Llevaba un tiempo —inútilmente debo admitir— tratando de reunirme con los hermanos Adolfo (bajo y voz) y Ludwig (guitarra y voz) Ortíz Vázquez, fundadores y líderes del proyecto de blues y rock poblano-angelino Híkuri, hasta que afortunadamente pude encontrarlos y tener con ellos una charla telefónica.
Las razones para solicitarles una entrevista y escudriñar los entresijos de su trayectoria estaban bien justificadas, pues el grupo actualmente celebra veintidós años de existencia, con múltiples conciertos, y valía la pena hacer la evocación de su repertorio, compuesto por cuatro producciones discográficas lanzadas entre 2005 y 2020, vía el sello HRB Records.

Es poco sabido, pero en el caso de los hermanos Ortíz, la predilección y el ejercicio musical es una ocupación familiar que inició con sus padres y tíos (apellidados Ortíz Zapata), quienes en los años setenta conformaron en Puebla una popular agrupación de rock original llamada Los Zapata Hot Rats. Debido a ello, desde la infancia disfrutaron el sonido de los discos de acetato y conocieron el rock con grupos como The Rollling Stones, The Beatles, Led Zeppelin, Canned Heat, Savoy Brown, etcétera, para luego adentrarse hondamente en las sendas del blues.
Pero la dupla no encaminó inmediatamente sus pasos a este género, A mediados de los años noventa, había formado parte de Hoguera, un grupo de rock urbano, y no fue hasta 2001 que fundó Híkuri. Al respecto, Adolfo cuenta:
“Durante nuestros estudios universitarios, leímos el libro El venado azul, en el que su autor, Víctor Blanco Labra, narra sus experiencias en la peregrinación de los indígenas huicholes rumbo al Cerro del Quemado y menciona al hikuri (cacto alucinógeno mejor conocido como peyote), el cual representa a la deidad del venado azul. De ahí tomamos el nombre. Además, nosotros buscábamos un título que tuviera identidad y no fuera vulgar o se ajustara a la moda del momento; queríamos que contara con un significado de raíz y tradición”.

Bajo semejante inspiración no es de extrañar que la propuesta de los hermanos Ortíz, se decantara por una visión que, si bien está regida y sustentada por los acordes y compases del blues, al mismo tiempo intenta apartarse de sus connotaciones más depresivas y se enlaza fuertemente al colorido y la profundidad del folclor autóctono. Es decir, se trata de un blues mexicano. A todo lo dicho también se añaden sus fuertes convicciones de carácter social, las cuales muestran en sus letras al retratar las circunstancias de su entorno (“Creemos que un artista debe ser responsable con la sociedad y no ocultar lo que vive u observa”, sostiene el bajista).
En 2005 apareció Entre el rock y el blues, álbum debut constituido por un total de ocho canciones propias que denotan su transformación musical, cuenta Ludwig:
“Ese primer trabajo fue el cúmulo de algunas composiciones que ya traíamos con Hoguera y habían sido expuestas primeramente en los hoyos fonquis. Tal es el caso de ‘Negra ciudad’ y ‘Mota’, las cuales tienen tintes completamente urbanos, pero con base de blues. Cuando decidimos que la banda se fundamentaría en este último ritmo, fue básicamente porque las agrupaciones raíces del rock nacional (Three Souls in my Mind, Liran’ Roll, Banda Bostik, Tex Tex, etcétera), también se basan en los mismos estándares”.
Otros cortes destacados en dicha placa son “Drogavisión” y “Reforma”, ambos de índole social, lo mismo que “Besos de alcoba”, pero en el rubro sentimental. Finalmente encontramos “Híkuri”, tema un tanto extenso que exuda matices místicos en su letra: “Allá fui donde las flores crecen / Donde el sol renace cada día / Allá fui donde la luna cristaliza el tiempo / Donde el desierto es sal y la sal es vida / Allá fui donde el viento fluye / Donde los planetas caen en forma de hikuri”.
Noctámbulo (2009) es el título de su siguiente lanzamiento, el cual revela a lo largo de una decena de temas la evolución del grupo, principalmente en relación a las letras provocativas (“Hermano Che”, “Eres mi voz” y “¿Cuánto vales?) y sentimentales (“Amor añejo” y “Busco amor”) y a un sonido más ágil y depurado. Sobre este segundo aspecto, además de fusionar eficazmente el blues con otros sonidos como los del rock y por momentos la música tradicional mexicana (“Hijos de la madre tierra”), también se apoya en las destrezas de diversos colegas como el vihuelista Natse Rojas, el charanguista Alejandro Dávila, la cantante Margarita Velásquez y el armonicista Martín Pérez Páiz (estos dos últimos partícipes en la canción “No estás aquí”), entre otros.
En 2013 el grupo volvió a florecer, esta vez con el disco Vivir en ámbar que si bien llega a reproducir algunas pautas previamente exploradas en Noctámbulo, las refina y extiende a lo largo de sus doce cortes en los que intervienen nuevamente figuras del medio musical: los instrumentistas Nacho “Pata” (“Espurio blues”) e Isaac Ortíz (“Daño colateral) y las vocalistas Esmeralda Guillén (“Paz en la habitación”, “Ámbar” y “La despedida”) y Sara Muñoz de Cote (“Morir por ti”, “Ángel de luz”, “Pay de limón” y “Por un viejo amor”).
José Cruz (fundador y cabeza del grupo bluesero Real de Catorce) dedicó las siguientes palabras contenidas en el librillo del disco:
“Escuchar a ‘los híkuris’ y no dejarse atrapar por su música resulta un acto de negación sin sentido. Estos músicos abrevaron del blues folclórico de Norteamérica y lo transformaron en un blues pleno de sincretismo. Su blues es hispanoamericano, cantado en español con el entendimiento de que mediante el idioma propio reafirman su identidad”.
Finalmente, en 2020 editaron Blues en la lengua, álbum integrado por doce temas que debido a la pandemia sólo llegó a presentarse de manera virtual y que hoy día es promovido por la agrupación. En él se destacan piezas como “Novia del blues”, “No los olvidamos”, “Taza de café”, “Bluesman” o “El blues es vida”.
“El nombre del disco es un juego de palabras que significan tanto el blues que hacemos en idioma castellano, como aquel otro blues que cualquier persona canta y tiene físicamente entre los dientes o la garganta, con deseos de brotar. Es un trabajo basado en una alineación clásica (voz, armónica, bajo, batería y guitarras), para el cual buscamos un sonido compacto, crudo y rasposo, sin procesarlo demasiado, pero al mismo tiempo fino”, dice Adolfo y concluye Ludwig: “La placa también es un agradecimiento a nuestras influencias del blues mexicano, ya que conforme nos fuimos desarrollando en los diferentes festivales, foros, etcétera, igualmente conocimos o alternamos con muchas bandas que admirábamos y seguimos admirando, entre ellas Tex Tex, Vago, Guillermo Briseño, Nina Galindo, Betsy Pecannins, La Barranca y, por supuesto, el maestro José Cruz, de Real de Catorce”.
Al proyecto de los hermanos Ortíz se unió desde 2022 la baterista Eréndira Fernández. Juntos esparcen su blues en español por los distintos foros de la urbe poblano-angelina, al igual que desde su propio espacio cultural, mejor conocido como El Callejón del Blues. Híkuri rezuma entusiasmo y optimismo, su objetivo inmediato es recuperar el tiempo perdido y preparar nuevas composiciones.