I
Es un sábado como otros en Jazzorca.
En realidad, es un sábado especial en Jazzorca. Hoy, el saxofonista-pianista-compositor Germán Bringas presenta Paredes y desiertos (Jazzorca Records), su más reciente trabajo de estudio.

II
Sobre el escenario aparecen Luis “Chino” Ortega (contrabajo), Francisco Bringas (percusiones) y el propio Germán Bringas (saxofones, piano). Bringas se advierte visiblemente emocionado y esto se hace patente en aquellos momentos en los cuales se dirige a los asistentes para comentar acerca de la génesis del álbum –algunos de los tracks del mismo se usaron en el documental Muros, de Gregorio Rocha–, editado con la ayuda de varios de los amigos del lugar.
Se trata del primer trabajo en estudio de Germán Bringas en años, pues sus anteriores producciones fueron Free Jazz Women and Some Men (2015) y Non y Non 2 (2021), placas inscritas en la vena de la improvisación libre y el free jazz.
Tal vez por eso hoy flota una sensación de expectativa en el lugar. Se está acostumbrado al trabajo del saxofonista como improvisador, al grado de olvidarse que también es un compositor.
¿Cuál fue la razón que lo llevó a editar un CD de composiciones y no improvisaciones? Me comenta: “Porque es mi obra personal. Los diversos ensambles de improvisación, free jazz, etcétera, finalmente son obras colectivas y abarcan tanto (pues efectivamente damos muchos conciertos) que en momentos siento una fuerte necesidad de dar espacio a esa otra parte de mi trabajo. Obviamente ambas cosas me gustan y si tuviera los recursos produciría todo”.
Si producir todo fuera posible, estaríamos hablando de una de las discografías más prolíficas del jazz nacional.

III
Paredes y desiertos fue remasterizado por Luis Ortega, quien junto con Francisco Bringas, María José Alós, Rodrigo Ambriz y Clarisa Bringas (voces) y Eric Werkhoven (electrónica y voz), también participa en la grabación de los trece cortes que dan vida al álbum, una placa en la que hay ecos de folk (“Dos desiertos”, “En un camión platanero”), guiños e inflexiones de la música de Medio Oriente (“Arena”, “Sahara Free Jazz”, “Trayectos”), experimentación (“Púas”, “Vox populi”, “El otro inicio”, “Las niñas de la pared”) y un poco de fusión (“Fin del juego”).
No importa la dirección en la cual se dispare el disco, éste nunca llega al eclecticismo. En vez de ello, se trata de una serie de postales –sin duda una herencia de su destino cinematográfico original–, de diferentes estados de ánimo y paisajes dotados de energía e intensidad.
Si bien en directo los hermanos Bringas y Luis Ortega se apegan a las composiciones del registro discográfico, eso no impide deleitarse con la ejecución de cada uno de ellos. Germán lo mismo toma un par de saxofones a la vez que se sienta al piano. Ortega puede usar el arco o sus dedos, pero sabe acariciar su gran instrumento, hacerlo sonar potente en momentos para en otros descender hasta casi lo inaudible.
Tal vez porque sus apariciones en Jazzorca son raras, Francisco Bringas llama la atención por su instrumental: darbuka, tar, guitarra fretless –la cual hace sonar por momentos cual si se tratara de un sitar–, pero más por los sonidos que extrae de cada uno de ellos.

IV
Un invitado especial es Juan Pablo Villa, un cantante que creció en Jazzorca y cuyos pasos lo han llevado a nuevos escenarios. Germán Bringas y él abren el segundo set en un tête-à-tête. Uno con la voz, el otro con los alientos. Es un encuentro salvaje, primitivo, un grito-estertor-declamación-reclamo del cual sale fuego.
Más adelante los cuatro crearán pasajes intensos, algunos de una belleza sublime, como cuando Francisco Bringas usa su voz como si se tratara de un canto mongol y Juan Pablo le hace unas armonías sedosas, bajitas, pero muy emotivas y viceversa. Mientras tanto, Germán Bringas está en el piano y Luis Ortega marca el ritmo y dirige por debajo la embarcación. Son instantes de ensueño que, cuando los cuatro cruzan miradas, sabemos que habrán de romperse, porque esos ojos lo que buscan es ponerse de acuerdo para culminar en el momento preciso.
Esta vez habrá una o dos composiciones en las cuales eso no sucede, pero no importa en lo absoluto si alguno de ellos da una nota o dos de más, es la imperfección necesaria para hacer resaltar la noche, para imprimirle un toque humano extra. Porque, déjenme decirles –y quienes estuvieron allí lo corroborarán–: la jornada fue mágica.