De ruidos, desastres y zancudos musicales

Orquesta de Ruidos y Desastres

Nine Corners es un colectivo musical de Guadalajara, la capital de Jalisco, en el que confluyen grupos musicales, productores y artistas con tendencias a la sicodelia, el jazz, el rock, el free jazz y el noise. El guitarrista de Cienfuegos, Paco Pérez-Rul, convocó a varios músicos del colectivo, provenientes de agrupaciones como Sutra, David Chanson, SLZR, Las Visiones, Blunt Reynols, Aguadulce Ensamble, Triálogo y SOP Trío, y los reunió en la Orquesta de Ruidos y Desastres para un par de conciertos de los cuales se editó una cinta con el título de Vol. 1 (Terror Casets, 2023).

El experimento tiene sus antecedentes en proyectos previos como Improvisaciones y manipulaciones electroacústicas (ciclo curado por Arturo Ortega, en el que músicos y creadores sonoros formaban ensambles espontáneos y realizaban improvisación libre), Improacusia (ciclo de free jazz e improvisación libre curado por Juan Castañón y Arturo Ortega) y Captura en tiempo presente (ciclo de jazz organizado por Chen Quintero y Paco Pérez-Rul).

La Orquesta Ruidos y Desastres es un colectivo de alientos (Sara Ventura y Chen Quintero, sax alto; Libni Casher, voz), cuerdas (Alex Fernández, violín; Andrés Orozco y Paco Pérez-Rul, guitarra y FX; Gilberto Ríos y Luis Ortega, contrabajo), electrónicos (Pedro Romo y Sinclair Castro, sintetizador; Arturo Ortega, objetos y electrónicos) y percusiones (Abel Álvarez y Luciano Sánchez, batería) que en esta ocasión dirigieron de forma colectiva Arturo Ortega, Luis “Chino” Ortega y Pérez-Rul. La producción corrió a cargo del último y contó con apoyo de Cultura Jalisco para su realización.

Orquesta de Ruidos y desastres. Fotografía: Karen Navarro

Vol. 1, grabado en directo, es una obra de “comprovisación”. Dice Paco Pérez Rul: “Todo es improvisado, pero a la par hay secciones planeadas para buscar tal tipo de sonoridad, dinámica, instrumentación, velocidad. Cada uno de los movimientos tiene diferentes búsquedas y directores”.

La cinta se compone de cuatro tracks. “Movimiento 1” sirve para presentar cada una de las secciones que dan cuerpo a la orquesta. Comienzan las percusiones, siguen las cuerdas y si bien en la orquesta no hay solos, en esta parte la guitarra descuella por momentos; la sección va en crescendo y cuando alcanza un clímax permite la entrada a sintetizadores, electrónicos y objetos que una vez cumplida su participación permiten el ingreso de los alientos y la voz, esta última empleada como un instrumento más.

“Una estrategia que utilizamos fue la de usar un reloj temporizador en el escenario, como dirección de la música. Cada dos minutos cambia la sección. Nos gustaba mucho cómo iba sonando la orquesta y queríamos presentar la paleta de sonidos y colores separados, meter a la audiencia en nuestro viaje, que conocieran un poco el funcionamiento de la agrupación”, dice Pérez-Rul.

El segundo movimiento inicia como una ensordecedora cacofonía e integra a todas las secciones, para crear una música cuyo punto de partida es la improvisación, pero en su desarrollo se visitan, en ocasiones tangencialmente, música contemporánea y free jazz. Aquí, la vorágine sonora desemboca en un aluvión de las percusiones que se alía con los alientos y luego de marcar un breve silencio, da pie a la entrada de la voz que aparece a capella para recibir el apoyo de alientos y cuerdas. En este segundo movimiento, los elementos están integrados, se alternan y así como hay momentos de estruendo demencial, también encontramos pasajes de brillante articulación y entendimiento.

En el “Movimiento III”, la voz se integra, la tónica del todo va por el free jazz y si bien no hay solos, sí encontramos momentos en los cuales se establecen diálogos entre diferentes instrumentos que conversan sobre una paleta sonora de mayor amplitud. “Bola de fuego”, el corte final, es un cierre ciclónico con la orquesta en pleno y una conclusión emocionante para una obra que abre la puerta a, esperamos, mayores demostraciones de esta agrupación en el futuro.

La edición en cassette se encuentra disponible en la plataforma de su preferencia.

Zancudos Tadeo

Oriundo de Nueva Zelanda, Misha Marks es un multinstrumentista radicado en Ciudad de México desde hace más de una década. Ha sido un periodo en el cual, dada su profesión como músico, ha viajado y entrado en contacto con otros colegas y, especialmente, con otras músicas de nuestro país.

Para El zancudazo (Edición de autor, 2023), una grabación realizada durante la pandemia, reunió a varios amigos bajo el nombre de Zancudos Tadeo (Xavier Fraustro, trombón; Roberto Tercero y Don Malfón, sax alto; Fernando Barrios y Gibrán Andrade, baterías —el primero por el canal izquierdo, el segundo por el derecho— y él en sousafón, corno y composición) y en conjunto dieron forma a cinco composiciones.

“La música —escribe Marks en las notas que acompañan la versión digital del registro, aunque también existe en formato físico— está inspirada en su mayor parte en la música de banda de viento de México, particularmente Oaxaca y Sinaloa. Durante más de una década he tenido la fortuna de pasar tiempo entre bandas de diferentes regiones de Oaxaca y otros lugares de México y de sentir la increíble energía de la música. Esta es una pequeña ofrenda hecha con mucho respeto y gratitud por tanta inspiración”.

Ese respeto es advertible en “Danza de la fertilidad”, corte festivo, cual si fuera una tonada folk tradicional, pero que por debajo deja fluir el espíritu del free jazz con guiños y reminiscencias de los harmolodics de Ornette Coleman.

“Tsimi kanon, Nhomi kanon” es una fusión en la que los alientos brillan espectacularmente, con la gravedad del trombón haciendo las veces de un bajo, mientas los percusionistas atacan la composición desde una visión más contemporánea. Un corte aparentemente con menos libertad, más articulado y de lo mejor de este disco.

En “El pájaro burro”, el sax alto hace las veces del ave, mientras el trombón “rebuzna” en un corte que se mueve entre lo tradicional (una visión muy sui generis, sin duda) y el free jazz. El tema que da título a la obra recupera el empuje de la música tradicional, su festividad y la mezcla con el regional mexicano y un poco del vértigo de la música balcánica.

“Marcha fúnebre # 23” cierra este disco cuya brevedad hace desear más. Como su nombre lo indica, efectivamente es fúnebre y si bien se asienta en esa música que ha inspirado a Misha Marks, también hace un guiño a la música funeraria de Nueva Orleans y tangencialmente al rock en oposición, en una influencia que tal vez sea más de actitud que musical.

Música de la tierra, con ecos milenarios, pero al mismo tiempo moderna y que entrelaza diversos géneros, pero logra fusionarlos para entregar una obra gozosa y divertida; una mirada respetuosa como sólo puede darla el otro, el llegado de fuera, quien se maravilla por aquello que para los oriundos del país ha dejado de ser sorpresivo.

 

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Publicado en: Discos