Una de las maldiciones de las redes sociales, entre otras, es la de ya no dejar cosa alguna a la imaginación. Depeche Mode llegó a Ciudad de México una vez más y aunque hubo al inicio una sensación de expectativa, también sabíamos lo que iba a suceder. El set list comenzó a circular desde hace meses y hoy Dave Gahan y Martin Gore, más sus acompañantes (Christian Eigner, batería; Peter Gordeno, sintetizador, bajo) lo siguieron casi al pie de la letra. Solamente lo rompieron en un momento para interpretar “A Question of Lust” (una canción que bastará para inmortalizar a Gore como compositor y cantante…, aunque no lo sea).

Entonces, ¿qué estábamos haciendo allí sesenta mil personas si ya sabíamos lo que habría de suceder?
Dave Gahan es elegante en su vestir, con los años no solamente ha ganado madurez, también reciedumbre y se ha convertido en el frontman idóneo que cualquier banda quisiera tener. Hoy comanda desde el escenario con la seguridad de quien sabe tener al público en el bolsillo con el menor gesto.
Sabemos que habrá un instante en el cual comenzará a mover las caderas, extenderá los brazos y hará múltiples giros. También que desde hace años Depeche Mode ha abandonado su filiación absolutamente electrónica para abrazar la guitarra y la batería con una devoción casi malsana para una banda nacida en el seno del synth pop.
Lo sabemos, pero no importa. Un concierto de un grupo legendario como este es más que una celebración o un acto de nostalgia: es refrendar la fe, volver a pactar los votos con ese “viejo” rock al que más de uno mata diariamente.

“My Cosmos Is Mine”, el corte abridor, es tenebroso en su comienzo (“No rain, no clouds / No pain, no shrouds / No final breaths / No senseless deaths”, canta el vocalista) y tal vez no sea la mejor manera de iniciar un concierto, pero es predecible y lógico. Hay un nuevo álbum y debe promoverse. Le sigue “Wagging Tongue”, también de la nueva placa, llamada a ser un clásico en el futuro, y “Ghost Again” posee toda la elegancia del pop manufacturado por ellos desde sus inicios.
Se agradece que Gahan y Gore no se ciñan totalmente al pasado y entreguen nuevos temas, pero como toda agrupación legendaria de colmillo retorcido, revientan la noche con “Walking on My Shoes”. Le siguen, entre otras, “It’s No Good”, “Precious”, “World in My Eyes”, “Stripped”. “A Pain That I’m Used to Me”, con sensual bajo de Gordeno y un groove casi funky de Eingert en la batería que saca chispas.

La ausencia de Andrew Fletcher pesa como una losa. Cuando toca el turno de “World in My Eyes” su imagen aparece en las pantallas y hay tristeza, pero si Memento Mori es una reflexión acerca de la fragilidad de la vida, la noche también es pretexto para valorarla (la frase latina de la que el grupo tomó inspiración para nombrar su reciente placa reza en su totalidad: memento mori, memento vivire. Recuerda que morirás, acuérdate de vivir). Y eso lo hace muy bien Depeche Mode desde hace mucho tiempo; poner sobre la mesa un tema, desarrollarlo y dejar implícito su reverso para una futura exploración.
¿Un show espléndido? Sí, era de esperarse. ¿Tecnificado? También, pero había una estamina única, una energía especial que irradiaba del escenario. Nuevos arreglos a temas emblemáticos, intros diferentes (“Everything Counts” es irreconocible en su primer minuto, “Just Can’t Get Enough” suena brevemente a batucada), pero sobre todo se privilegió el desarrollo orgánico de la música (“I Feel You” se escuchó poderosa, furiosamente rockera, como también lo fue “John the Revelator”), incluso Eigner hizo un solo de batería. Sí, ¡de batería!, leyeron bien y Gore, sin ser precisamente el guitarrista más diestro de la escena, logró algunos pasajes que en medio del todo rayaron en lo sublime.
Si tanto sabíamos, ¿para qué fuimos? Para atestiguar eso en directo y rendirle pleitesía a una agrupación que luego de 43 años –Depeche Mode ofreció su primer concierto el 14 de junio de 1980 en Basildon, su ciudad de origen– permanece vigente. Fuimos porque tal vez puede ser su última gira –Gahan y Gore han llegado ya al sexto piso– y fuimos también a reflexionar brevemente sobre la muerte; pero básicamente para celebrar la vida y el mejor momento para ello fue el mar de manos, en acompasado movimiento de derecha a izquierda y dirigido por Gahan en “Never Let Me Down Again” –muchos de los presentes no habían nacido cuando DM lanzó 101, el álbum en concierto grabado el 18 de junio de 1988 en el Rose Bowl, donde el cantante institucionalizara ese vaivén en el puente de la canción– y convertido en el ritual perfecto para cerrar la noche (aunque el verdadero colofón fue con “Personal Jesus”).

A eso fuimos 180 mil personas en tres días. A reafirmar la fe, a ser el complemento idóneo de un futuro documental, porque el público de Depeche Mode de este país genera una simbiosis única (“Enjoy de Silence” es un buen ejemplo) y eso, aunque se sepa todo lo demás, sólo puede existir en directo, cuando esas notas se cuelan por todo el cuerpo y vuelven el momento irrepetible.
A eso fuimos.
La canción que abre este tour es «My cosmos is mine», no ‘cosmic’.
¡Coincido total! Leer este artículo me puso piel chinita y me hizo sentir que estuve ahí, en ese concierto en el que, dolorosamente, no pude estar físicamente, pero sí estuve en alma, pensamiento, corazón y emoción. Gracias, ¡muchas!