Atravesé velozmente sobre mi bicicleta las calles más concurridas del centro histórico de Puebla. Era una tarde de sábado como cualquier otra, soleada, bulliciosa, colmada de turistas y familias alegres que paseaban distraídamente por las calles coloniales. No obstante mi apremio era grande, pues hacía horas que debía haber llegado al recinto La Embajada, donde se efectuaba el festival de grupos independientes denominado Angelus. El productor, multinstrumentista y cantante de rock sicodélico local, Gustavo Castellanos, tenía asignado principiar el festejo a las dos de la tarde, pero en mi reloj las manecillas ya marcaban casi las seis.
Antes de arribar al foro, descendí del vehículo y caminé ágilmente. A mi encuentro salieron los primeros concurrentes con facha de roqueros y comprendí rápidamente que el evento había arrancado fuera de la hora programada, cosa nada infrecuente. Entonces dispuse mis pasos para ingresar al viejo edificio cuando reparé en la patrulla policiaca estacionada sobre la transitada calle. En el quicio de la gran puerta de madera se asomaba un ceñudo uniformado envuelto en su equipo táctico. Al pasar junto a él, de inmediato sentí malestar. A su vez, el guardia hundió su inquisidora mirada en mi humanidad y la alargó hasta que las tenues penumbras del salón me cubrieron por completo.
Adentro la música retumbaba poderosamente, los asistentes deambulaban por todas partes y se percibía un ambiente jovial y cálido. Rápidamente empecé a reconocer muchos rostros familiares. Ahí estaban los chicos del Cassette Roto, quienes por lo visto tenían poco de haber tocado; asimismo, algunos integrantes de Yelou, Proyectil Mostaza, Almodo, Gato Lunar, Skills y demás proyectos poblanos. Más próximos al proscenio pude distinguir a la fotógrafa Lizz, el videojockey Strawberry Something, al encargado del audio C. Rotz y a los muchachos del equipo de comunicación denominado Así de compitas, entre varios más. Todos ellos convocados por Brandon, quien además de fungir como el cantante del grupo Paradoja, también era uno de los organizadores del evento y figura indispensable en la firma independiente El Diablito Records.
Luego de asegurar mi velocípedo, me topé con otro personaje insigne de la escena subterránea local y nuestro anfitrión por esa noche: Eleazar. A él le extendí un fuerte apretón de manos y lo mismo hice con otros dos camaradas que allí encontré casualmente, quienes aguardaban impacientemente el turno de los proyectos oaxaqueño y capitalino Palacio Infantil y Valgur.
Sin más dilación, me dirigí directamente al escenario y me ubiqué debajo de una de las bocinas, para atestiguar la actuación del dúo mexiquense de psychpunk Viaje del Héroe. El baterista Víctor Terrazas movía rítmicamente sus baquetas y aporreaba con vigor los platillos, en tanto su compañero, Erick Montalvo, arpegiaba en su guitarra Fender las notas de “¿Suficiente?”, canción extraída de su LP La naturaleza del caos (2019). Ambos sudaban profusamente y era evidente que los treinta minutos destinados a su set estaban cerca de concluir.
A esa propuesta le siguió la joven cuarteta local Rey Xolotl, la cual supo mantener el ánimo entre los presentes con sus composiciones imbuidas de rock, sicodelia y también un poco de cumbia. De entre todos los temas que interpretaron, se destacaron “Sobrevivientes del orbe” y su sencillo más reciente, “Ojo de agua”.
El concierto, hasta ese momento vibrante y eufórico, adquirió un matiz solemne y melancólico a causa de las lánguidas entonaciones del vocalista y guitarrista Daniel Espinoza, miembro de la tercia capitalina Sadfields, con su melodía “Atrás” (“Cortar las cuerdas a tu recuerdo una vez más / Sin poder regresar todo aquello que se va / Y a pesar de tanto aún / No te dejo atrás / Siempre permaneces tú / Y ya no puedo más”). A esa muestra sonora depresiva le continuaron otras similares como “Sofocar”, “De prisa” y “Desaparecer”.
Casi había olvidado por completo al uniformado, cuando nuevamente lo identifiqué mientras caminaba muy lentamente en medio de los asistentes, observándonos a detalle, seguramente en busca de alguien a quien echarle el guante, pero al no descubrir a nadie se retiró. Muy al contrario de otros tiempos, la mayoría de los asistentes a los conciertos de rock en Puebla suelen comportarse con probidad y rara vez se suscitan alborotos. Sin embargo, algo parecía ocurrir a las afueras de la sala.
Antes de que el grupo angelino Inerte terminara de colocar sus enseres en el proscenio, los organizadores del festival se miraban inquietos e iban y venían raudos por las instalaciones del edificio. A su vez, nuestro hospedero intentaba dialogar respetuosamente con el policía que nos vigilaba. De pronto, cerraron las puertas del recinto y sólo los músicos tenían permitido circular a sus anchas. ¿Acaso en la calle nos aguardaban las patrullas colmadas de policías? ¿Entrarían a la fuerza y nos revisarían uno por uno con sus perros detectores? Esas y más elucubraciones produjeron entre mis amigos risas nerviosas, pues hacía mucho tiempo que algo así no ocurría, al menos no sin motivos reales. Por si fuera poco, aún quedaban por presentarse varios proyectos.
Con todo, Inerte intentó recomponer la velada y arrancó su acto con estridentes improperios en contra de los supuestos invasores, pero al final únicamente pudieron interpretar dos piezas de su repertorio de rock alternativo, cuando un miembro del staff tomó el micrófono y anunció repentinamente que el festival cambiaría de sede. Teníamos que desalojar el salón lo antes posible. El mismo agente del comienzo fue el encargado de sacarnos por la puerta.
Para nuestra sorpresa, afuera ya no estaba estacionada ninguna patrulla y tampoco se divisaba otra novedad, salvo un par de policías en la acera contraria que dialogaban pacientemente con dos señores sumamente airados. Entonces, vino a mi memoria una charla que había tenido con Eleazar unos días atrás, con respecto a los constantes conflictos y molestias que sostenía con un vecino entrometido y prepotente, quien siempre intentaba estropearles los conciertos. Seguramente él estaba detrás del desorden.
Por fortuna, el nuevo establecimiento se encontraba a tan sólo una calle y media de distancia y nos echamos a andar tranquilamente hacia allá. Al lado de nosotros pasó el guitarrista y artista de performance Jacobo Valdivieso, quien acarreaba al igual que los otros músicos sus instrumentos y aparatos.
Ya en la estancia de El Venado y el Zanate, los presentes más tranquilos esperamos largamente a que montaran otra vez el equipo de audio y las luces. Infortunadamente, el tiempo destinado a Inerte se consumió durante la mudanza y era preciso abrirle espacio a la mexiquense Ilka Serna, voz del grupo de shoegaze y dream pop Te Vi en un Planetario. Muchos aplausos se escucharon cuando finalmente la dulce y aterciopelada voz de la joven jugueteó en el aire junto a las maniobras instrumentales de sus compañeros. Más de uno pensó que el concierto se cancelaría, pero felizmente nos hallábamos otra vez bailando y cantando composiciones de reciente cuño como “Luna”, “Reina de primavera”, “No quiero estar aquí”, entre otras.

Seguidamente fue el turno del trío Amparo Carmen Teresa Yolanda (ACTY), el cual nos regaló uno de los mejores shows de la noche con su poderosa avalancha de sonidos inmersos en el krautrock, la sicodelia y el noise. Bajo la conducción del guitarrista y cantante Iván Aguilar, la banda hidalguense lanzó al hilo numerosas piezas, entre ellas “Intraterrenos”, “El 10” y su más reciente sencillo: “Ataque de pánico” (“Ya me voy, no estoy, adiós miedo / Ya me voy, por fin lo decidí / Se acabó, lo siento me rendí / Ya me voy, no estoy, adiós a todos”).
Pasada la medianoche, Valdivieso caminó hacia el escenario ataviado con las ropas formales del personaje dipsómano que interpreta en su proyecto Palacio Infantil. Al instante, mis dos acompañantes saltaron de sus asientos y se acercaron a él para contemplarlo mejor. Miembros del staff colocaron al lado del excéntrico músico una mesa y encima de esta un plato con fideos, cubiertos y una anforita llena de un líquido transparente. Cuando todo estuvo listo, comenzó la imponente música electrónica con toques industriales. El chico afable y sereno que horas atrás saludamos afectuosamente, se había convertido en un ser ruin, decadente, acomplejado y de voz cavernosa que entre canción y canción (“Bebedor problema”, “Bajas compañías”, “Sano juicio”) se dio tiempo para comer, beber, tocar la guitarra, desvestirse parcialmente y lanzar monólogos insanos. Un espectáculo comparable al de otros personajes escatológicos como Silverio o El Muertho de Tijuana.

Sin embargo, la personalidad de Jacobo volvió a transformarse una vez más cuando se le unió en escena su hermana Elizabeth, en el dúo de synthpop que ambos conforman y al cual bautizaron como Valgur. El primero, ahora disfrazado con indumentarias eclesiásticas, se dispuso a manipular los artefactos electrónicos, en tanto la segunda, cubierta con un vestido blanco y largo similar al de una peregrina, se apropió del micrófono al que le dedicó suaves y brillantes cánticos. Los dos interpretaron melodías de su primer LP, Zapandú (2019), y otras tantas de su flamante álbum Armaggedon.
Concluida la participación de los hermanos Valdivieso, acompañé a mis camaradas a la salida para que abordaran el auto que los devolvería a su hogar. Eran las dos de la mañana y el cansancio nos agobiaba, pero antes de que partieran charlamos brevemente sobre lo ocurrido esa tarde y entre risas acordamos que pese a todo nos sentíamos satisfechos.

Luego de verlos alejarse, volví una última vez al recinto atraído por el trap y las fúricas vociferaciones de un joven de cabello muy corto, gafas gruesas y desdentado que bailaba espasmódicamente con el dorso al descubierto. Es Vanguardia, escuché que lo nombraron y agregaron que era oriundo de Venezuela. Para entonces quedábamos únicamente un puñado de testigos, incluyendo a la estoica fotógrafa y al videojockey, quienes llevaban más de doce horas en afanosa labor. Al final sólo pude discernir con atención su tema de despedida, “Posponk mexa” (“Supérenlo, no son los ochenta / Nostalgia de cosas que no viviste / Añorando lo que en Netflix viste / Me dices que el futuro ya no existe / Sólo porque tú ya te rendiste / Ignorando tu presente”.
Después de esa estrambótica actuación, me despedí de los organizadores, abordé mi bicicleta y crucé de regreso por las mismas calles que la tarde anterior, sólo que ahora desiertas y sombrías.