La siguiente entrevista con Saúl Hernández fue realizada por quien esto escribe en septiembre de 1996, cuando acababa de aparecer El equilibrio de los jaguares, primer disco de Jaguares, el flamante proyecto musical del entonces exlíder de Caifanes, Saúl Hernández. Se publicó originalmente en la revista La Mosca en la Pared núm. 10 , con fotos de Fernando Aceves, y a nuestro parecer puede revestir un gran interés para los muchos seguidores de la carrera de Hernández y/o de la historia del rock que se hace en México, sobre todo para saber cómo veía el músico el panorama del rock nacional en aquellos momentos y la manera como vislumbraba, hace 27 años, el futuro del mismo.
La suntuosa Hacienda de Tlalpan, con sus jardines y salones apabullantes, no parece marco apropiado para la música de una agrupación surgida de los bajos fondos del underground chilango, agrupación que ha tenido tres apelativos —Las Insólitas Imágenes de Aurora, Caifanes y, ahora, Jaguares— y un sólo denominador común: la voz y las composiciones de su líder, Saúl Hernández. A pesar de ello, la charla entre éste y La Mosca se desarrolla tranquila, en medio de una noche sin luna.

¿Cuánto se prolongó la ausencia?
Pues fueron más o menos diez meses, desde el último concierto de Caifanes, en San Luis Potosí. Después de esto, me aislé hasta que en Los Angeles dimos una entrevista para MTV.
¿Qué significa Jaguares? ¿Es algo así como un borrón y cuenta nueva?
Sí y no. Sí, porque termina un capítulo, pero el libro abre otro que es Jaguares. La forma cambió pero la esencia en cierto sentido es la misma: sigo componiendo, sigo cantando. Alfonso (André) sigue aportando todo lo que ha aportado. Entonces, desde ese punto de vista seguimos en lo que somos, llámese Caifanes o Jaguares. Sin embargo, desde otra perspectiva, Caifanes es una cosa y Jaguares otra. Por ejemplo, está la incorporación de José Manuel Aguilera que le da otra dimensión a la banda y nos empuja a los demás a hacer algo distinto. Lo mismo pasa con Federico Fong. Por lógica, el sonido cambia.
¿Entonces hablaríamos de cambio, evolución, continuidad o continuismo?
Básicamente de evolución. Aunque como te mencioné, existe también el cambio. Se da otra actitud, mucho más libre, para enfrentar la música. No hay territorios ni fronteras entre nosotros. Existe una propuesta de conjunto cuando arreglamos las canciones y todos aportamos parte de lo que somos. Eso se nota en el nuevo álbum. Cada disco es como una radiografía y éste es la radiografía de lo que está pasando con nosotros. “Voy a volar” es una pieza que se refiere a esas puertas que te vas abriendo, del atreverte a lanzarte al vacío a través de una de esas puertas y bucear en tu interior, descubrir nuevos corales y arrecifes. Esta canción refleja el grado de libertad que se vive en Jaguares, donde no existen tantos cuestionamientos de unos a otros.

Aún con todo ese trabajo de equipo, ¿es Jaguares un proyecto personal tuyo o se trata de una idea colectiva como quizá lo fueron Las Insólitas o Caifanes?
Es que Caifanes también fue al principio un proyecto personal. Yo empecé con la idea. Ya después se transformó en la banda, pero el eje siguió siendo la locura que yo iba planteando en el grupo. No desvalorizo el trabajo de nadie, ni de Diego (Herrera) ni de Sabo (Romo) ni de Alejandro (Marcovich) ni de Alfonso. Realmente hacíamos una labor de equipo. Aquí es lo mismo. Trato de verlo como un taller que en este momento compartimos José Manuel, Federico, Alfonso y yo. Es un taller con una gran apertura. Tanta que ahí está La Barranca que es un proyecto de José Manuel y Federico y que no va a desaparecer de ninguna manera.
Respecto a las canciones del disco, ¿qué tanta diferencia existe en ellas entre el momento en que las escribiste y el que las grabaste?
En varias hay una gran diferencia. Por ejemplo, José Manuel me preguntaba hacia dónde quería llevar yo tal o cual pieza y ahí empezábamos a darle una nueva fisonomía. Al momento de trabajar el material, cada quien comenzaba a aportar lo suyo. Tanto que algunas de ellas nada tienen que ver con la manera como las pensé originalmente. De hecho, quedaron muchísimo mejores. Lo que no se perdió fue el sentido, la esencia de cada canción.
Concebiste El equilibrio de los jaguares como un álbum conceptual o como una mera colección de canciones?
Es más bien conceptual, porque existe una idea que se refleja desde el título mismo del disco. Buscamos lograr justamente eso: un equilibrio. Hay como un cinturón que envuelve al álbum, con palomazos, mayores riesgos. Es un disco sin restricciones, libre, y en eso tiene mucho que ver Don Was, el productor. Gracias a él todo suena fresco, sencillo y bien. Don se volvió un aliado más que un productor. Le gustó mucho lo que traíamos y lo respetó. Las letras se le tradujeron para que pudiera compenetrarse más de nuestras ideas. Organizó todo de tal forma que el tiempo no existía y pudimos desarrollarnos plenamente. Was es un productor muy artístico que se preocupa más porque la canción no pierda su esencia a que suene perfectamente. Nos aventaba al terreno jazzero, nos hacía improvisar. Mucho del disco es improvisado, se incluyeron primeras tomas, etcétera. Aprendimos mucho de él durante los tres meses y medio que duró el trabajo.

Este recurrir a un productor extranjero, como hacen muchos otros grupos nacionales, ¿significa que no hay buenos productores mexicanos?
Lo que pasa es que si hacemos historia, los productores de discos de rock en México han sido las propias bandas. Ahí está el caso notable de El Tri que se sigue autoproduciendo. La verdad es que no existe el oficio de productor en México. Sin embargo, quizás en un futuro la carrera de productor pueda fructificar aquí, sobre todo entre los músicos que han trabajado con gente de fuera. Alejandro Marcovich, por ejemplo, ya produjo a Los Lagartos. Diego Herrera ha producido, Sabo Romo también. Y es que por la manera como se dio el rocanrol en nuestro país, tú tenías que ser no sólo tu propio productor sino tu propio manager, tu propio secre, todo: tú cargabas, tú cobrabas, no existía infraestructura. Fue como una escuela, un aprendizaje autodidacta.
¿Es Jaguares un proyecto a largo plazo?
Creo que sí. Pero lo que realmente importa es no dejar de tocar, no dejar de hacer lo que tú quieres hacer, llámese como se llame. Sé que me voy a morir en un escenario e igual me muero con los Jaguares que con, digamos, las Mantarrayas Amarillas.
En este tiempo que estuviste un tanto alejado del medio, ¿crees que el rock hecho en México cambió en algún sentido?
Creo que todo cambia aunque no nos damos cuenta. De lo que ha sucedido en este lapso está el álbum de La Lupita, que me parece un gran disco. Pienso que están haciendo un trabajo formidable, igual que Fobia. También me dio mucho gusto que La Maldita haya sacado su disco. Sin embargo, considero que hacen falta bandas nuevas. Sé que existen muchas, pero en demasiados casos se nota que están más preocupadas por lograr el estrellato que por mantener la tradición del rocanrol nacional. Tú puedes vender muchos discos, pero sin perder tu sentido contestatario. Creo que algunos grupos están cayendo en el espejismo de la fama, de la búsqueda de un gran contrato, de las exigencias tipo “si no me pones este P.A., no toco”, y ése es un error. Las cosas se tienen que ganar. Todos nosotros empezamos a tocar en la calle, sin nada. Nunca imaginamos tener siquiera un monitor, mucho menos un disco. Hoy las puertas están más abiertas, pero al mismo tiempo hay discos cuyas producciones no son lo que deberían ser. Eso desfavorece a las compañías, al público y a los mismos músicos. Se necesita romper con el paternalismo en el rock mexicano, que haya mayor madurez. Pero el hecho principal es que algo está sucediendo. Eso es lo importante.