Aparece el volumen 3 del Atlas del jazz en México

En 2019, el veterano periodista Antonio Malacara Palacios presentó el primer volumen de la Enciclopedia fonográfica. Atlas del jazz en México (Secretaría de Cultura), un libro con más de 400 páginas que marcó el comienzo de una labor que, conforme transcurren los años, gana importancia y a la cual bien se le puede colocar el membrete de titánico sin necesidad de regatear.

Esa primera entrega, que abarca de la letra A a la E, es el resultado de un trabajo de años, plasmado en obras previas como Catálogo subjetivo y segregacionista del rock mexicano (Angelito Editor, 2001), Subversión de los hechos (Fonca, 2012) y Atlas del Jazz en México (Comisión de Cultura Cámara de Diputados, 2016), entre otros. Afortunadamente, contra la práctica hecha costumbre de prometer la continuación de un trabajo sin llevarlo a cabo, la enciclopedia ha llegado a su tercer tomo (editado por el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, antes Fonca) y se presentó hace algunas semanas en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Malacara Palacios cuenta que la inquietud por llevar a cabo esta empresa surgió una vez concluido el Atlas del jazz en México, en el que se incluyen clubes, programas especializados y otra información del género, pero ningún disco, lo cual, dice, “fue una incomodidad”.

En la entrega actual, el periodista (quien publica su columna “Jazz” en el diario La Jornada desde hace 26 años) narra el periplo burocrático en el cual se vio envuelto cuando llegó el momento de arrancar con ese primer tomo en el cual, como en el resto de la obra, abundan las sorpresas. Y no es para menos. En las más de 1200 páginas reunidas conjuntamente en los tres volúmenes abundan discos de los cuales ni siquiera él, un especialista, tenía noticia.

Dice el investigador: “De una manera tremendamente ingenua y soberbia, pensé que conocía la mayoría de los álbumes de la producción discográfica, pero cuando saqué la lupa salieron cosas que ni me imaginaba y siguen saliendo, es algo sorprendente. He recorrido todo el país, estado por estado, y antes de que existiera internet, en lugar de preguntar por un teléfono, lo hacía por un grupo o músico de jazz. Sin embargo, hay una costumbre extraña de los músicos de este género en el interior de la República: hacen sus producciones discográficas y se conforman con ser conocidos en su inmediatez geográfica o en su cuatitud. Me he topado con jazzistas que no le hacían ruido a sus discos por el sencillo hecho de que estaban contentos de haberlo sacado y que lo escucharan en su ciudad o estado”.

Malacara desconoce cuántas entradas poseen hasta el momento los tres volúmenes que forman su trabajo, pero sí tiene claro cuál es el disco más viejo que aparecerá en él: “Hay uno de Luis Arcaraz, de 1950. La de Arcaraz no era propiamente una orquesta de jazz, pero es la cuna de los jazzistas del jazz moderno en México.No obstante, de jazz en sí, el primero fue un álbum triple de Orfeón que se grabó en 1954 con los grupos de Mario Patrón y Chilo Morán, aunque apareció hasta 1961 si bien en la portada dice en grande que es de 1954. Había ya mucho jazz en México, lo hay previo a los años cincuenta, pero había un desprecio y una subvaloración tremenda. Manuel M. Ponce era jazzofobo y José Vasconcelos lo despreciaba; de hecho, en su autobiografía menciona que el jazz era como un regreso a los primates. Tenía un nacionalismo tremendo”.

En una obra de semejantes dimensiones, las omisiones, ya sea por descuido o por desconocimiento, son inevitables y Malacara Palacios lamenta que en el primer volumen no aparezca la ficha de Chucho Zarzosa —las entradas de la enciclopedia están ordenas por nombre propio y no por apellido— porque, dice, “no logré concluir adecuadamente la investigación. Además de que hizo conciertos de jazz —uno de sus discos se llama precisamente Concierto de jazz—, operó como la mayoría de los directores de orquesta en aquellos años: hacía otras músicas. Por supuesto, sigo trabajando en eso y el Tomo 5 incluirá una sección llamada “Coda”, con todo lo que no apareció en los volúmenes previos por diferentes razones”.

Antonio Malacara es un necio –una de las revistas que editó se llamó, precisamente, La Necia– que no se ha doblegado a pesar de los múltiples reveses que ha enfrentado en su profesión, pero una de las actividades que más disfruta es la de catalogar. Dice: “Es muy interesante estar buscando y encontrar información, es como escarbar en la tierra y descubrir cosas. Los músicos mexicanos de jazz están desde antes de que existiera el jazz mismo como tal y nadie ha escrito la bitácora de todo eso. Yo no me estoy dando al mil por ciento esa tarea, porque se necesitaría de mucho tiempo y de un financiamiento que no tengo. Lo que me emociona realmente es cada vez que encuentro algo. Como cuando descubrí el primer disco de Latin jazz de Lupillo Barajas, del que nadie, ni en Tijuana, hablaba de él”.

También la labor de catalogar sirve para precisar hechos y datos, muy necesarios en la construcción de la historia musical de este país, porque es conveniente mencionar que los músicos en ocasiones son muy dados a la mitomanía. “Tino Contreras, por ejemplo, cuando hice Subversión de los hechos, me decía que tenía cuarentaitantos discos y le pedía me los enseñara, pero no como un reto sino sólo para documentarlo. Al final de la investigación le pedí sólo las portadas y me pasó unas fotocopias, por eso en el libro pongo que tiene tantos discos, pero únicamente me pudo mostrar unos cuantos; sin embargo, la gente que no es tan curiosa como yo, traduce las palabras de Tino y otros como verdades absolutas”, concluye el entrevistado.

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Publicado en: Noticias