“¿Por qué ir a ver a Kraftwerk?”, preguntaba a un amigo días antes de la presentación del cuarteto en el Pepsi Center. El cuestionamiento era meramente retórico. Sabía yo que debía estar allí, entre otras razones, porque la posibilidad de una nueva visita de la agrupación en el futuro se ve nebulosa. Además, existía la posibilidad de una sorpresa y ésta llegó en algunas imágenes proyectadas en el escenario y en ciertos arreglos a un repertorio que conforme pasan los años se torna más sólido, entrañable e irrepetible.
No podíamos esperar una palabra de Hütter ni la espontaneidad de movimiento de alguno de ellos, porque en el universo kraftwerkiano todo es perfecto: son la mejor representación del triunfo de las máquinas –aunque humanizadas. Lester Bangs, luego de la aparición del álbum Autobahn, decía que eso era más que un disco. Era, escribía para la revista Creem en 1975, “una acusación para todos aquellos que se resisten a la voluntad de hierro carente de sangre, una orden del ineludible amanecer de la Era de la Máquina”.

Cuando la noche arranca con una fuerte descarga de luces y un sonido prístino, de modulado volumen, me pregunto si estamos en un concierto de música electrónica o de rock de vanguardia y concluyo que ni uno ni lo otro. Una noche con Kraftwerk es asistir a una demostración de elevada cultura popular, si es que algo así existe, y resulta debatible, si consideramos que el trabajo de los teutones los ha llevado a visitar los principales museos del mundo para instalarlos en otro nicho.
No obstante, Hütter y compañía han resistido a la sacralización y aparentemente pueden moverse en ambos ámbitos sin propiciar discordancia y mientras las imágenes se suceden en la enorme pantalla central detrás de ellos —portadas de sus discos, videos, palabras que funcionan cual aforismos—, el peso de estas deja de ser icónico; se convierten en algo altamente referencial: símbolos. Símbolos, no simbólicas, son ya las portadas de la reedición de Radio-Activity, The Man Machine, Trans-Europe Express o de la reedición de Autobahn.
Su paseo por el presente-futuro-pasado es singular. Cuando interpretan “Tour de France”, “Trans-Europe Express”, “Autobahn”, “The Model”, especialmente las dos últimas, las imágenes son viejas —vamos, podrían actualizarlas con chasquear los dedos—, pero se mantienen inamovibles, inmutables, porque han dejado atrás su función primigenia para convertirse en sí mismas en Arte Pop.

La noche es también un acto de la secrecía. En las pantallas no se proyecta imagen alguna de ellos mientras tocan, no hay un close up que permita ver con claridad sus micrófonos de diadema o sus dedos al deslizarse por los iPads. ¿Cantan? ¿Tocan? Se han erradicado los cables, los monitores son inexistentes, la noche corre por un ámbito totalmente audiovisual en el que lo importante es señalar la diferencia entre un concierto de rock y esto que es… ¿un enorme playback que se desarrolla con la connivencia de nosotros, los asistentes?
La música corre en pistas, pero la voz se hace en directo y se aprovecha la acústica del lugar. Una noche con Kraftwerk es más un concierto-instalación. “Estamos manipulando a la audiencia”, confesaba Hütter en la entrevista a Bangs. “De eso se trata. Cuando tocas música electrónica, tienes el control de la imaginación de la gente que está en el lugar y puede llegar a un punto en el que es casi físico”.
https://www.youtube.com/watch?v=f6bEOAJtkCM
En esa entrevista con Schneider (q. e. p. d.) y Hütter, Bangs es sarcástico. Su gusto por un rock más apegado al canon le hace ver, ya no entender, con dificultad el paso que en 1974 dieron los alemanes. En su descargo, diremos que en ese año nadie podía prever que al final de la década esa música dominaría prácticamente el orbe y menos que cincuenta años después se mantendría vigente.

Apartada del krautrock por propia decisión, la música que construyeron Hütter y Schneider no sólo revolucionó al mundo, sino que ayudó a dar identidad a un sector de la juventud y reinició el ascenso de Alemania. Hay allí un argumento político. Decía Hütter a Bangs: “Somos el primer grupo en grabar en nuestro propio idioma, usar nuestro background electrónico y crear una identidad centroeuropea para nosotros mismos. Si ves a un grupo como Tangerine Dream, aunque son germanos, tienen un nombre en inglés, así que ellos crean sobre el escenario una identidad angloamericana que negamos completamente. Queremos que todo el mundo conozca nuestro bagaje. No podemos negar que somos de Alemania, porque la mentalidad germana, que es más avanzada, siempre será parte de nuestro comportamiento”. (Las imágenes del Volkswagen y del Mercedes Benz en “Autobahn” no son gratuitas o caducas, son argumentos contundentes de una Alemania tecnológica y económicamente pujante).
Hütter y Schneider nacieron en familias acomodadas, con fondos para sus experimentos (Karl Bartos dijo a Pascal Bussy en el libro Kraftwerk, Man, Machine and Music: “El equipo nunca fue un problema, comprar un nuevo sintetizador o lo que fuera. Lo bueno de ser rico es que te hace independiente”). Montar el Kling Klang Estudio les permitió revolucionar el sonido y una rama de la música del siglo XX y XXI ha crecido en buena medida bajo su influencia. Ambos, en su natal Düsseldorf, también aprendieron de la resistencia, de lo importante de una reconstrucción, de reescribirse y reinventarse. Estar con Kraftwerk casi dos horas en el Pepsi Center puede resumirse, más allá de los obvios calificativos de legendario, increíble, único, excepcional, despliegue tecnológico, etcétera, etcétera, como una obra del arte contemporáneo.
Hütter se lo dijo a Bussy hace treinta años en su libro: “Kraftwerk es permanente. La durabilidad es un concepto central en el arte. Nuestros sonidos y programas son inmortales”.