“Una vez que la música empezaba, él te
hipnotizaba y hacía cosas que no podrías creer”.
—Sam Phillips acerca de Howlin’ Wolf.
Era un hombrón de casi dos metros de estatura, robusto, con cuello de toro embravecido. Poseía una voz parecida a vidrio roto arrastrado sobre asfalto caliente. Fue capaz, como ningún otro artista en este mundo, de expresar ira, soledad y lujuria, casi como una sola emoción, esgrimida como un puñetazo vocal dispuesto a golpear a su audiencia; pero fue, sobre todo, una presencia, la voz rotunda que tenía, en partes iguales, la bravura de un tenor y la amplitud del bajo en esa obscura ópera del Delta que expresa al mismo tiempo sufrimiento y alegría, como rostros gemelos de un solo impulso. Se definía a sí mismo como un hombre natural y sin embargo, los rasgos sobrehumanos que se le atribuían (y cuyas grabaciones sugieren que eran más que una leyenda) lo colocaban como alguien supernatural también.

Nombre de presidente
El inmortal del blues del que hablamos hoy nació el 10 de junio de 1910. en West Point, Mississippi, bajo el nombre de Chester Arthur Burnett y fue sin duda un personaje de mayor relevancia que el presidente estadounidense por el cual lo bautizaron así. No obstante, el mundo lo conoció como “Howlin’ Wolf”, el lobo que aulla, un apodo de batalla que nunca ha sido mejor aplicado para definir la pasión, la fuerza y la emoción que podía expresar en una canción.
La personalidad, la música y el aspecto de Burnett se forjaron en la dureza y brutalidad del sur rural de los Estados Unidos, en las ásperas aguas de Memphis, antes de que se mudara a Chicago. De su padre, un capataz de granja, aprendió cómo ser autoritario y la forma de llevarse bien con la dominante cultura blanca. Asistió a la Life Board Baptist Church y cantó en el coro. Su educación no avanzó mucho más allá que eso. Después de varios cambios de domicilio, en 1930 encontró en un desconocido (Nathan Scott) sus primeras clases de guitarra y empezó a tocar en las reuniones (breakdowns) sabatinas de la plantación. Una vez seguro de su ejecución, se aventuró a tocar en bailes en los que alternó con los jóvenes Elmore James y Muddy Waters.
Mientras Sonny Boy Williamson empezaba a cortejar a una de las her manas de Burnett, le enseñó los rudimentos de la armónica. Waters lo ayudó también, aunque años más tarde su compañerismo se convirtió en rivalidad. El joven Chester fue reclutado en 1941 y pasó cuatro años en la Armada del Noroeste del Pacífico. Después de la guerra, el cantante se fue al sur de Memphis para apostar por una carrera en la música y obtener un trabajo en una estación de radio como cantante ocasional y vendedor de publicidad. Esto le sirvió para empezar a grabar en la marca Chess, en la propia Memphis, con el apoyo de Sam Phillips (“Moanin’ at Midnight”, su primera canción clásica. fue grabada en esos días), hasta que en 1952, debido a problemas contractuales, esa relación se rompió.
Rumbo a Chicago
Howlin’ Wolf hizo contacto entonces con Hubert Sumlin, quien desde entonces comenzó a acompañarlo en la guitarra. Este personaje se volvería una figura prominente en las grabaciones del cantante en la siguiente década. Otros acompañantes fueron Willie Johnson, también en la guitarra, y el pianista Albert Williams. Sobre su asociación, Sumlin dijo alguna vez: “Escuché por primera vez a Wolf cuando tenía catorce años y no pude pensar en algo mejor que hacer en mi vida que tocar el blues con él. Me enganché en West Memphis y él me cuidó lo mejor que pudo”.
Una vez establecido su prestigio en el sur, Wolf se fue a Chicago. Vivió en un cuarto de la 4554 S. Greenwood, donde se quedaban muchos músicos y el lugar en el cual el armoniquista Henry Strong fue asesinado. En marzo de 1954, realizó su primera grabación en la ciudad de los vientos y a partir de ahí se inició una de las más brillantes carreras que una estrella tardía (45 años de edad) ha podido tener en los anales de la música contemporánea.
A sus cuarenta y tantos años, ya en Chicago, Wolf había conseguido desarrollar una exitosa carrera como artista de grabación. El Lobo ganaba tanto dinero que podía pasearse orgullosamente en un auto de cuatro mil dólares, sintiendo el delicioso bulto en su cartera. No obstante, era en sus presentaciones en concierto donde lograba dar el máximo. Tan impresionantes eran esas actuaciones que el empresario Leonard Chess se sintió avasallado al atestiguar uno de sus ultra agresivos conciertos; tanto que decidió capturar ese dechado de energía en un disco. Wolf no permitía que la atención se apartara de él: lo mismo aullaba las canciones que golpeaba los muros con los puños, aporreaba una guitarra o escalaba las cortinas de terciopelo de un teatro y todo esto dos décadas antes de que los roqueros intentaran hacer lo mismo. Pero esa agresividad no era tan sólo un truco escénico. Detrás del escenario, el cantante abofeteaba a sus acompañantes si no hacían bien su trabajo. Por ello, el Lobo cambiaba de guitarristas constantemente.
Un año fundamental
1956 fue un año muy importante por muchas razones: Elvis grabó su “Heartbreak Hotel” para la RCA, Frank Sinatra hizo lo propio con For Swinging Lovers y en Chicago Wolf dió a conocer “Smokestack Lightnin”. A éste tema le siguieron: “I Asked for Water (She Gave Me Gasoline)” y “Sitting On Top of the World”.
A principios de los sesenta, Willie Dixon, eminencia gris de la marca, fue asignado para componer temas que serían cantados por Muddy Waters (archirival de Wolf) y por el propio Lobo, quien había compuesto varias canciones que hubieron de esperar mejor oportunidad. Así, en un solo mes, mientras Howlin’ celebraba medio siglo de vida, se grabaron “Spoonful”, “Wang-Dang-Doodle”, “Back Door Man”, “Down in the Bottom”, “The Red Rooster” y “Goin’ Down Slow” y aunque el material posterior nunca poseyó la increíble grandeza de sus temas predecesores, aún estaban por venir “Three Hundred Pounds of Joy” y “Killing Floor”.
Más adelante, se hicieron intentos para “modernizar” al Lobo, de cara al rock de los sesenta (con la etiqueta de “blues ácido sicodélico”). Pero esos esfuerzos fallaron y fueron calificados por el cantante como “a bullshit”. En esa época, con el advenimiento del llamado blues progresivo, los Yardbirds. Manfred Mann, The Animals, Grateful Dead y otros se dieron cuenta de que nunca llegarían ni a un kilómetro del original, por lo que mejor decidieron hacer versiones personales de algunas composiciones del genio.
Otros artistas inspirados en Wolf fueron The Doors que grabaron “Back Door Man”, los Stones (“Little Red Rooster”), Cream (“Spoonful” y “Sitting On Top of the World”), Steppenwolf (“Howlin’ for My Darling”), Jimi Hendrix (“Killing Floor”), Little Feat (“How Many More Years”) y muchos más.
Se ha dicho que el Captain Beefheart, Tom Waits y, de una manera más lejana, Jim Morrison intentaron capturar la esencia de la entrega vocal de Wolf. Incluso existe un documento discográfico llamado The London Howlin’ Wolf Sessions, en el que Eric Clapton, Stevie Winwood, Bill Wyman, Charlie Watts y otros héroes del rock inglés acompañan al ídolo y aguantan sus regaños por no tocar como a él le gustaba.
El final de una leyenda
La última década en la vida de Howlin’ Wolf le trajo un reconocimiento basado en su leyenda y sus esporádicas y flamígeras actuaciones, cuando sus afecciones cardíacas y de los riñones se lo permitían. Incluso siguió activo hasta dos meses antes de su muerte. El 10 de enero de 1976, el aullido del lobo cesó para siempre y su nombre entró en el terreno de las historias épicas, para dejar un legado que hoy aún estremece y reclama un lugar entre los más grandes intérpretes de blues de todos los tiempos.