El desarrollo musical de Albania Juárez ha sido, en sus palabras, “muy orgánico: estar en los lugares correctos, con la gente correcta, en los sitios correctos y con la curiosidad correcta”.
Juárez estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, pero su visión romántica pronto se confrontó con la rigidez de la academia. La presión la hacía escaparse de clases, percatarse de las exploraciones de la voz en Artes Dramáticas y de la diferencia de métodos de enseñanza. Terminó la licenciatura, pero decidió encaminarse a las artes visuales.
Siempre había dibujado, pero habiendo nacido en una familia en la que la orientación hacia las artes era nula, las artes visuales ni siquiera eran una posibilidad. Obstinada, se escapaba a la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP), hizo su examen de admisión para La Esmeralda y descubrió un universo distinto, más libre y menos rígido que su antigua facultad. Fue un viaje de un extremo al otro y entonces profundizó en la pintura y el dibujo.
Su contacto con el mundo sonoro ya había comenzado antes, pero no había encontrado cómo desarrollarlo; sin embargo, entró en contacto con la literatura dadaísta (Hugo Ball, Tristán Tzara), el grupo de Fluxus en literatura, los beatniks. “Un día, por accidente, tuve la suerte de ver a Jean Michel Basquiat en una exposición en Bellas Artes. Él se inspiraba justamente en la música y podía ver en sus pinturas el free jazz del que siempre hablaba”. Era, aproximadamente, el año de 2009.
En su apertura al universo sonoro coinciden la amistad, la bohemia y un serrucho. Cuenta: “Fue, literal, por medio de una herramienta. En la carrera de Letras, juntándome con amigos locochones que también estaban en esta onda de los dadaístas e interesados por esta música rara, me presentaron a muchos músicos, nuevos géneros y en una peda nos pusimos a jugar con cualquier cosa que sonora y me dieron un serrucho. Se escuchaba súper bien”.
Esa “música rara” a la que hace referencia Albania Juárez es la escena conformada por el free jazz, la improvisación libre y la experimentación. “Cuando empecé a buscar esta música fue que me topé con el Jazzorca, ya sabes, el lugar de muchos. Allí encontré a músicos, gente que terminé admirando y eso me intimidaba y también, para ser honesta, era una escena predominantemente masculina. Hasta que empecé a ver mujeres tocando, no sólo una vez, dos, sino tocando y muy movidas, incluso ellas organizando. Entonces fue cuando pensé: ‘Tengo algo que decir’”.

Para Albania Juárez, el 2018 fue un año clave, el momento en el cual la actual efervescencia femenina en la música experimental –por reducirla a un membrete único– comenzó a gestarse. Dice: “Llevo muchos años de escucha de estas expresiones aquí en Ciudad de México. Incluso apenas estaba saliendo de la prepa cuando conocí Jazzorca y me quedaba afuera, porque no tenía varo y me sentaba a escuchar los conciertos como media hora para después salir corriendo a mi casa. Uno puede darse cuenta de los grandes cambios cuando empiezan a suceder en las pequeñas esferas y claro que te das cuenta cuando llega una chica y está tocando en medio de todos esos músicos hombres”.
Después de esa sesión, nacida de la serendipia en la que el violinista Carlos Alegre la alentó a improvisar, éste la invitó a una sesión de Radio Niágara. Fue allí donde trabó contacto con Alda Arita (guitarra) y Alina Maldonado (violín) y les propuso hacer un ensamble de chicas. Así surgió Montañas Rojas, grupo complementado por Loretta Ratto (bajo) y ella (serrucho, ukulele y objetos).
Albania, como la mayoría del mundo, vio pausada su vida con el arribo de la pandemia, pero antes ella y la cantante Paola Landa recibieron una invitación para tocar en Terraza Monstruo. Ambas decidieron llamar a Loretta Ratto, Teresa Arias (cello) y Melodie Michel (fagot). Entonces nació Mota de Polvo. “Nos pusimos a grabar. Cada una grababa algo y se lo pasaba a la otra y así. Fue una colaboración muy bonita y como salió muy bien, después hicimos un video muy casero y fue allí donde Sergio Sánchez (alias Ruido Horrible) nos escuchó y nos ofreció hacer un cassette”, dice nuestra entrevistada.
Mota de Polvo, la cinta (2021), es un breve trabajo que abre con “Conjuro” e inicia con el ruido de un trueno, seguido por un sonido de lluvia y en donde también encontramos susurros, cantos sacros, percusiones y sonidos electrónicos hasta ligarse con “Truenos, sismo y cuarentena”, composición cargada de una atmósfera espectral, dark ambient, muy tétrica.

“Solare”, por su parte, también es un paisaje oscuro, inquietante, perturbador, como la mayor parte de esta obra, aunque no llega a ser la banda sonora de un filme de terror. Va por otros rumbos, es como el canto de un alma triste, melancólica, un alma citadina –por algunos de los sampleos que allí se escuchan–, pero también hay un regusto a campo, a zona deshabitada, desolada, estéril. En “Tormenta blues” el serrucho funciona como un theremin, la voz recita un poema y las cuerdas del cello se combinan con las del ukelele, mientras que en “Afuera en el interior”, el corte final, una voz a capella abre y a ella se le unen otras (un coro que únicamente vocaliza). Efectos (ventisca), un fagot triste y apesadumbrado, más una voz metálica, cargan aún más el tema de amargura.
Para Albania, su proceso creativo ha sido paulatinamente liberador. Al dejar a un lado la tensión, comenzó a trabajar con su voz (“antes era demasiado tímida para usarla, porque hay que tener una vulnerabilidad que a mí me parece muy admirable”), se acercó a la tecnología y trabajó paisajes sonoros en los cuales se permitió volcar todos los elementos que a lo largo de su carrera ha reunido. “La grabación de campo es un acto, una relación en vivo que estableces con el espacio y el hábitat y en la que intervienen la técnica, la microfonía. El paisaje sonoro integra la grabación de campo, pero en el mismo interviene un poco más la voluntad del artista, por decir algo. Un paisaje sonoro tiene que ver con una construcción en el estudio, no con en el lugar”. (Como ejemplo, vean el video “Del silencio, tres voces de una milpa astral” que acompaña a esta nota).
¿Tiene género la improvisación? Albania Juárez es contundente en la respuesta: “Hay mucha diversidad en la música que se hace por mujeres y no es algo en lo cual se pueda identificar el género y tampoco creo que ese sea el objetivo. En cuanto al sonido, no es advertible si es de chicas o no, pero en el uso de la tecnología y los acercamientos a ella y los conceptos hay muchas cosas nuevas que forman parte del lenguaje de la improvisación y por ello existe mucha gente que ahora se acerca a ella. Creo que la comunidad de mujeres es muy abierta, hay mucha comunicación, mucha exploración con la escucha, mucho compartir”.
Con una vida profesional dividida actualmente en tres: Montañas Rojas, Mota de Polvo y Parvada (dueto a lado de Sergio Sánchez), para Albania el camino a seguir es abierto y apunta promisorio: “Desarrollarme en solitario es un objetivo personal. También sacar el álbum de Montañas Rojas que será autoeditado. Quiero seguir trabajando en mi arte, en el trabajo multidisciplinario y tengo que sacar mi propio disco, una serie de colaboraciones que he hecho con otras mujeres”.