Las clases de historia por lo general suelen ser atractivas, más si quien las imparte ha sido partícipe de ella. Y lo son todavía más cuando de pie, expectante y ansioso, ves que el profesor a quien has visto muchas veces en imágenes y a quien posiblemente has contemplado un par de veces en directo, se para sobre el escenario con magnífica aura, elegantemente vestido, imponente, de una estatura inconmensurable y con aspecto muy saludable. No dice cosa alguna, no es necesario, simplemente habla o imaginas que lo hace: “Abran sus libros en la página 125 y déjenlos así”.
Con una voz que no aparece mellada por el tiempo, comienza algo semejante a una homilía. Te das cuenta de que desde las primeras palabras que surgen de su boca comienza a narrar la fundación, crecimiento y desarrollo de una época. A mi lado hay un colega con quien coincidentemente compartí el último concierto de los Rolling Stones en Ciudad de México y le pregunto: “¿Si el rock fuera una religión, cuál sería el representante de su Dios en la Tierra: Mick Jagger o Paul McCartney?”. Lo piensa un poco y finalmente se decanta por el segundo. Claro, el lugar común nos dice que Paul es la encarnación de la bondad, mientras Jagger encarna lo oscuro, lo diabólico.
Han sido fuerzas contrapuestas durante toda la vida y hemos seguido el juego, para percatarnos más tarde de que el sacerdote de los Stones alguna vez ha cantado canciones de los Beatles, pero Sir Paul nunca, con su grupo, interpretó alguna de sus Satánicas Majestades (aunque pone su bajo al servicio de “Bite my Head of”, en Hackney Diamonds, la última placa de éstos). Bien puedo estar equivocado…
¿Qué sigue después de que las luces se apagan, aunque sin llegar a la penumbra absoluta, y McCartney sale y enarbola con una mano su bajo, como si se tratara del cáliz sacerdotal? Comienza con “Can’t Buy Me Love” y a partir de ese momento cada tema, con excepción de los menos publicitados (“Here Today”, “New”, “Fuh You”), es como si encendiera un chispazo en la memoria de los asistentes: la primera vez que escuchaste a The Beatles, el roce de la mano con aquella chica que tanto te gustaba y a quien le regalaste una cinta con un Best of, tu primera francachela con los amigos, ese anhelo imposible por ver a los cuatro juntos porque cuando tuviste conciencia de su existencia, que no de su importancia, ya se habían separado, el surgimiento de Wings, sus trabajos en solitario, etcétera.

¿Cuándo? No importa precisar las fechas, ya lo dije. De hecho, muchos de los aquí presentes ni siquiera habían nacido cuando los de Liverpool comenzaron a ser historia. A mi lado está Erandi, creo que así se llamaba. No llega a la veintena, pero grita con desesperación, como si estuviera buscando un taxi en la Quinta Avenida en hora pico y canta, berrea o tararea, pero es imposible no contagiarse por su emoción. El papá, fascinado, ve cómo su hija aprendió la lección. Sí, su celular toma fotos a Paul y sus músicos, pero se concentra en ella. Te hace olvidar que estás frente a “Su Santidad”, quien además echa mano de trucos innecesarios en la chistera, porque ha rato que tiene al público en el bolsillo.

Cuando suena la sección de metales, los ves en la imagen de las pantallas laterales, pero no los ubicas sobre el escenario, porque la estructura bajo la cual están no se encuentra allí, sino a 50 metros, en un palco lateral, a la izquierda. Paul toca el bajo, pero también el ukulele (sólo él es capaz de dirigirse a 60 mil personas y conseguir su atención sin que aparezca una mínima distracción), la guitarra, el piano. Habla en inglés, también en español e igual podría hacerlo en latín sin que le pierdan atención. Es tan carismático y no sólo sabe decirte lo que deseas oír, más importante es cómo lo expresa y cada una de sus canciones te hechiza, canciones que suenan a himnos, a spirituals. Hay un momento en el cual no te queda decir más que: “No puedo más”. Entona una canción de los Quarrymen (“Es la primera canción que escribimos”, dice) y la liga con “Love Me Do” (“Entonces nos fuimos a Londres y conocimos a un señor llamado George Martin”). El libro está abierto, es una de las partes vivas, doradas, de la historia y te la está contando-cantando uno de sus artífices.

Las reacciones son diferentes y espontáneas. Hay cuerpos que recogen las notas de la canción y lloran, gritan, se cimbran; otros se llevan las manos al rostro o toman de la cintura o por los hombros a su pareja. Muchos chocan el vaso con el vecino, como si se desearan la paz.
Suenan “Let It Be”, “Live and Let Die” (con los infaltables fuegos artificiales y los metales a full) y “Hey Jude”. Crees que no puede haber mejor cierre, pero arranca el encore con “I’ve Got a Feelin’”, “Birthday”, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, “Helter Skelter” y “Carry That Weight”.
Es cerca de la medianoche, tres horas tocaron Paul McCartney y compañía (una agrupación muy amarrada, como era de esperarse). Abandonas el Foro Sol penosamente; no por el cansancio, sino porque la cantidad de gente impide avanzar a mayor velocidad. ¿Feliz, emocionado? Sí. Suena blasfemo decirlo, pero en realidad te sientes como si el Espíritu Santo acabara de ungirte.