Una noche con Pixies en el Metropólitan

Ciudad de México, mayo 18 de 2023. “¿Cuántas veces ha venido Pixies a México?”, me pregunta Mar, mientras las luces del Teatro Metropólitan se apagan. “Varias”, le respondo, y espero que mis palabras no hayan sido opacadas por la gritería que preludia la apertura de la noche, al tiempo que pienso que esta será la primera ocasión que vea a la agrupación de Boston en mi ciudad.

En realidad estoy aquí porque me topé con Doggerel, el octavo disco del cuarteto, y me sorprendió lo filoso de la mayoría de sus canciones; de allí fue fácil brincar a Beneath the Eyrie, menos poderoso a mi juicio, pero tan bueno como el primero.

Así que mis expectativas son altas y se corroboran en cuanto Black Francis, Paz Lenchantin, Joey Santiago y David Lovering empiezan a hacer de las suyas. Me gusta que dejan a un lado la obviedad y no se presentan; me encanta que durante la noche Francis se limita a cantar y no se dirige al público para nada. Cero zalamerías.

Tampoco extraño a Kim Deal porque su sitio está muy bien cubierto por Lenchantin, cuyo desempeño en el bajo no sólo es solvente; por momentos incluso me parece brillante el aporte de la estadunidense-argentina en las cuatro cuerdas y su voz en los coros es fundamental en el todo.

También me llama la atención la ausencia de espectacularidad de la banda. No hay alardes de virtuosismo, movimientos excesivos o un despliegue escénico abrumador. La apuesta es sencilla: dejar a la música desarrollarse y crecer y en ese sentido los cuatro dejan aflorar la experiencia.

El set list en sí es una muestra del arte de la conducción: nada de picos altos para luego entrar en una vertiginosa caída y arribar a un mar de sopor. No, el sello de la noche es el balance. Claro, están los clásicos infaltables (“Wave of Mutilation” —en una doble versión—, “Debaser”, “Monkey Gone to Heaven”, “Hey”, “Here Comes Your Man”) que se enlazan sedosamente con canciones menos sonadas pero igualmente sólidas (“Winterlong”, “Havalina” y “I’ve Been Tired”).

Ese paseo por lo que ellos consideran lo más representativo de su discografía viene acompañado de la sobriedad escénica y de producción, pero si allí “escatiman”, al momento de acometer sus instrumentos se prodigan. Francis no sólo luce en buena forma, su voz se escucha fresca, es potente cuando así lo demandan las canciones, pero también matiza lo necesario; Joey Santiago es atinado en la guitarra y emotivo cuando llegan los solos que no son abundantes, pero sí contundentes. Lenchantin, ya compenetrada con el grupo luego de casi una década de ser una integrante oficial, es generosa en las cuatro cuerdas. Lovering me impresiona: simplemente aporrea sus tambores con una furia inusitada y es esencial en esos momentos cuando lo que se exige es rapidez sin perder precisión.

Conforme avanza la noche, el cuarteto arrasa con la fuerza de un blockbuster que a cada paso deja algo de víscera, testosterona y sangre. Sí, hay muchas tablas de experiencia sobre el escenario, pero los cuatro no se han olvidado de la diversión que implica tocar para una audiencia masiva.

No hay palabras de ninguno de ellos al despedirse, apenas y agradecen agitando las manos; pero tampoco hay mucho que decir luego de una noche como esta. Únicamente relamerse, disfrutar, pegarse a los audífonos y escuchar alguno de esos tracks que no cupieron en el repertorio de esta noche.

No, lo mejor es callar, dejarse envolver por el silencio unos momentos y asimilar lo vivido.

Fotografía: Lulú Urdapilleta/cortesía OCESA
Fotografía: Lulú Urdapilleta/cortesía OCESA
Fotografía: Lulú Urdapilleta/cortesía OCESA
Fotografía: Lulú Urdapilleta/cortesía OCESA
Fotografía: Lulú Urdapilleta/cortesía OCESA
Fotografía: Lulú Urdapilleta/cortesía OCESA
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Publicado en: Crónica