El punk, a pesar de las frecuentes condenas a muerte de las cuales ha sido objeto, no sólo se ha revelado fuerte y resistente, sino que al mismo tiempo ha dado muestras de vivir en lozanía y además es una necesidad de un sector de la población para manifestar su disidencia.
También es cierto que desde su concepción, allá en la década de los setenta, el género se ha transformado y hoy, debido especialmente al manoseo mediático y de fans curiosos que entran y salen del mismo sin aportar cosa alguna a “la causa”, el mainstream sabe de él lo mismo que en 1974: nada.
Por ello la necesidad de asentar su historia. El mundo anglosajón, bien o mal, lo ha hecho con profusión. Incluso España puede jactarse de preocuparse por el tema, pero no sucede lo mismo en Iberoamérica, donde lo existente se da a cuentagotas y todo está por hacerse.
¿Alguna vez se ha preguntado usted, lector, no quién ha hecho punk en México, sino quién lo hace en la actualidad? Seguro sabe de su existencia en países como Argentina, Chile, Colombia e incluso Brasil, pero ¿qué hay de Bolivia, República Dominicana o la más cercana Cuba?
Rafael Uzcátegui, sociólogo y defensor de los derechos humanos en Venezuela, junto con otros colaboradores, editó durante la pandemia un fanzine en el que hizo una recopilación de diversas escenas punks de Latinoamérica. La idea creció para convertirse en libro, armó una convocatoria, la circuló entre sus contactos y así nació Mayoría equivocada. Una historia incompleta del punk en América Latina (el nombre del libro se tomó de una canción del mismo nombre de los peruanos Autopsia).

El que avisa no traiciona, reza el dicho popular y el texto anuncia, desde su título, la imposibilidad de llevar a cabo una tarea tan monumental como sería el trazar un registro global de la historia del género en nuestro continente.
El objetivo, lo deja claro Guillermo Mármol en el prólogo, al señalar que en los textos se encontrará “cómo América Latina hizo su propia lectura del punk y la tiñó de su encanto único, justamente, cargado de latinoamericanidad”, pero como toda compilación, Mayoría equivocada posee altibajos y el principal, desde mi lectura, es la mirada con la que sus diferentes colaboradores decidieron acercarse a sus respectivas escenas.
Si bien es cierto que nadie mejor para hacerlo como quien lo ha vivido, también el ser uno de los actores de esa vorágine no siempre ofrece el debido distanciamiento para analizar un acontecimiento. Es el caso de los textos referidos a Bolivia (“un recuento crítico de la pequeña movida punk en Bolivia a partir de nuestra propia experiencia”), Colombia, Costa Rica, Cuba (en donde Gorki Aguilar señala: “Entonces aquí no ha habido nunca, tristemente, un movimiento de punk”), Panamá, Paraguay, Lima (ni siquiera es Perú en su totalidad) y República Dominicana. Sí, como testimonio resulta valioso, pero le hace falta el rigor periodístico o académico.
Una primera conclusión al finalizar las casi 300 páginas en su edición mexicana son las similitudes históricas. “En América, por lo menos en la parte hispana, de México para abajo”, apunta Sebas, de Argentina, quien centra su colaboración en los fanzines (génesis, propósitos, razones y legado). Otra sería la dificultad existente en la mayoría de estos países para llevar cabo grabaciones, distribuirlas y comercializarlas. Importante es, por supuesto, no olvidar las diferencias, una de ellas de índole político y fundamental, como lo fueron las dictaduras en los países del cono Sur.
Los textos acerca de las escenas chilena, venezolana y portorriqueña, respectivamente, son muy ricos en cuanto a su aportación. Johanna Watson y Cristóbal González en “Anarquía y rebelión: punk en Chile”, además de trazar el contexto histórico, deciden centrarse solamente en las agrupaciones más representativas del género en dicho país, lo cual les permite ser certeros en sus conclusiones.
Rafael Uzcátegui, en su texto “Quiero trabajar para el gobierno: declive y exilio punk petrolero venezolano”, elige contar la historia a partir de cuatro momentos decisivos en la historia de su país y la respuesta del punk ante ellos. Decide así enfocarse en un aspecto político, pero los resultados son de lo mejor en el libro.
¿México? Jorge Tadeo, de Astillero Ediciones, señala que en nuestro país “no estaba pensado sacar una edición, pero tampoco estaba descartado, sino a la espera de que alguien se animara y allí es donde entramos nosotros: Venas Rotas Discos, Editorial Escombros y Astillero” (la edición mexicana, en su preventa, se acompañó de un cassette disponible para su descarga gratuita en bandcamp).
El texto de nuestro “representante” lleva por título “Un dispositivo de memoria llamado ‘No estamos conformes’” y está firmado por Frita Khalo (sic) de quien se lee en el índice de autoras y autores: “Trashumante. Miembro de la comunidad anarcopunk entre los años 1992 y 2000”. Sin embargo, el artículo no sólo es flojo, sino inexplicablemente inexacto en algunos de sus puntos. Su afirmación de que el álbum No estamos conformes de Massacre 68 es un ejemplo del punk latinoamericano y equiparable con el Never Mind the Bollocks de Sex Pistols no sólo es temeraria, también carece de fundamentación (“Si los londinenses marcaron la pauta de cómo el punk debería mostrarse ante el resto del mundo, los chilangos señalaron el camino que el punk latinoamericano transitaría en los próximos años”, p. 143). Añádase que los grupos punks mencionados en el texto son, además de Massacre 68, Dangerous Rhythm y Size. Al hablar del Festival de Avándaro cita agrupaciones que no formaron parte del programa oficial sin especificarlo (Zafiro, La Sociedad Anónima, Soul Masters) y en cambio no menciona a El Ritual o Bandido. De Size se dice: “En 1989 editaron un 7 pulgadas con dos canciones, mientras que en 1984 un maxi de 12 pulgadas con dos temas adiciones (sic)… En 1985 se disolverían” (basta revisar el volumen1 de 60 años de rock mexicano del Sr. González para comprobar lo erróneo de las fechas).

Miguel Thrasher Cortés, quien fuera integrante original de Massacre 68, comenta que el texto de marras se le envío para ser revisado y lo remitió con varias correcciones, mismas que ya no se le enviaron nuevamente; sin embargo, a juzgar por los resultados es evidente que no le hicieron caso. Dice: “Sobre todo hay frases que según dijo Aknez y nel, son de July o de Viruz; pero ya sabes, todo se lo achacan al vocal y les dije que no. Son muy elocuentes y Aknez no se expresa así, es de todos bien sabido, ¡jajajajaja!”.
Acierto, aunque insuficiente, es el encarte dedicado a las mujeres en el punk latinoamericano y la “Línea de tiempo punk en América Latina (1977-2002)”. También es destacable en diferentes momentos del texto la aparición de un código QR que envía a diferentes videos en YouTube para complementar la información.
Rafael Uzcátegui escribe en la introducción al libro: “Hay vacíos, sesgos, omisiones y subjetividades. Y para completar el relato, si quedaste inconforme por fuera de las instituciones y academias, sencillamente: hazlo tú mismo/a”.
Más que un desafío, ese “hazlo tú mismo” habla de la necesidad de escribir con el rigor necesario estas historias y de hacer justicia a quienes han forjado las escenas punketas latinoamericanas. Y si bien Mayoría equivocada es un avance, sí deja un sabor de inconformidad.