En el umbral del presente siglo, existió una agrupación llamada Pomex cuya huella se reduce a la mención de su nombre. Carlos Bolívar, su guitarrista, emigró a Orfeo, grupo instrumental —con excepción de un periodo en el cual contaron con la colaboración de Ricardo Lassala— que en 2003 logró editar un álbum de “progresivo clavado, muy retro, pero con acercamientos al metal progresivo de esos tiempos”.
De 2004 a 2007, Bolívar formó parte de La Orquesta de Animales y luego, durante una década, militó en El Brujo, banda de stoner mezclada con sicodelia e improvisación. En 2008, produjo un álbum de un proyecto al cual tituló Canis Lupus en el que buscó “desarrollar las influencias de lo que había escuchado en ese momento, sobre todo las influencias aspiracionales: el primer rock progresivo, el engendrado entre 1968 y 1974 (Canterbury, krautrock, inglés, nórdico). La otra influencia aspiracional era el rock pesado clásico de los mismos años: Jimi Hendrix, Led Zeppelin, Black Sabbath, Cream”.
Luego de un par de álbumes, Canis Lupus evolucionó a Klochard, el más reciente proyecto de Bolívar, un nombre que “puede significar, por lo menos para mí, la renuncia, incapacidad o el abandono del individuo ante las exigencias de la sociedad. Normalmente, en una banda o proyecto musical se busca un nombre que evoque grandeza, miedo, respeto, algo sublime. En este caso, opté por lo opuesto. Es mi proyecto de rock, en el que tengo control absoluto. Disfruté muchos momentos con todas las bandas; sin embargo, nunca hubo trascendencia artística por falta de dirección, siempre choqué con algunos miembros de distintos proyectos por querer jugar a la democracia. Tal vez me compré la fantasía de la banda de rock de amigos, como los Beatles o los Stones, y en algunos momentos mágicos fue real esa pretensión, pero al final imperó la familia disfuncional y terminó en pesadilla. Ahora concibo mi rol como el de un director técnico de futbol o de cine. Puedo volver a jugar en equipo, pero este proyecto sólo se detendrá si yo lo decido”.

Mundus est domus (2021) es el debut de Klochard y lo inaugura “Rockadaemia”, tema instrumental, mezcla de rock ácido y stoner, mientras en “Organic Deceiver” encontramos otras influencias, principalmente el rock progresivo y la fusión; al mismo tiempo, es una composición menos agresiva, dulce por momentos, con una acústica que imprime ciertos toques flamencos. “Interdimensionality”, por su parte, también deja de lado la fuerza para forjar su atractivo a partir de esa progresión que si bien no mira a los setenta, sí la toma en su esencia al asentarse en la fusión con ciertos visos de electrónica muy ligeros.
En “Solar Flare”, este proyecto de un solo hombre sigue con sus coqueteos con el progresivo; aquí, mediante la incorporación de un teclado juguetón que recorre el track. Cuando llegamos a “Unrest” regresamos a la intensidad, sin por ello abandonar las aguas progresivas, y esto continuará en “Lignite Harvest” y en “Weed Gardening”, con la guitarra a medio tiempo y un tono íntimo, soñador, que transporta al espacio.
“Stoneretto 666 D moll” nos regresa a la rapidez, pero cuando entra la guitarra arribamos al ámbito de la delicadeza, de la necesidad de tejer un espacio melódico más amplio, una alfombra que nos eleva y lleva a otros páramos. “Switch Off” despide el álbum y aquí la guitarra acústica y las percusiones se confabulan para crear un tema con resabios orientales: exotismo, desierto, calor.
Un año después, Klochard hizo llegar Rock and Roll Pariah que abre con “Introduction”, un corte épico, cual si fueran los créditos de un filme que comienza a desarrollarse en “Soccer Imperial Inclusion Is the Winning Formula”, corte en el cual, nuevamente, la inclinación es hacia la fusión. Es un tema signado por un constante movimiento, gracias a los cambios de tiempo y a la intensa e incontenible guitarra que lleva el timón con seguridad. De hecho es una tendencia que continuará en “Futility?”, para luego entrar en una parte un poco más agresiva en “Nihilism?”. Sí, es stoner, sicodelia perlada de sonidos progresivos.
“Roots” va por la línea de lo hindú mezclado con el flamenco. “Sad Song 2”, aunque dura, ciertamente lleva una carga de dolor y tristeza, como si la guitarra se lamentara en diferentes tonos. “Southern Northern Burger” se mueve en ese tenor de un rock con pizcas de sonidos sureños y en ella Bolívar se permite mostrar dotes de virtuosismo en su instrumento. “Unalome” es un ataque despiadado de sicodelia con guitarras multiplcadas, un ejército que hace el tránsito más agradable, a pesar de que éste se hace por una avenida con clavos. “Playing Soil” es un poco más suave, melódica, pero no pierde intensidad y el cierre es con “Rock Guru”, otro corte en el que lo oriental se da cita y se mezcla con un tono épico.

Además de Klochard (“solo yo por el momento; en vivo, por lo menos será un trío”), Bolívar cuenta con Fulcanelli, al que ha caracterizado como “un proyecto de exploración sonora electroacústica, música de laboratorio primitivo con instrumentos actuales”. El guitarrista tomó el nombre del alquimista del siglo XX. Nos cuenta: “En ese tiempo estaba leyendo Las moradas filosofales y me encantó la idea de jugar con los sonidos, aunque sea de manera fantasiosa, para acceder a otros estados mentales. Me gusta la idea del alquimista como un personaje comprometido con una búsqueda de la verdad oculta. Estoy muy, muy lejos, pero dicen que un camino de mil leguas comienza bajo tus pies. Creo que más allá de las estructuras y lenguajes musicales conocidos, hay un espacio oculto al que podemos acceder por medio de la manipulación del sonido. Es obvio que el arte tiene esa función y muchos artistas han tomado ese camino. En este proyecto decidí jugar en ese sentido. Tal vez me sea posible acceder a lugares profundos de la mente (mi mente en primer lugar), tal vez sea posible comunicarse con el sonido como se comunica la naturaleza: sonidos de parvadas, enjambres, terremotos, el mar, el viento, las estrellas, etcétera. Simplemente en el terreno de la intuición, practico la sugestión de que la música puede ser mágica, como lo fue para muchas culturas antiguas”.
Fulcanelli debutó con Dissociation Process (2022), una placa que abre con “Morte arabesque”, drone creado con la guitarra, una bola de fuego lanzada al espacio y que llega a “A” que es eso, como el ingreso al espacio, marcado por extraños ruidos, señales codificadas, bleeps; un viaje que se vuelve más intenso en “B” que va en constante crescendo para después descender un poco, aunque volverá a subir la intensidad en la siguiente acometida sonora y así continuamente, si bien hay una parte donde la “máquina” pierde un poco de gas y lo recupera lentamente. “C” prácticamente se liga con la anterior, aunque aquí el pulso es maquinal, cual si se tratara de un reloj irritante que marcara el tiempo con campanadas continuas. Hay variaciones: en el espacio, en la intensidad, pero resulta difícil advertirlas.
El álbum prosigue con “D” y aquí la guitarra traza un paisaje onírico-cósmico, un espacio para fomentar y alimentar las historias de Lovecraft y sus engendros, el espacio que le tiende la mano a la oscuridad y ésta invita a los seres primigenios a salir. “E” nos adentra aún más en el espacio, en sus “burbujas” y misterios y “F” retoma el drone (cual si fuera una gaita), un silbido prolongado, hiriente luego de un primer momento y que además se extiende, para un poco y retoma aire para regresar, eso sí, con una ligera variación. “G”, como “F”, también es largo, no hay muchos cambios en la estructura aunque sí en la narración; aquí, el scratch ayuda a imprimir una pátina de antigüedad y la música le añade misterio, es un corte minimalista, en el que las cosas pasan a lenta velocidad en una vena más cercana a un dark ambient “light”, digamoslo así (de lo mejor del álbum). El “ciclo” alfabético lo cierra “H” que es como la salida nuevamente al espacio exterior.
“Stock Manipulation” es una manipulación electrónica, cual si se trabajara con un modulador de frecuencias y se jugara con ellas; “No Name 1” es reposada, la salida del viaje, más ambient en una vena old school a la Brian Eno, como música de amueblamiento y algo de electrónica temprana con pizcas de experimentación. “No Name 2” es con la guitarra exclusivamente y recuerda a Durutti Column, aunque a mayor velocidad.
Acerca de Fulcanelli dice Bolívar: “En este proyecto la libertad creativa busca ser mayor (o diferente) a la de mis proyectos de rock. La comunicación está basada únicamente en el desarrollo sonoro, no hay estructuras o contenido lingüístico musical. En los otros proyectos, la estructura, el contenido armónico y melódico son fundamentales, Fulcanelli busca ser complementario. ¿Por qué sólo guitarra y efectos? Llevo 23 años tocando. Después de tanto estudio alrededor del instrumento, pienso que es más factible deconstruir el lenguaje desarrollado para encontrar nuevas rutas expresivas. Quiero saber hasta dónde puedo explorar el sonido de la guitarra eléctrica y sus elementos periféricos en directo”.

Como Klochard, el guitarrista espera lanzar un nuevo álbum este año, pero también busca crear un combo que le permita llevar a cabo presentaciones. “Artísticamente, me tardé en salir de la pandemia. Me benefició en el aspecto creativo, pero ahora extraño la interacción en vivo. Tal vez la única justificación para hacer música ahora, sea la convivencia en vivo”, dice.
Si bien Bolívar se mueve con soltura en las aguas del stoner y la sicodelia y lo hace igual en las junturas de la fusión y el progresivo, también le gusta internarse en otros territorios, algunos de ellos incluso antípodas de lo que actualmente hace. “Tengo otro proyecto electro tropi hard rock que está detenido por condiciones técnicas, pero espero rearticularlo en la segunda mitad del año. Otro está encaminado a la meditación o la curación por medio de la música. A diferencia de Fulcanelli que puede tener momentos malviajantes, acá el enfoque es totalmente a la curación de la mente. Mi mujer y yo estamos preparando un proyecto de cuentos musicalizados para niños. Finalmente, a partir de algunos trabajos que me han encargado, he comenzado un proyecto de música latinoamericana para dos guitarras”, concluye.
¡Muchas felicidades, Carlos! Un fuerte abrazo.