Iraida Noriega luce sonriente. No es para menos: en unos días hará un concierto en el cual celebrará 35 años de trayectoria dentro del jazz. (“Si pienso que empecé a cantar con mi papá a los dieciséis años y ese fue mi primer trabajo y me pagaron, técnicamente es oficial”, me contó cuando cumplió 29 años como profesional). Nada fácil, especialmente en un país que suele desdeñar ya no a los jazzistas, sino a todos aquellos empecinados en salirse del cartabón.
A pesar de los preparativos que debe llevar a cabo, luce relajada, fresca y, como es habitual en ella, cordial. Desde nuestra última entrevista para estos “Acordes y desacordes” de nexos, recogida en el tomo Escritos en el tiempo, han pasado varias cosas, la principal de ellas la pandemia, acontecimiento que, entre otras cosas, dividió a la humanidad en optimistas vs. fatalistas.
Entonces ella hablaba de su encanto con las nuevas generaciones y una actitud que llamó renacentista por su tendencia a encarar diversas tareas al mismo tiempo y que, le comento a manera de disparo inicial, ha propiciado una fragmentación cuyos únicos beneficiados son los poderosos.
Si bien lo piensa un momento, en sus palabras se advierte seguridad: “Los poderosos se benefician sí o sí, porque así está diseñado el sistema y así ha sido desde la eternidad; sin embargo, la creatividad siempre nos beneficia como seres humanos y siento que el Renacimiento es un momento de mucha bonanza, arte, ciencia, intercambio ideológico. En ese sentido, la humanidad se beneficia de estar en este camino y ciertamente ahora, por como está diseñado todo, debes tener habilidades no nada más de músico, también de diseñador y saber mover un poco tu carrera. Hoy día, las carreras de música en las escuelas están diseñadas con una serie de cosas que antes no existían”.
Previo a esta entrevista, Fernando Vigueras, otro músico con experiencia, señaló que desconocía la pertinencia de las escuelas de música dado que hoy los jóvenes recurren a tutoriales en YouTube. Si bien él se refería a la música experimental y la improvisación, se lo comento a la compositora y su respuesta es contundente: “Coincido con Fer en el sentido de que la institución escuela como tal está dando de sí y no sólo en el ámbito de la música, comienza a ser ampliamente cuestionada por los mismos jóvenes, porque lo que sucede en ella está bastante alejado de la realidad. La escuela como institución ha dejado de ser lo que fue en el siglo pasado. Específicamente en las escuelas de música, mi sentir, siendo mamá de Nico que tiene 20 años y es un músico que estuvo en el DIM pero también es de formación autodidacta, es que a mí no me interesaría (ni a él) terminar una escuela para tener un papel, completar un ciclo y pensar que el papel te puede avalar cosas, porque en la música lo que puede avalar es qué tanto la rompes. Pero sí me parece importantísimo ir a una escuela, porque allí es donde se juntan otros iguales como tú, se da el intercambio ideológico y puedes tocar con otras personas, adquirir un sentido de comunidad y no sentirte aislado, porque me da la impresión de que la música ha caminado a un lugar donde los chavos están estudiando en tutoriales, todo lo hacen como en su casa y no están teniendo la experiencia de salir a tocar en vivo. Y la música, su propósito en esta vida, es ser compartida con otras personas, tanto al ser ejecutada como al escucharla y es en ese tenor que creo que esa parte la cubre la escuela”.
Además de ser una gran cantante, frecuentemente nombrada la mejor de jazz de este país, Iraida es una educadora, una persona que ha puesto saber y conocimiento al servicio de otras y otros que, como ella, sienten que a veces las palabras habladas son insuficientes para plasmar el sentir y es necesario convocar al canto.

No sólo sabe pararse sobre un escenario, también sabe encarar a un pequeño grupo de personas cuando imparte un taller. En ese entorno, le preguntamos acerca del momento más crítico que ha enfrentado. Dice: “No creo tener a la mano un momento crítico como tal, siento que cada vez que me paro frente a un grupo de personas, que voy a dar un taller, el momento crítico es el día previo antes de comenzar, porque en realidad no tengo una cátedra fija, porque la mía, muy desde la perspectiva jazzística, es que voy a ver qué grupo de personas están enfrente, voy a improvisar con ellos, a generar dinámicas y en función de los que están, tratar de poner en la mesa lo que se necesita. Habiendo dicho eso, nunca siento que ya la tengo ganada, siempre es como esta cosquilla de ver qué grupo de personas se junta mañana, qué disposición hay para ello y ojalá que tenga las palabras adecuadas para desatar algo que al final termine siendo un contagio y un deseo de querer cantar y hacer música”.
“¿Es una sensación similar a la enfrentada antes de un concierto, sobre todo uno tan especial como el que está en puerta?”, le pregunto y responde: “Grande o chiquito, no es que me ponga nerviosa, siento que es como abrir una puerta a un camino en donde hay mucha incertidumbre, mucho en juego, improvisación. Uno nunca sabe si la magia se va a dar o no; la invocamos, hacemos lo que tenemos que hacer a nivel físico y material, ponemos nuestro corazón y disposición para recibir esa magia, pero nunca está garantizada.
“Iraida, 35 años es una buena suma en la música, en cualquiera; sin embargo, en el jazz siempre ha sido ir a contracorriente. ¿Ha habido algún momento en el cual deseaste claudicar?”, inquiero.
“Sí, la pandemia fue un momento de tener esta sensación de cuestionamiento y de sentir cierto agotamiento, pero algo que ha sido importante para mí ha sido separar mi relación con la música de mi relación con intentar vivir de la música, son dos cosas distintas. Cuando yo regreso a la música separada de todo eso, me doy cuenta de que es algo que amo profundamente hacer, que me hace mucho bien. Cuando voy y canto, duermo más chido, el día que ensayo duermo mejor. De vivir de la música y de tratar de encontrar las formas, hay momentos en los que eso puede resultar cansado, pero en la pandemia algo que reflexioné es que lo cansado es cómo uno se sitúa ante la realidad de las cosas y ante la realidad cambiante, qué tanta resistencia uno puede generar. En mi caso fue qué tanto estoy tratando de alinearme con un sistema que plantea una dinámica de interacción que no me interesa necesariamente hacer. Mi lectura, desde un trabajo terapéutico más profundo, es finalmente: lo que nos duele lo hace porque lo estamos leyendo desde nuestra herida; es necesario ir a subsanar esa herida primaria y siento que el trabajo siempre ha regresado hacia ese lugar para poder estar con alegría y gozo ante un quehacer que siento que es como cuidar tu propia inocencia. Es deber de nosotros que no se nos vaya la alegría por la vida, quitarnos de encima lo que duele para caminar libres y seguir con ilusiones en la vida”.

De naturaleza ecléctica, la creatividad de la cantante no tiene contención: “En cada camino que emprende una siempre hay revelaciones, desde de qué otras maneras puede una cantar, de qué otras maneras puedes conseguir la música, te concibes a ti misma. Cada uno de estos caminos ha sido como poner una pieza del rompecabezas que responde a la pregunta de quién realmente soy y desde esa perspectiva ha súper valido la pena”, señala.
Desconocedora del significado de las fronteras entre géneros, eso la ha llevado a cruzarse con el hip hop, la poesía, a realizar junto con el guitarrista Alex Otaola una aplicación con un puzzle de combinaciones múltiples para crear música de manera “infinita” (asentada en el disco Infinito, Intolerancia) y obras ambiciosas como Luminosa —el álbum consta de un libro con poesía latinoamericana, pinturas de Lorena Aquino, composiciones de Iraida y Abraham Barrera grabadas con orquesta de cámara y septeto de jazz— que “abraza muchas cosas”.
Flores, lanzado el año pasado, es otro de esos trabajos que quitan el aliento. Se trata de un libro objeto de fotografías de Rafael Arriaga Zazueta que contiene un QR para ubicar cineminutos en youTube. “Para quien no conoce a Rafa –cuenta Iraida–, es un fotógrafo dedicado a fotografiar conciertos, específicamente del movimiento del free jazz, y tiene mucha foto de la ciudad, en un proyecto llamado Caminando ando, y registra imágenes de la urbe. Al llegar la pandemia, se encerró y se puso a fotografiar flores, algunas de ellas en proceso de marchitarse. Él y yo somos muy compas y cuando me mandó una foto, le escribí un verso. Fue un impulso que no sé de dónde vino y como en esa época también me agarró por el viaje visual, diseñístico, le hice una postal con la foto y la décima. Al otro día me mandó otra y para el tercer, cuarto día, me invitó a su jardín en Google Drive y me agarró en un viaje de 21 días en el que él enviaba una flor y yo le escribía algo. En el día 22, lo que fuera ese impulso se acabó, pero ya teníamos las postales. Le fuimos dando forma de libro y en pos de promover el proyecto, le propusimos a 21 músicos, de todas las generaciones y diversos géneros, hacer música, y cada uno hizo un cineminuto para su flor y eso es lo que está en el canal de YouTube, cada día una flor”.

Además de talentosa, la cantante es inquieta y ello se refleja en Canciones de agua y desierto, álbum que existe únicamente en formato digital y en el cual su espíritu lúdico sale también a flote. Dice: “Es otro de esos emprendimientos. Llevaba unos años tocando un ukulele, pero le cambié la afinación y allí estuve buscándole un acomodo y me puse a hacer música con mi hijo Nico, Juan Cristóbal y Monserrat (Revah). Es un ensamble más tirado al folk y al blues, no hay piano –que éste siempre ha sido para mí un punto de partida– y eso me ha puesto a estudiar un montón y a presentarme de otra manera. Al cabo de este año, ya puedo decir que me siento cómoda siendo esa persona y una vez que pase lo del Teatro de la Ciudad, tengo la inquietud de hacer un proyecto de duetos de bajo y voz, porque para mí ese instrumento siempre ha sido como una tierra y con el paso de los años hay muchos bajistas con los que he tocado y con los que me gustaría tocar. Probablemente hacer la grabación del audio, pero también la ejecución del video, muy en este espíritu que nos dejó la pandemia de hacer cosas íntimas”.
Para su presentación de aniversario, ella tiene preparado un repertorio con canciones conocidas, otras con nuevos arreglos, nuevas composiciones, “visitas a distintos momentos más apegado a una narrativa que tiene que ver no con la recepción de los 35 años de carrera, sino con los 52 de vida”.
La obligación de un adepto a la música sería conocer el nombre de Iraida Noriega, pero dado que eso es una utopía y afortunadamente siempre hay nuevos escuchas en el horizonte, le pregunto a la mexican diva –no porque la considere eso, sino porque en una compilación noventera a ella y otras cantantes se les mercadeó así– por una guía mínima de tres discos y si bien lo piensa un poco, comienza a enumerar: “Se acaba de subir a plataformas Viaje de mar, que salió en 2003 y eso me tiene revisitándolo y probablemente es uno de los que acercaría. Para mí es muy especial porque es donde se cruza la muerte de mi padre y el nacimiento de Nico y está cargado de cosas que son las que sostienen. Es como una enorme semilla de la cual han emanado otros discos. El disco de la Groovy, el de la estrella, (Iraida Noriega y la Groovy Band, 2013) y si nada más son tres me la pones difícil… Creo que el disco de la big band también sería importante, sería un reflejo de parte del trabajo, y el de Luminosa por todo lo que implica. Esos cuatro son como un bonito abanico de la totalidad de las cosas que he venido haciendo hasta ahora”.
Es hora del cierre, así que preguntamos a nuestra entrevistada qué le falta por hacer. “Tengo la inquietud de hacer cosas con ensamble de cámara y por allí ya toqué una puerta para poder estudiar eso y generar música con ensambles diversos que probablemente me lleve por caminos diferentes de los conocidos por mí. Tengo muchas ganas de estudiar animación, porque si bien empecé a hacerla en la pandemia, estaría bien adentrarme en ese mundo. La verdad es que quisiera tener más tiempo para estudiar más cosas”, concluye como empezó, sonriente y sempiternamente optimista.
Mundos: concierto de celebración lunar, de Iraida Noriega. Teatro de la Ciudad Esperanza Iris (Donceles 36, Centro Histórico), 19 de agosto, 19:00 hrs.