Hace un año, Real de Catorce celebró su cuadragésimo aniversario en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris; hoy, al cierre de 2023, José Cruz y compañía conmemoran un cumpleaños más con un concierto íntimo —sólo 150 asistentes— y organizado en cuatro formatos diferentes: dueto, trío, cuarteto y sexteto.

La sede fue una casa ubicada en el centro de Tlalpan y los escenarios una de las habitaciones de la misma y el jardín, algo nada novedoso pues José Cruz, en una de sus alocuciones, recordó que “en la década de los setenta un formato semejante era muy utilizado por algunos directores de teatro”; sin embargo, en los ámbitos del rock no es usual y hoy los fans, quienes se dividieron en dos grupos para atestiguar los primeros dos formatos, estuvieron tan cerca de los músicos, literalmente a ras de piso, que María Camargo atinadamente señaló: “Más cerca ni en el Alicia”.
La tarde la abren José Cruz (dobro, armónica) y Arturo Waldo (guitarra), quienes hincan el diente a composiciones como “Robert Johnson”, “Mi Mojo”, “Tu cama”, “Lydia lyalosha” —grabadas como Lucy Blues en el álbum Somos hijos del diablo (2016)—, “Halcón” y “Hikuri”. Cruz luce fuerte a pesar de su enfermedad. Sin duda le ayuda lo especial de la ocasión, aunado al pequeño espacio por sonorizar. Su voz suena si no potente, sí clara y muy emotiva y cuando se lleva la armónica a la boca, las notas extraídas se escuchan como si fueran bordadas a la vera del delta del Mississippi y los momentos en los que ambos tocan con slide son envolventes, cual delicadas caricias a los oídos que luego bajan y recorren la totalidad del ser, interna y externamente.
Los sets son cortos, pero intensos. Para el segundo, a Cruz se unen María Camargo (voz) y Francisco Velasco (teclados). Los temas elegidos son más emblemáticos. María lleva el blues en la sangre, su garganta añade calidez a la noche y Velasco, desde las blancas y negras, brinda mayor elegancia a canciones como “Mujer liviana”, “Anticuario”, “Niña virgen María”.
El colofón elegido es significativo, habla del impacto de Real de Catorce en la historia del rock mexicano y en particular de la poderosa comunión generada por sus letras rayanas en la poesía. “Al rojo de la tarde” conmueve no sólo porque ser un tema clásico, sino porque todos los asistentes, salvo alguna excepción, se unen a la voz de José para hacerle un resonante coro.

El tiempo entre sets transcurre apaciblemente. El ambiente es festivo y cuando se arriba a las dos últimas etapas del viaje, acompañan a José la guitarra de Waldo, Rodrigo Pratt (bajo) y Alán López (batería), alineación cuya intención es la de remitir a la formación del cuarteto que grabara los primeros discos de la agrupación.
En realidad, la transición al último formato de la noche que hace rato cayó se hace con suavidad, porque María Camargo y Francisco Velasco suben al escenario para ampliar el grupo a sexteto. “Tiempos oscuros”, “La venenosa”, “El lobo”, “Devoto amor” son algunas de las canciones que acomete el ahora sexteto. Sí, hay arreglos distintos, sí María Camargo le descarga responsabilidad a José en la parte vocal, pero ambos han elegido muy bien cuáles interpretar para realzar los temas y el grupo en su totalidad se escucha aceitado. Arturo Waldo brilla con sus solos, porque buena parte del sonido de Real de Catorce tiene en la guitarra un importante bastión, pero los demás no se quedan a la zaga y la conexión público-banda recuerda, magnifica, que no importan los cambios, tropiezos o sinsabores, Real de Catorce es una entidad cuya trascendencia resulta incuestionable y esto tiene su asiento en esas canciones de profundas letras, cuyo poder se ha revelado con el paso del tiempo.
Con frecuencia José Cruz agradece a sus feligreses, incluso bromea; en otras ocasiones es María Camargo quien da las gracias. A veces, desde el público se escuchan gritos de gratitud y éstos resuenan al interior de los presentes, porque más de uno sin duda ha recibido palabras de confort y aliento, en forma de canción, del líder de Real de Catorce.

Muchas lecciones ha impartido el “profesor” desde los escenarios, pero de unos años a la fecha, concretamente a partir de 2015, cuando se le diagnosticaron un par de enfermedades degenerativas, la conferencia magistral es de vida, no debe olvidarse —la mayoría de los presentes lo tiene anotado casi con sangre—, y él lo plasmó así en 2015 ante una desvencijada grabadora: “Si me siento mal, ofendido, decaído, canto el blues para levantarme. El blues es un canto de vida”.