Esta crónica musical tiene como hilo conductor la exploración de la ciudad de Durango, guiada por la curiosidad de saber si este lugar es, como canta Lázaro Cristobal Comala, un destino triste donde los suicidios son una constante. En el camino el lector encontrará una entrevista con este compositor en el Bar Belmont, una cobertura narrativa de su concierto en el Teatro Victoria y un recorrido por algunos rincones de la ciudad que son parte del universo lírico de Lázaro.
Por el boulevard Francisco Villa (“Cuando me vine de Puebla”)
“De Durango salieron Guadalupe Victoria, el primer presidente de México y también Pancho Villa; ahora que andes por acá lo vas a ver por toda la ciudad”. Así me dijo el conductor del taxi colectivo que va del aeropuerto a la capital de Durango. Los alacranes, el mezcal, la infraestructura colonial y los suicidios son algunos de los distintivos más populares de este lado de la república, un estado con aires del viejo oeste que mezcla lo mejor (¿y lo peor?) del centro y el norte del país.
El motivo que nos trae hasta acá lleva por nombre Lázaro Cristobal Comala, compositor que desmiente a Jaime López al cantar que no es cierto que nadie va a Durango. Quienes ya conocen a este músico duranguense saben que no requiere mucha introducción: sus letras son tan transparentes como su persona. Para quienes no lo conocen, les comento que se trata de un compositor de la estirpe de Johnny Cash, Bob Dylan, Nick Cave, Chavela Vargas y Tom Waits, asiduo lector de Roberto Bolaño, Fernando Pessoa, Jorge Luis Borges y Rosario Castellanos.
En junio de 2022, Lázaro partió el año en dos cuando publicó su más reciente álbum, Belmont, un disco doble de veinte canciones en el que plasmó las emociones e historias que lo habitan en una desgarradora crónica musical sobre un momento fundamental de su vida. Ahora, tras cuatro años de no tocar en su ciudad natal (y afirmar que lo quieren más afuera que en su propia ciudad), está por presentar este disco en formato de banda completa en el Teatro Victoria, un lugar que, se dice, es el más importantes de Durango.
Durango no es un estado que haga mucho ruido en el contexto nacional por atraer gran turismo. Al contrario, es más común escuchar a la gente preguntarse: “¿Qué hay en Durango? ¿Dónde queda”. En el camino a este lugar me invaden algunas reflexiones, pues Lázaro ha construido toda una mitología personal de su estado por medio de personajes y espacios que menciona en sus canciones: la Catedral, el Casablanca Hotel, el Café Madrid, el Paseo del Viejo Oeste y, por supuesto, el Bar Belmont, por no decir que los contenidos visuales de sus obras –portadas, videoclips, live-sessions– también aportan a la creación de una visión lazarina de la ciudad de Durango.
A partir de este campo semántico de tintes geográficos asoman algunas preguntas: ¿cuáles son el aura y los detalles que distinguen a esta ciudad y que forman parte de la inspiración de este compositor? ¿Qué tanto ha influido este lugar en la obra del autor? Y, sobre todo: ¿es este un estado tan triste, desolado y abandonado como afirma Lázaro en el subtexto de sus canciones o será que más bien la angustia, la melancolía y la soledad habitan dentro del compositor?
Este viaje es emocionante no sólo por responder éstas y otras preguntas en entrevista directa con Lázaro Cristobal, sino porque implica visitar el lugar donde se viven las historias que este músico nos comparte en sus canciones: uno se imagina que hay destinos y gente extraordinaria en este pueblo olvidado de Dios. Nosotros, claro, estábamos listos para comprobarlo.

Por la 20 de Noviembre (“Faisanes”)
27 grados marca el termostato. “No se ha sentido el frío todavía, ha estado calientito”, dice el chofer. “Tacos de barbacoa, de asada, al pastor”, comenta ya entrada la plática de las recomendaciones culinarias.
Por la carretera que te lleva al centro de Durango se divisan parcelas amarillas que seguramente en primavera resplandecen de verdor. Al aproximarnos a la mancha urbana, aparecen varias agencias automovilísticas, también muchos puestos de gorditas y se siente una vibra que me recuerda a mi natal Ensenada, muy de esas ciudades que conservan ciertos gestos de pueblo, con sus plazas, sus Walmart, hombres con sombreros en la terminal de autobuses, misceláneas y tiendas pequeñitas, hoteles viejos, canciones de José Alfredo Jiménez en la estación de La Lupe. El contraste me viene más bien de las colonias habitacionales hechas de calles angostas de un solo sentido. El cielo es sorprendente y las nubes parecen una pintura.
Caminando por las avenidas se siente el espíritu popular. La gente se ve sencilla. En el mercado Gómez Palacio hay lo que uno busca en todo tianguis: alacranes dentro de botellas de mezcal, llaveros de objetos referentes a Durango y comedores mexicanos con precios accesibles. Me detengo en el “Comedor La Popis y los Iguales” (iguales son los hijos de La Popis) y pido un caldo de pollo que sirven muy bien reportado con guarnición de arroz y abundantes tortillas de maíz: el platillo es increíble, sin mucha grasa pero sí mucho sabor.
De vuelta a las calles sigo observando cada rincón de la ciudad. El aspecto de los edificios es totalmente colonial. Las tiendas de curious, librerías, taquerías y demás están integradas a los edificios de otra época, como en muchas ciudades del centro de México. Por la cantidad de rosticerías diría que también les fascinan los pollos. La palabra “fascinar” me recuerda a “faisán” que en plural es una canción del Belmont que retoma la melodía y un sampler de “Monomanía”, tema grandioso de Nacho Vegas.
La tecnología hace lo suyo y esta canción empieza a reproducirse al retomar la calle 20 de noviembre, una de las principales de la ciudad. El match es perfecto, no sólo por las escenas que nos canta Lázaro y que pueden imaginarse manifestándose en estas calles (“salimos del Juan y fuimos al Belmont”), sino porque la misma melodía conecta bien con el bullicio urbano del centro. Los siguientes temas tendrán el mismo efecto de sincronía.
Avanzadas unas cuadras con los temas belmontianos de “Un Manhattan”, “Ciorán”, “Cristobal” y “Líbano”, llega la potencia acústica de “Te dije cilantro”, a mi parecer uno de los mejores temas de todo el nuevo álbum, mismo que empieza mientras atravieso el parque frente a catedral (aquí debió nacer el verso de “y este blunt que armaste frente a catedral”) y en medio de los adornos navideños y las familias tomándose fotos, empiezo a entender (o a creer entender) el rechazo de Lázaro a Dios y la iglesia, pues como la mayoría de los estados en el centro de la república, se respira un aire muy… como decirlo… muy guadalupano, muy de los santos, muy de que las culturas alternativas no son tan bien recibidas por estas bellas familias católicas.
Pienso esto porque en el breve trayecto que llevo a pie se han presentado ya unas cinco iglesias gigantescas y muy bien iluminadas, concordando con lo que había encontrado en internet sobre que Durango es un estado muy atractivo para el turismo religioso. Horas más tarde, al encontrarme con Lázaro en el Belmont para nuestra entrevista, comprenderé que este rechazo de “lo cristiano” posee un origen más familiar que citadino.

Por las puertas del Casablanca Hotel (“Quién te ha mandado a intentar ser feliz”)
Unas cuadras más enfrente de Catedral se presenta el Casablanca Hotel, un edificio que se mira viejo, gastado, pero que transmite esa sensación de tener mucha historia detrás. De estilo art-deco (un diseño que prendió mucho en Durango por allá de los años cincuenta), fundado por Don Eugenio Durán Vázquez, sus habitaciones alojaron en su momento a Lázaro Cristobal para la producción de su EP en concierto Cinco años con sed.
Dentro del lugar, a unos pasos de la puerta, hay una foto del hotel tomada en 1945. El edificio luce casi igual. Únicamente la pintura ha perdido algo de brillo. En otra pared hay retratos de artistas que se han hospedado en el Casablanca: Aleks Syntek, Gonzalo Vega, Damián Alcázar, Alfonso Arau (“para el Hotel Casablanca, tan bueno como la película”). Al fondo se oyen canciones navideñas estilo Sinatra.
Al leer un periódico del 2001 colgado en la pared del hotel, descubro que aquí fue donde se inventó el caldillo duranguense –uno de los platillos típicos de Durango–, por la cocinera María Ríos, además de ser el primer lugar de primera categoría que tuvo el estado, después del desaparecido Hotel Richelieu.
Estoy a punto de irme del hotel cuando la música de fondo se detiene y un detalle que me había pasado desapercibido se manifiesta: un señor de unos sesenta años se ha sentado en un piano al lado de las escaleras y empieza a tocar una armonía por la que va improvisando, hasta llegar a la melodía de “Blanca Navidad”, misma que interpreta con maestría y mucho sentimiento. Lleva guardados un par de lentes oscuros en uno de los bolsillos de su camiseta y una cajetilla de cigarros Pall Mall azules en el otro. Cuando me acerco a tomarle una foto, voltea y sonríe; después regresa a tocar con total atención las teclas de su piano, mismo que lleva tres años haciendo suyo. “Antes del señor Chavita estuvo el señor Rocha, quien tocó durante treinta años esas teclas, hasta que falleció”, me comparte la recepcionista. Pienso que en realidad así pasa con todos los instrumentos: van pasando de mano en mano, de corazón en corazón, viajando entre las almas del mundo, tal como lo hacen las canciones.
El señor Chavita empieza a tocar “Quizás, quizás, quizás”, mientras sigo leyendo la entrevista del periódico hecha a Panchito Durán Alba, nieto del fundador, quien comenta que el Hotel Casablanca también fue la sede de muchas noches bohemias. Empieza una versión melancólica de “Cuando calienta el sol” y decido que es momento de partir; ya mero toca encontrarse con Lázaro en el Belmont.

Por el bar Belmont. “Cioran”
“Esta tristeza camina y va a un bar…”, canta Lázaro en “Cioran”. Lo imagino caminando justo como hago en este momento por las calles de Durango, envuelto por una bruma espesa que hay dentro de su cabeza. Al llegar al Belmont, Lázaro está sentado con su soledad en una mesa junto a la pared. Lleva unas ojeras enormes y bebe una cerveza junto con su mezcal, todo de negro: camiseta, chamarra, pantalón y botas negras empolvadas. “Me la paso drogado todo el día… en cierto punto de embriaguez… es la única forma de soportar todo esto”, compartirá más adelante ya con la entrevista en marcha.
Aquí también habita un Chavita. Se trata del músico invidente que ha salido en varias de las canciones y videos de Cristóbal. Para la ocasión, toca una canción de los Cadetes de Linares. El Belmont tiene ese aire nostálgico y bohemio que uno siempre busca en las cantinas: hay fotos de personajes viejos en las paredes, una barra donde borrachos comparten historias y, claro, muchas botellas de licor.
Me siento con Lázaro y pido un mezcal. Empezamos a conversar sobre Roberto Bolaño, de su reciente presentación en Xalapa en el Serendipia Fest (donde también estuvieron grupos como Diles que no me maten), y de cierto documental biográfico que actualmente Carlos Sosa está preparando sobre su vida. Tras unos minutos de hablar de esto y aquello empezamos una entrevista que se prolongará por una hora y media. Pueden leerla completa aquí (https://musica.nexos.com.mx/2023/02/10/prendanle-fuego-a-lazaro-cristobal-comala-diseccionando-el-belmont-mezcal-a-mezcal/o).
Por el Teatro Victoria (“Te dije cilantro”)
8:05 p. m. del jueves 8 de diciembre. Llego al teatro justo a la hora precisa. El Teatro Victoria es sorprendente desde su entrada. Tiene esa arquitectura que dota a todo lo que ocurre en su interior con un aura de gloria y elegancia, muy ad hoc al concierto de hoy. En ambos lados del escenario hay columnas dóricas gigantes y los barandales y butacas te transportan a otra época.
Accedo al backstage justo cuando los músicos van entrando al escenario, acompañados por el equipo que está grabando el documental de Lázaro. Tomo un vaso de whisky que dejaron por ahí y me lo bebo de un trago mientras preparo mi cámara. La banda se abraza al centro del lugar. Se dicen lo que se tienen que decir, se van a sus puestos y se abren las cortinas para que empiece la función.
Lázaro nos sorprende iniciando con “Cuando te canses de mí”, una obra maestra de Nacho Vegas, ídolo de ídolos para quienes amamos las tormentas musicales (del vínculo de Lázaro con este compositor español también hablamos en la entrevista en el Belmont). La versión de Lázaro es precisa y preciosa. A su lado tiene tres vasos de whiskey, combustible para hígado y garganta.
Al concluir el primer tema, Lázaro deja la guitarra de lado y de inmediato arranca la experiencia Gin con Full Band, con ese sonido shoegaze y el coro poderoso que es inevitable no cantar. “¡Gracias por lo dado, por el gallo, el gin y este error de vivir sin ti!”. Termina y viene un “Gracias a todos por estar aquí, les voy a cantar unas canciones y pues nada, un abrazo”, dice Lázaro antes de arrancar el swing de “Cuando te hagan mierda”. El sonido del full band es impresionante, dota a Lázaro de un fondo increíble que lleva su música a otro nivel. Si a eso le agregamos las notas altas inesperadas del cantor en ciertas partes de la pieza, tenemos como resultado una experiencia folk-rock fantástica.
Cristóbal nos dice entonces que admira mucho a las personas que hacen canciones con buenas letras, pues logran plasmar lo que la gente siente de una manera extraordinaria y arranca “La inundación de 1905”, tema que cita a los grandes de la canción: desde Sixto Rodríguez hasta Nick Cave, pasando por Tom Waits, Roberto Carlos, Bob Dylan, Palito Ortega, Jorge Drexler y demás.
A esta canción le sigue un solo magnífico del guitarrista “Güero” y de ahí arrancan “Todas las aguas”, una dedicatoria a esa felicidad contradictoria que puede representar un amor terrible. Los gritos que hace la tecladista Gabi Garza en la parte del coro me hacen vibrar con intensidad.

“Vamos con una canción que nunca hemos tocado en Durango… Me da miedo jaja… Ahí les va, esto es ‘Un Manhattan’” y empieza una dedicatoria furiosa hacia una ciudad que se ama y se odia: “Estoy hecho de todo lo que mi padre no pudo lograr, de todo lo que mi madre nos juró que estuvo mal, estoy hecho de cristianos pendejos”.
Concluye el trago clásico sonorizado y Lázaro pasa a formato acústico. Como si estuviera aferrado a sorprendernos una y otra vez esta noche, el músico empieza a cantar un tema que mi generación entera conoce desde su infancia: “Por galaxias navegar, más allá del sol / En barco de plata, el sueño terminó / Y por fin ya comprendí / Quien soy y lo que hago aquí…”.
El homenaje tremendo a este tema de Toy Story hace entonces una transición que parece creada por Pixar, aterrizando en “Te dije cilantro”, con ese primer acorde que ya es tan clásico como la intro de “Cuando te canses de mí”. Se abre el paso a ese ritmo de vals con el que te dan ganas de llorar, mientras Lázaro grita: “¡Este año me voy a matar!”, haciendo un pequeño ajuste en la letra para sentir todo el dolor y dejar que caigan una o varias lágrimas, porque para eso es la música de Lázaro Cristóbal.
Acaba y se escucha el arpegio de “Estar sobrio”. Avanzados unos segundos, Lázaro detiene la armonía y con una sonrisa (la primera que le he visto por estos días) dice “por aquí está mi mamá” y retoma el tema con esa letra en la que canta sobre como su psiquiatra engulle su quincena y como éste cree vanamente que de aquí a abril le darán ganas de ser feliz, y, ¡bang!, corta la pieza de forma inesperada en un acorde y se va con el ritmo folk de “No me da la gana ser feliz”, una canción inspirada en la cantidad terrible de suicidios que ocurren en Durango.
Me salgo del backstage y me lanzo a las escaleras para tomar fotos desde un ángulo superior, justo cuando empieza “La sed (Nos volvimos laberintos)”, un himno para muchos seguidores del músico. Lázaro le imprime fuego a su interpretación y desde el público muchos nos subimos a la ola y empezamos a desgarrar la garganta en el coro que dice “y en mi vida esto ha ocurrido, nos volvimos laberintos. Porque te tengo, pero yo no a mí”.
Lázaro se nota en trance, le dan algunos espasmos a ratos, como si la emoción quisiera sobrepasarlo, pero la amarra, la domina; es justo lo que, en palabras de un amigo de Mexicali, este poeta maldito ha logrado en su nuevo álbum: domar y llevar a su máxima expresión las emociones de angustia y desdicha.
Minutos después, al interpretar “Reynaldo Arenas”, Lázaro se desgarra al gritar la parte final del tema: “¡Pienso lo mismo en ti, que en araaaaaar!”. Al concluir, el músico nos comenta: “Esta canción que sigue también viene en el nuevo álbum” y empiezan los arpegios de “Cuáanto abismo nos ha unido”, un relato huracanado cuyos versos son para fumarse un cigarro: “Hace cien gin & tonics que no estás / Haces bien en cogerte a alguien más / Fue un ciclón y varios ciclos de terror / Fue el mezcal que lo jodió para variar”.
Le sigue ese canto country en homenaje a Johnny Cash, mismo que cuenta la historia de un sujeto al que su padre lo bautizó como Sue. El público se sabe la letra completa y cuando llega el momento del encuentro del padre con el hijo dicen a coro: “¡Yo soy Sue, buenas tardes, vengo a matarte!” y letra por letra van acompañando a Lázaro en este relato cómico.
“Me siento muy contento de estar aquí… No iba a tocar ésta, pero como aquí está mi mamá, ahí les va… No sé bien dónde está porque no veo nada, pero sé que ahí anda”, dice el duranguense para introducir el folk de “Martha Huracán”, una pieza compuesta para su jefita. Se prenden las luces del lugar como para que Lázaro busque a su progenitora, pero momentos después él deja de tocar y dice: “¿Para qué las prendieron?”. La gente se ríe, da unas palabras de agradecimiento y retoma.
Llegada la segunda mitad de la canción mete un fragmento de “Quiero que sepas”, de los Cardenales de Nuevo León: “Quiero que sepas que yo reconozco que tuve la culpa al perder tus amores, quiero también escuchar de tus labios que si no hay cariño que no haya rencores” y de ahí se avienta sobre el último coro, en el que parece que va a romperse, se encierra sobre su guitarra y saca lo mejor de sí. Aparece un estruendoso aplauso del público y empieza una versión lenta de “Silo y pararrayos” que de nuevo es acompañada por el público: “Esto es igual que sufrir para después cantar”. Se siente un ambiente muy chido, como que los que estamos aquí sabemos a lo que vinimos: a escuchar y cantar estas historias nihilistas, suicidas, existenciales y reales.
“Esta canción no es mía… me hubiera gustado escribirla… Pero, bueno, ahí les va”, nos cuenta Lázaro antes de empezar a tocar “Estertor”, una composición increíble de Iván García, un lamento del vacío que se queda cuando llega el abandono: “Dejaste lo nuestro por la paz y a mí atrincherado en un rincón. Dejaste un libro a la mitad y a la mitad el cadáver de una flor”.

Lázaro concluye el cover conectándolo con “The Ballad of Bono Coronado”, otro himno lazariano, una oda a esas ganas de desaparecer cuando los ansiolíticos no bastan y los domingos duran demasiado y apenas el licor ayuda un poco a paliar el dolor; eso y unas rolas del Lázaro, para ir acompañando la soledad. Previo al coro, el músico sube la intensidad con que golpea su guitarra, como dando unos últimos latidos desde su corazón deshecho y de ahí todos a cantar lo que ya es un coro emblemático del músico: “¿Quién decide el derrumbe? / ¿Quién decide quien puede dormir y quien no? / Un domingo aburrido que huele a suicidio / Una oportunidad para no ser tú mismo”.
Recuerdo entonces lo que dijo una amiga que conocí anoche, sobre cómo tuvo depresión durante varios años y cada día pensaba en quitarse la vida. Luego de llevar tratamiento logró salir de ahí y desde entonces ha procurado no volver.
Los músicos entran de nuevo a escena y toman sus instrumentos. “Esta canción se la compuse a un güey que quiero mucho. Me hubiera gustado que estuviera aquí, pero de seguro andaría corriendo, gritando y eso; ahí les va”, comenta Lázaro para darle fuego al tema de “Cristobal”, escrito para su hijo. “Meteorito, tu padre no sabe bailar, / es un niño que sólo va a trabajar, / es muy frío vivir en un Durango sin Dios”.
Tras un par de risas tímidas, el duranguense dice “Esta canción que sigue se la compuse a la bandita de Durango”, a lo que la raza responde con aplausos, pero luego agrega “No, pero en mal plan, ja ja ja” y arranca el estruendo de “Préndanle fuego”: “Me quieren más afuera / que en mi propia ciudad”.
“Lo peor de mí”, otro tema clásico que el compositor grabó con el músico michoacano Walter Esaú, empieza a tronar con la banda acompañando y se disfruta a lo grande cantar ese primer y último verso: “Cuando al fin todo esto acabe / y te dé por hablar mal de mí…”.
“A ver si me sale ésta”, comparte antes de empezar a cantar en acústico el clásico de Elvis Presley “Can’t Help Falling in Love” y de ahí a darle con todo al rocanrol de “Faisanes” (tributo a “Monomanía” de Nacho Vegas), lo que me lleva a pensar lo grandioso de que para este concierto Lázaro haya integrado composiciones de tantos de sus autores predilectos. Casi como si leyera mi pensamiento, Lázaro concluye “Faisanes” tocando en acústico el principio de “Monomanía”: “Necesito andar… en movimiento…”.
El concierto está por concluir, pero no sin antes disfrutar de “Mira si no es un buen día para naufragar”, ese tema en dueto con Pablo Perro que me trae a la mente imágenes de un videoclip de un par de amantes sangrantes entre los árboles. El coro revienta con todo: “¡Y aaaaaahoraaa siento que estoy a deshoras / y aaaaaahoraaaa vivo para naufragar!”.
“¡Gracias a todos por venir!” cierra Lázaro, mientras los músicos se retiran y va de nuevo solo contra el mundo a cantarnos un último “Adiós, que abras más ventanas”. Mientras ocurre esto, pienso en Lázaro tomándose un mezcal en la mesa del Belmont, en el tramo que nos aventamos caminando por la noche fría a tomar el taxi en la 20 de noviembre, en los terribles momentos de mi vida en que esta voz ha estado a mi lado, en Lázaro sentado en la barra del Club Verde bebiéndose una cheve para calmar la ansiedad (“y si aun sigo en pié / es porque abrigo un poder no mío, me hice un laberinto y una sed / que nunca sacié…”), en las risas con los compas en El Pirata Bar, en un cigarro a medianoche acompañando el parpadeo de las luces de la ciudad, en un abrazo y otro y otro más y en la gente que llega y la gente que se va y en que al final la vida es esto: una canción de despedida, una voz rota que nos comparte un último canto.
Lázaro Cristóbal se despide, pero la gente clama por otra. Detrás del escenario dice a sus compas: “Sí, pero es que no sé cuál”. Le da un trago a su whisky y en el camino encuentra la respuesta: “Esta canción se la compuse a un hermano”, dice antes de iniciar “He visto demasiadas casas vacías en mi vida”, el canto más limpio de Belmont, también uno de los más crudos o, mejor dicho, la voz de un alma que “nunca de los nuncas fue feliz”.

Por el Paseo Constitución y el Café Madrid (“No me da la gana ser feliz”)
El centro histórico de Durango es increíble. En sus museos hay pinturas de creadoras jóvenes con gran dominio conceptual y técnico; en sus calles encuentras librerías con joyitas a precios increíbles; en sus esquinas ves mujeres saxofonistas tocando improvisaciones. Pasan tantas cosas en lugares como éste los viernes por la tarde: una banda de música sube a un autobús hacia Zacatecas, mientras un chico de once años le dice a su amigo: “Siete datos curiosos sobre Zacatecas: allí matan gente”; un hombre que vende elotes pide un encendedor y luego le regala un vaso a quien se lo prestó; un guitarrista trata de parar un taxi para llevar una bocina a quien sabe dónde; un par de señores viejos platican en una banca sobre alguien que les hace falta; un señor repleto de collares y tonayán lanza profecías; chicas con tatuajes en las piernas secretean algo al pasar frente a Catedral. ¡Es la vida manifestándose en su perpetuo caos!
Como bien me comentaron algunos de los nuevos amigos, el Café Madrid es un lugar muy curioso por el hecho de que no venden café sino cerveza. El lugar tiene pinturas muy buenas en sus muros, un escenario bastante alto, rayones punks y un letrero parpadeante de la cerveza Tecate. En el escenario, un músico solista empieza a tocar temas clásicos de los Beatles, The Who y de repente aparece “The Man Who Sold the World” en una versión impresionante por el parentesco de la voz que hace renacer la composición de David Bowie.
Pienso entonces en cómo Lázaro seguramente ha encontrado mucha inspiración en este bar que, ubicado en el centro del Paseo Constitución (una calle peatonal llena de vida y movimiento), permite sentir el pulso del centro de Durango. O quizás todo eso le viene valiendo madres y sólo le gusta venir a echarse un trago en soledad y pensar sus cosas: el suicidio, la muerte, su hijo, la música, la angustia, la nada.
Mientras bebo mi Corona y escucho al intérprete en el escenario, vuelvo a las reflexiones con las que inicié este viaje. Tras varios días de navegar por esta ciudad, de conocer a algunos de sus actores culturales, rincones gastronómicos, músicos, museos y demás, me voy con la impresión de que Durango es una ciudad tranquila, plana, en apariencia sencilla, pero en el fondo compleja y que contiene esa contradicción de ser un lugar en donde a la vez se puede tener mucho movimiento y mucha calma. Su ubicación geográfica la hace una ciudad “aislada”, pero al mismo interseccional, con varias entidades de la república alrededor. Punto para Lázaro cuando dice: “No es cierto que una ciudad se ha alejado de otra tanto…”.
La realidad es que mi experiencia como foráneo-turista hasta ahora, si bien efímera, ha sido muy grata. Siento como si se tratase de una ciudad que te recibe con los brazos abiertos, donde puedes caminar a las dos de la mañana por las calles del centro borrachísimo sin ningún problema, comer rico en cada esquina, echarte un par de mezcales a precios increíbles y escuchar bandas independientes en varios bares locales. Cotorreando con la gente, he escuchado todo tipo de historias; una que se me viene a la mente es la que me comentó una noche Samuel Herrera, sobre los rancheros que echan disparos al aire en las fiestas de quince años y bautizos.
En la entidad parece haber una creciente escena musical, festivales de cine y pueblitos en los alrededores para visitar (por ejemplo, Nombre de Dios). Y bueno, también se dice por ahí que el crecimiento de la ciudad proviene del financiamiento del narco, que hay mucha raza loca que le pega al criko, que la cultura buchona está cada vez más presente, que el gobierno no apoya como debería a la cultura y el arte, que esto y aquello.
Como muchas ciudades con muchas décadas detrás, Durango tiene la nostalgia integrada en varios lugares comunes como taxis, restaurantes, cantinas, parques y edificios viejos. También es verdad que es uno de los estados con mayor índice de suicidios. Tan sólo en 2022 fueron más de 140, lo que equivaldría a por lo menos 10 suicidios por mes, la mayoría de jóvenes entre los 18 y 29 años. Según Lázaro, esto tiene que ver con una grave crisis de salud mental entre las juventudes que desde temprana edad caen en vicios como el cristal.
Otro dato que ronda por el dicho popular es que el aislamiento no permite que entren tan fácilmente nuevas corrientes ideológicas, identidades y formas de ser, lo que mantiene una fuerte presencia de costumbres y estructuras conservadoras-tradicionales (por no decir cultos religiosos) que facilitan los abusos y represiones de todo tipo, abonando con ello a la crisis que atraviesan las juventudes. En fin, puede que las razones de tanto suicidio no las tengamos del todo claras, pero lo dicho por Lázaro Cristóbal en nuestra entrevista se sostiene: el entorno duranguense tiene a los suicidios como parte del ecosistema diario.
Traigo de vuelta las reflexiones con las que empecé esta crónica. ¿Qué tanto ha influido este lugar en la obra del autor? ¿Es este un estado tan triste, desolado y abandonado como Lázaro manifiesta o más bien la angustia, la melancolía y la soledad habitan dentro del compositor? La verdad es que me voy con más dudas que respuestas, pero igual me atrevo a dejar por escrito algunas ideas.
Lo que sí podemos notar es que Durango tiene varios aspectos que fácilmente le pueden dar la categoría de ser un estado triste, una entidad en donde se llegan a manifestar con gran profundidad los estados depresivos que llevan al suicidio. No obstante, también pienso que los sentimientos de soledad, aislamiento, melancolía, vacío y angustia existencial, tan presentes en la música de Lázaro, van más allá de este lugar y son más bien el resultado de la propia biografía del autor, sumado a un modus existencial que los compositores de folk desarrollan tras mirar tan frecuentemente en el abismo.

La influencia recíproca entre Lázaro y Durango es clara, es un escenario de aires western que los vinculan de inmediato con autores como Johnny Cash, un lugar donde el suicidio está igual de presente en las noticias diarias como en la vida del compositor.
Sin embargo, pienso que Lázaro pudo haber nacido en algún otro rincón de México y seguiría manteniendo la esencia melancólica de su música: de una u otra manera habría encontrado su Belmont, ese destino en el que las soledades se reúnen para beber y matar el tiempo. O quizás no, quizás de haber nacido en Mérida o en Los Cabos el autor nunca se habría enfrentado por tanto tiempo al abismo y ahora no tendríamos tan buenas canciones para hacernos compañía en el día a día.
A Daniel Azdar (el nombre real de Lázaro Cristóbal Comala) le tocó nacer y forjarse aquí, en el triste estado de Durango. Ahora, queriéndolo o no, su música es una excusa perfecta para que los foráneos visitemos su ciudad que, al menos vista desde fuera, resulta un lugar no tan triste sino lleno de vida, movimiento, fraternidad. Entiendo que “el pedo no es quien viene sino quienes vamos”, pero bueno, mi estimado Lázaro, por aquí andamos dando un último trago de mezcal en tu rancho, para confirmar que no es cierto que nadie va a Durango.
Posdata: Si usted quiere descubrir de primera mano cómo es Durango y formar su propia opinión al respecto, dese una vuelta cuando pueda por este bello estado mexicano; si no sabe por dónde empezar, empiece escuchando a Lázaro Cristobal.
PD2: Un agradecimiento especial a César Reséndiz, sin quien este trabajo no habría sido posible. Gracias por darnos la oportunidad de hacer periodismo musical de calidad.