La relación entre Makoto Kawabata —guitarrista y fundador de Acid Mothers Temple y otros proyectos desprendidos de éste— y México ya es larga. En 2015, luego de casi una década de no visitar nuestro país, arribó a Mérida y después a Ciudad de México, en donde ofreció un recital.
La ocasión, en sí ya significativa, se tornó aún más porque en esa visita Kawabata, mediante la intercesión de Luis Clériga, entró al estudio con varios músicos mexicanos, quienes en ese momento ya eran hábiles improvisadores, para grabar lo que recientemente ha sido editado bajo el nombre de Infinite Mirrors: The Lost Latin American Tapes, Vol I & II (Otono).
Una de las primeras grabaciones para el ahora disco se llevó a cabo cerca del metro Popotla, al lado de Javier Lara y Hernani Villaseñor, quienes —según cuenta Clériga— “estaban fascinados de poder echar un set electrónico con semejante leyenda de la guitarra, dónde él, además, si bien hacía uso de la distorsión, no era tan disonante, sino que tocaba una guitarra pequeña como si fuera una especie de violín psicodélico”.
“I”, el corte inaugural del álbum, es un trip por el espacio. Lara, Villaseñor y Makoto crean un tejido sonoro abstracto, pausado, cuyo despliegue se da de manera lenta y deriva en un ambient en el que la guitarra del último crea momentos impresionistas. Un ambient enigmático en el cual él pone el toque atmósferico y los electrónicos una pátina de misterio espacial. “II” es continuación de la anterior y suena como si fuera una anómala y descompuesta cajita de música traída del espacio y en la que a pesar de lo extraño se desprende encanto, en una especie de mini sinfonía cósmica a tres voces. Al llegar a “III”, el trayecto por el cosmos se intensifica, casi veinte minutos de exploración espacial: colisiones, planetas, meteoros que se desplazan a gran velocidad, mientras nosotros observamos el todo desde una nave espacial. Este todo cierra en “IV”, donde por momentos la abstracción se rompe para propiciar una musicalidad mecánica, robótica, maquinal.
La siguiente sesión fue en un auditorio de la Estela de Luz. “Hicimos muchas tomas y configuraciones —dice Clériga— con alrededor de ocho ensambles distintos. Los bateristas Gabriel Lauber y Martín López sonaban muy fuerte; los vocalistas Rodrigo Ambriz y Bárbara Lázara, quedaron como anillo al dedo en la bestialidad del noise japonés de Makoto, mientras las cuerdas a veces se perdían un poco en el microfoneo y a Alexander Bruck (viola) se le veía un poco incómodo con los aspectos técnicos, pero Natalia Pérez Turner se defendía con los sonidos extendidos e improvisados de su cello, logrando algunos de los momentos de mayor grosor de la sesión electroacústica”.

“V” es el primer corte y hay un cambio en el ensamble de acompañamiento de Kawabata. A la embarcación suben Natalia Pérez Turner, Gabriel Lauber y Rodrigo Ambriz. La guitarra de Makoto pasa a un primer plano en un rol totalmente desquiciado. Se incorporan la batería (muy contenida para ser Lauber), el cello (que juega con la distorsión) y la voz que se convierte en un instrumento y descuella con sus gritos en medio de una salvaje cacofonía.
En “VI” repiten Natalia Pérez Turner y Rodrigo Ambriz. Un chirriante sonido de la guitarra marca las primeras palabras de una conversación de cuerdas a la que se unen el cello (ardiente, dolorido) de Natalia Pérez Turner y la voz de Ambriz. Experimentación a tope en la que el condimento cósmico nuevamente lo aporta la guitarra del japonés, quien sin llegar a sus extensos debrayes, consigue botarnos de la tierra con sus sonidos. Es un largo corte que parece viajar más en el interior de la mente que por el cosmos.
“VII” es un dueto entre Rodrigo Ambriz y el guitarrista. Ambriz abre con su característico uso de la voz que va de los ruidos y farfulleos a los gritos, exclamaciones y palabras que nunca se profieren como tales. Makoto interviene con su guitarra, con un sonido sicodélico, ácido, que entra no en diálogo sino en franca batalla con Ambriz, quien no cede ante los embates del japonés, quien cada vez es más hiriente, más disonante, para luego convertirse todo en un juego de virtuosismo en el cual cada uno pone lo mejor de sí. Gran corte que cierra con un exabrupto de intensidad eléctrica.
“VIII” es otro dueto, esta vez con Gabriel Lauber, con un comienzo muy cauto por parte de ambos. Aquí hay un baterista que se une luego de que Makoto hace una intro de noise sicodélico y feedback experimental. Es una entrega de free cosmic improvisation en la cual el sonido de los tambores provoca un tremor en el suelo (lástima que en la mezcla se le escucha muy abajo). Aquí está un fragmento, un 75 por ciento del Makoto Kawabata clásico, el viajero del espacio, de la sicodelia, lisérgico, incontenible y desbocado.
Prosigue Luis Clériga con sus remembranzas de las sesiones que dieron nacimiento a este disco: “Recuerdo a Wilfrido Terrazas llegar y ofrecer dos o tres de los momentos más contundentes de todas las sesiones y ensambles, con sonidos que iban desde lo complejo a lo contemplativo, emanados con una precisión y ejecución impecables. Fue una sesión tan larga que Makoto Kawabata de pronto pestañeaba y se quedaba dormido entre sets, para luego despertar y tocar como si estuviera en completa sintonía con lo que estaba pasando”.

“IX” marca un cambio de ensamble y se hace con Wilfrido Terrazas, Alexander Bruck y Martín López. Aquí pasamos a los terrenos de la abstracción. Makoto por lo bajo, con un sonido que va tensando la situación, cual si fuese un drone; la flauta de Terrazas marca chispazos y la batería de López aparece como un fantasma que luego crece, como crece el tema en intensidad y se convierte en otro viaje por el cosmos, con esa flauta que por momentos genera unas reminiscencias ancestrales y guiños a lo prehispánico.
Para “X” se une Bárbara Lázara a Wilfrido Terrazas, Alexander Bruck y Martín López y aunque hay cambio de alineación, el corte se liga con el anterior. A la guitarra de Makoto se agrega Terrazas con su flauta, con atractivas intervenciones, lo mismo que López, quien ahora sí se deja ir con todo (aunque, insisto, la mezcla lo deja en un plano lejano) y Lázara, con esa voz que parece sintética, cual si fuera procesada con efectos de distorsión y que al final se explaya y nos pone al borde del asiento o nos crispa los nervios, lo que ocurra primero. Es un gran corte y Terrazas y Makoto aquí están en plan grande.
En “XI” encontramos a Natalia Pérez Turner, Wilfrido Terrazas y Bárbara Lázara. El tema anterior continua aquí por un instante, pero pronto cambia de tono a algo menos violento. Terrazas habla, Makoto se va al fondo para soltar golpes intempestivamente, unirse y volver a recular, a la espera del mejor momento para otro ataque. Cuando lo hace, los roles se invierten y regresa Terrazas. Otra vez, gran comunicación entre guitarrista y flautista.
Un ensamble más amplio es el que se da en “XII”, con Bárbara Lázara, Natalia Pérez Turner, Rodrigo Ambriz, Wilfrido Terrazas, Marín López y Alexander Bruck. Aquí Lázara encuentra un mejor entorno para desarrollarse y dejar claro por qué, ya entonces, era una de las voces a seguir de este país. Es otro de los grandes cortes de este álbum, con un tono experimental, desafiante y un Makoto Kawabata que para mí resulta desconcertante y revelador.
“XIII” es el último corte y el cierre corresponde a Bárbara Lázara, Natalia Pérez Turner, Alexander Bruck y Martín López. Otra vez es como una continuación del track anterior, pero aquí se desata el caos, una Babel de voces y sonidos que languidece poco a poco, conforme se acerca al final, como si fuera un fuego que finalmente se apaga o un sol que se consume.
Infinite Mirrors: The Lost Latin American Tapes, Vol I & II es una joya que finalmente ha salido a la luz. Muestra a un músico consagrado en el underground mundial en franco diálogo e interacción con una pléyade de sus colegas mexicanos, quienes en ese entonces dejaban de ser promesas para apuntar hacia otros terrenos. Hoy, esos nombres ya forman parte de nuestra vanguardia sonora. Hicieron válidos los pronósticos y este álbum doble también sirve como una radiografía de ello.