Al guitarrista Federico Sánchez seguro, lector, se lo ha topado en alguna ocasión. No importa si no se ha acercado al jazz, pero si alguna vez ha escuchado uno de los boleros de Daniel Me Estás Matando, esa guitarra que teje un solo en el puente e irradia luz, claridad, seducción, le pertenece a Sánchez.
Su acercamiento al instrumento de seis cuerdas comenzó a temprana edad, inducido por un padre melómano a quien le debe su interés por la música (“teníamos sesiones de escucha de sus discos de rock, principalmente, y eran todo un ritual”), y esto lo llevó a estudiar, en la segunda mitad de la primera década del presente siglo, la carrera de composición en la Academia Fermatta.
También temprano, a los 16 años, comenzó a tocar en grupos de rock, principalmente de covers, y, dice: “ese fue mi inicio en la industria de la música […] fue de las primeras veces en que recibí dinero por tocar mi guitarra”.
Su relación con la escena del jazz y la música creativa comenzó cuando se mudó a Ciudad de México –es oriundo de Tulancingo, Hidalgo– y se integró a su primer grupo: No Soy. Dice: “Esa banda la integramos Miguel Alzerreka en el vibráfono, Ian Medina en la electrónica, Ulises Peña en el bajo eléctrico, Jorge Servín en la batería y yo en la guitarra”.
A la par de comenzar a forjarse una reputación en la escena del jazz, grabó un primer disco en solitario en el que, paradójicamente, la guitarra no es la protagonista absoluta. Hay, en ese trabajo editado en 2012, una buena dosis de electrónica. De hecho, él lo define así en la Enciclopedia fonográfica del jazz en México y además, es una placa asociada a sus primeros recuerdos. Comenta: “En paralelo a mis deseos de tocar la guitarra, también había una fascinación por los aparatos que reproducían y grababan estos sonidos. El tocadiscos y la casetera de mi papá siempre me parecieron muy interesantes; de niño, una de las cosas que aprendí de mi padre fue grabar a cassette desde un vinil o desde la radio. De ese modo grababa mis primeras mixtapes y coqueteaba con la idea de los procesos en el sonido. Cuando entré a la universidad, me di cuenta de que esa música tenía un nombre, que era una estética muy visitada por muchos artistas. Sin darme cuenta y sin saber su nombre, descubrí que siempre fui fanático de la electrónica, de procesar sonidos y mezclarlos. Los ecos del goce ocurrieron en un momento en el que tenía muchas preguntas alrededor de la guitarra, el jazz, las escenas locales, la posibilidad de estudiar en otro país, etcétera. En medio de esa confusión, resultó mucho más natural para mí hacer esa colección de piezas electrónicas que tocar mi guitarra. Le tengo mucho cariño a ese disco”.
El camino de los registros fonográficos prosiguió con Federico Sánchez / Benjamín García / Jorge Servín (2013) y Annominatio (2014, a dueto con Aarón Flores), para encallar en Vol. 1 (2014), una grabación en la cual el sonido de su guitarra se despliega con más amplitud y en la que el jazz, con ciertos impulsos rockeros, es la constante. Fue entonces cuando decidío oficialmente crear un trío de jazz. “Empecé a tocar con Jorge Servin y Juan Manuel Guiza. En esos años escribí mucha música, tratando de tener, justamente, al rock y al jazz en la mente, muy influenciado por bandas de rock de los 70, la psicodelia y el jazz contemporáneo. Fue la primera vez en mi vida que intenté dirigir una banda, tocando mi música y gestionando conciertos”.

Llegado a este punto, en la obra de Federico Sánchez ya se advertía la definición en el sonido de su guitarra, pero también se hacía presente el deseo de ampliar la paleta sonora y experimentar. Grabó entonces Lo invisible (registrado en directo en la Fundación Sebastián en 2016), ambiciosa obra de un coro de diez voces (entre ellas las de Leika Mochán, Iraida Noriega y las hermanas Beaujean) y electrónicos (algo de noise incluido), pero en la que la voz es el instrumento principal.
De su génesis cuenta Sánchez: “Después del Vol. 1, me tomé varios años para tratar de vincularme con la música desde otro lugar que no fuera mi guitarra. Aunque siempre había tenido esas inquietudes hacia la electrónica, el ruido y demás, no le dedicaba el mismo tiempo que a la guitarra. En Lo invisible justo traté de jugar con el espacio, con la voz como materia prima principal y la electrónica como una especie de acompañamiento a las voces. Es un disco en el cual la gestión fue mucho más complicada y requirió de más esfuerzos. Agradezco infinitamente a todos los que participaron en él por ayudarme a tener tan maravillosa experiencia. Recuerdo que la noche que grabamos, experimenté una felicidad tan grande que no me dejó comer y dormir por dos días”.
Luego de seis años de su debut con Los ecos del goce, grabó en 2017 The Damaged Love the Damaged, al que nuevamente clasificó como una obra de electrónica. Concilió otra vez esos mundos que por años parecieron estar en conflicto, al menos en este país porque fuera esas divisiones son cada vez más difíciles de hallar. Comenta: “Siguiendo la misma línea de Lo invisible, este disco también es un esfuerzo más por escuchar estas otras necesidades que tenía. En este caso, también experimentando con formatos diferentes. La idea principal de esa música era componerla e interpretarla con ciertos instrumentos específicos. En ese momento me limité a usar una caja de ritmos, un sintetizador, un pedal de distorsión y uno de delay, todo ello por medio de un portaestudio”.
Esta relación de nuestro entrevistado con la electrónica se intensificó en She Slips Her Hand Inside Me As If I Were a Sock That Needed Mending (2018) y el EP La noche aún no existe (2020) e incluso hay instantes en los cuales se acerca, si bien tangencialmente, al noise.
¿Qué pasaba por la cabeza de Federico Sánchez en esos años? “Entre 2017 y 2018 probablemente fue la temporada en la que más alejado estuve de la guitarra y del jazz. No diría que me alejé por algún tipo de resentimiento, sino por continuar la búsqueda hacia nuevos horizontes. Con el tiempo me di cuenta de que esos años nutrieron muchísimo, indirectamente, mi relación con la guitarra. Ese trabajo fue una especie de cuaderno de viaje de un periodo en el que visité Chiapas y Colombia”.
Posteriormente, grabó el sencillo “Lenta primavera” (2021), en el que se acercó al cancionero popular mexicano, y realizó un par de versiones a temas clásicos: “La mentira” y “El andariego”, en las cuales, además de aflorar su amor por el bolero, lo inspiró el estudio. Señala: “Los boleros siempre han estado cerca de mí de una u otra manera. El formato de canción me encanta abordarlo y estudiarlo, es una gran fuente de inspiración para indagar en aspectos profundos de la técnica musical, al menos así lo siento yo. Esto solamente fue un pequeño homenaje a esas canciones que me gustan tanto”.

En la vida de Federico Sánchez, la inquietud es una constante y una de sus recientes incursiones discográficas, el sencillo “Soy la cruz que cuelga de mi cuello”, está marcada por la electrónica, pero también por su acercamiento a los ritmos latinos. ¿Estamos frente a un nuevo cambio en su carrera musical?
Él mismo cuenta: “En noviembre de 2018, comencé una especie de investigación que culminó en una nueva banda: Sabroso. Todo comenzó con un sentimiento de casi desesperación, al no poder tocar en varios lugares de la ciudad por las características de mi música, a veces muy experimental para los clubes de jazz y bares, pero no lo suficiente para entrar al nicho de la así llamada música experimental. Entonces pensé en hacer música bailable que, a lo mejor, no fuera la más sonada en el circuito de Ciudad de México; ahí comencé a investigar. Llegué a música de muchas partes del mundo e inevitablemente, arribé a la psicodelia tropical y sus expresiones en México. Diría que, de finales del 2018 al día de hoy, sigo reflexionando en cómo se unen el baile, el ritual y la vida nocturna en la ciudad con la música que yo hago. Ahora me encuentro muy cómodo con esto, me gusta mucho el estado hipnótico del baile y la manera en la que unifica al público con los intérpretes”.
Atrás se mencionó Annominatio, el disco que en 2014 grabara a dueto con otro guitarrista: Aarón Flores. “A Aarón lo conocí en la universidad, hace ya muchos años”, comenta. “Desde el inicio nos hicimos amigos, porque teníamos muchos gustos en común: jazz, electrónica, música experimental, rock, etcétera. Desde el inicio siempre fue una presencia que me inspiraba mucho, siempre me he sentido muy atraído por su universo sonoro. En 2014, nos juntamos a grabar una serie de pequeñas piezas para guitarra eléctrica y eso es Annominatio. Ese proyecto siguió tocando intermitentemente, con distintas alineaciones y formatos, siempre conservando esa identidad de taller de composición y exploración. Ahora, a diez años de esto, estamos planeando una siguiente grabación para celebrar el aniversario de esa música”.
Para cerrar, le digo a Sánchez que su vida musical como solista se antoja muy diferente a la desarrollada en los grupos en los cuales ha tocado o colaborado, por ejemplo, al lado de Jacob Wick o en el X-Pression Quartet y quien lo escuche en ellos y acuda a su obra solista, se va a llevar una sorpresa. ¿Encaras ese trabajo como uno más o cómo lo haces?
“Que difícil pregunta. En cada cosa que participo siempre procuro ser respetuoso de la música y el concepto que hay detrás de la misma. Intento siempre tocar desde un lugar reflexivo, honesto y lúdico, siempre agradecido porque me hayan tomado en cuenta para el proyecto. Pienso que seguir estos principios indirectamente me ha hecho conseguir algún tipo de identidad en mi sonido”.