, de Alan Parker (1991), en la cual Jimmy Rabbitte, el personaje interpretado por Robert Arkins, afirma convencido: “Los irlandeses somos los negros de Europa, los dublineses somos los negros de Irlanda y los que vivimos al norte de Dublín somos los negros de ésta”. Luego, el mismo personaje hace que los integrantes de la banda de música soul que está formando –todos ellos irlandeses típicos, de piel blanquísima, casi transparente– repitan convencidos la famosa frase de James Brown: “I’m black and I’m proud” (“Soy negro y estoy orgulloso”). Esta identificación no es precisamente racial, pero sí tiene sus razones de ser.

U2 en Tulsa. Fotografía: Remy bajo licencia de Creative Commons

Como nación históricamente oprimida y dividida por Inglaterra, Irlanda ha vivido la humillación de ser una especie de patio trasero (¿dónde hemos oído eso?) del viejo imperio británico. De ahí la identificación que muchos hacen entre el pueblo del Éire y la raza negra que fue esclavizada y trasladada de su natal África a los campos del sur de lo que hoy son los Estados Unidos de América.

Por otra parte, a principios de los años sesenta de la centuria pasada, la vieja música de blues –surgida desde finales del siglo XIX y principios del XX en el delta del río Mississippi y otras regiones sureñas de la también llamada Unión Americana– fue de una y muchas maneras redescubierta y revalorada por algunos jóvenes músicos del Reino Unido, quienes se dieron cuenta de su fuerza y profundidad, de su hondo sentimiento humano y artístico, y la retomaron para interpretarla y darle el lugar que en su tierra de origen había perdido. De ese modo, compositores e intérpretes como Blind Willie McTell, Blind Lemon Jefferson, Mississippi John Hurt, Freddie King, John Lee Hooker, Willie Dixon, Muddy Waters, Howlin’ Wolf, Jimmy Rogers, Sonny Boy Williamson, Elmore James, B.B. King y varios más fueron adoptados y adaptados por agrupaciones como John Mayall y sus Bluesbreakers, Alexis Korner, los Rolling Stones, los Animals y los Yardbirds, entre otros. Esta revaloración de las raíces blueseras y el rock se reflejó a lo largo y ancho de Gran Bretaña y alcanzó a la norteña Irlanda. Lo mismo sucedió con la música soul y con el rock’n’roll. Así, músicos como Wilson Pickett, Otis Redding, Sam Cooke, Ray Charles, James Brown, Chuck Berry, Little Richard, Bo Diddley, Fats Domino y otros tuvieron, en las frías y neblinosas tierras de la Pérfida Albión, terreno fértil para revivir, para revitalizarse de manera generosa e incluso exuberante.

Irlanda, como parte discriminada y casi marginal —pero parte al fin— del Reino Unido, vio también cómo muchos de sus jóvenes, durante los años sesenta y setenta, gustaban de la música negra norteamericana, aunque quizá no de manera tan evidente como sucedió en Londres, Liverpool, Manchester, Sheffield y otras ciudades inglesas. Entre esos jóvenes se encontraban los futuros integrantes de U2.

Ciertamente, en los primeros discos del cuarteto la influencia o cuando menos el gusto por el blues, el soul, el gospel, el rhythm’n’blues o el rock’n’roll no es precisamente evidente. La música de aquellas obras iniciales –Boy (1980), October (1981), War (1983)– estaba más apegada al rock que se hacía en aquellos momentos (finales de los setenta, principios de los ochenta), en los cuales el punk y la new wave eran la dominante. Si algunas raíces había en la música de U2 en esos días eran las raíces de la tradición irlandesa, de la tradición celta.

Sin embargo, ya en The Unforgettable Fire, de 1984, se vislumbraba un pequeño asomo, un interés por la música negra estadounidense, sobre todo en composiciones como la gospeliana “Pride (In the Name of Love)” y “Elvis Presley and América”.

The Joshua Tree, de 1987,  confirmaría esta tendencia (con “I Still Haven’t Found What I’m Looking For”, “With or Without You”, “Bullet the Blue Sky”) que se acrecentaría durante la gira promocional de este álbum por Estados Unidos, cuando visitaron diversos puntos clave de la cultura negra norteamericana (visitas que están registradas en el filme y el disco Rattle and Hum, de 1988, ambos absolutamente recomendables), como los estudios de Sun Records en Memphis, algunas iglesias en Nueva York donde se cantan espirituales, las calles de Chicago y otros, así como su contacto y alternancia con un genio del blues de los tamaños de B.B. King. Temas como “Desire”, “Angel of Harlem” y “When Love Comes to Town” son muestra evidente del gusto de Bono, The Edge, Andy Clayton y Larry Mullen por los géneros musicales de la cultura afroamericana.

En su siguiente trabajo discográfico, el extraordinario Achtung Baby, de 1991 (coincidentemente, el mismo año de The Commitments), la influencia de la música negra ya no es tan clara, aunque sí lo es el espíritu de la misma, el cual se refleja en el profundo sentimiento humanista del disco y en las interpretaciones del cuarteto en diversos temas del mismo.

La intensidad de canciones como “One”, “Who’s Gonna Ride Your Wild Horses”, “Even Better Than the Real Thing”, “So Cruel o “Love Is Blindness” debe mucho a los cantos espirituales del gospel, al dolor y la sensualidad del blues, al desgarramiento visceral del soul.

Las siguientes obras de U2 fueron por caminos más tecnologizados y tal vez ello ocultó la presencia de esos géneros. No sería sino hasta diez años más tarde, con All That You Can’t Leave Behind (2001), que el grupo retomaría en cierto modo la sencillez rocanrolera y con ello algo de ese esprit centenario proveniente de las lejanas raíces fincadas en el sur profundo estadounidense y, más atrás aún, en las costas del África occidental. Finalmente, es de esos lugares de donde proviene todo lo que hoy seguimos llamando rock.