Alex Eisenring se pone de pie y va a la parte de atrás de la habitación en donde un librero lo espera. Mientras, recorro con la mirada ese otro librero en el que se encuentran alineados sus trabajos recientes como productor. Obras de Decibel obviamente y otras menos publicitadas: Bardo Thodol, Nucaraquet, Katmandhu Ensemble, Novaexpress. Cuando regresa, me tiende cinco notas de color amarillo y en una de ellas, coincidentemente, aparece la misma fecha en la cual se lleva a cabo este encuentro: 22 de abril.
Fue hace cuarenta años que él —con el alias de Alex Ice & Drinks— más Synthia Napalm y Bernardo Dix-Fraz comenzaron la grabación de No me puedo controlar, el que a la postre fue el primer y único álbum de Syntoma. Hacer el elepé, como entonces se llamaba también a los viniles, costó 64 mil 450 pesos y se tomó cinco sesiones grabarlo en RAC Estudios (22, 23 y 26 de abril; 4 y 10 de mayo de 1983). En total fueron 32 horas y media de grabación las que les llevó plasmar los doce temas que conforman el disco.
El grupo había grabado un par de años antes un EP de tres tracks conocido como Heloderma, el cual salió a la venta en 1982. Cuenta Eisenring: “Eso tiene que ver con la dificultad que en aquel tiempo había para hacer esas cosas y como habíamos pasado casi una década con el Queso Sagrado sin poder hacer nada, en 1981 ahorramos dinero, rentamos horas de grabación y aunque es un disco que me gusta muchísimo, siento que plantea una época, una transición entre el progresivo y el techno, pero se me hace un disco único en ese sentido. Tiene un sonido único, experimental, muy raro”.
Syntoma forma parte de una generación en la cual ellos y otros grupos (Size, Escuadrón del Ritmo, Pijamas A Go Go, entre otros) marcaron un viraje en la tendencia imperante en una cara del rock mexicano. Sus integrantes, salvo alguna excepción, pasaron del progresivo y del rock en oposición a la vanguardia electrónica, a un mundo dominado por sintetizadores y cajas de ritmos.

“Sentía mucha atracción por los sintetizadores desde los setenta, pero no había lana para comprarlos. A finales de esa década por fin pude adquirir los primeros, un Casio pequeñito, luego un Korg, después una caja de ritmos, pero de alguna manera es esa visión de la música electrónica lo que me fue llevando a otro mundo de composición. Los tiempos, los instrumentos, la sociedad, todo estaba cambiando y como músico la aparición de los sintetizadores me sorprendió. Para mí era como tener una nave espacial después de haber andado en bicicleta, era abrir una ventana a otros mundos. Todo esto júntalo con que yo ya trabajaba en centros de cómputo”, señala Eisenring.
Agrega: “Para 1983, logré comprarme mi primera compu, una Timex Sinclair y luego una más. Aparte, sí hubo cambios estilísticos que tenían que ver con la música que estábamos oyendo. Había dedicado todos los años setenta a escuchar el progre, el rock en oposición, pero a fines de esa década aparecieron grupos como Throbbing Gristle, Cabaret Voltaire, Soft Cell, Depeche Mode… Vaya, a mí me gustaba el blues, me hubiera quedado tocando blues si hubiera querido, pero en mí siempre hubo un afán futurista y lo buscaba por medio de los instrumentos, de la música que oíamos. Escuchaba a Ultravox y se me hacía una manera muy fina de tomar la música”.
Las doce canciones que constituyen No me puedo controlar le llevaron a Alex Eisenring menos de un año en su concepción y aunque aquí los recuerdos son nebulosos, él considera que es muy probable que el proceso de composición haya iniciado con una instrumental como “La novia de mi novia” o “Sortilegios industriales”, pero “cuando empecé a componer ‘Perdidos en el espacio’ o ‘Subliminal’, allí la intención ya era cantar”.
Seis temas tienen letra, los únicos con esa característica que ha escrito su autor en cinco décadas de trayectoria. La temática desplegada va de lo lúdico (“No me puedo controlar”, “Ye ye”, “Soy de lo peor”) a lo crítico (“Subliminal”), sin olvidar la mirada al futuro (“Homo-estéreo”, “Perdidos en el espacio”), pero la sensación al final de la escucha de la placa es de que el universo sonoro es más brillante que el verbo allí asentado.
“Si me das a escoger entre música y letra, creo que la primera estaba más elaborada, tenía más sentido. Lo que me gusta de las letras son los temas, sobre todo esa parte futurista del ‘Homo-estéreo’ que hoy, a cuarenta años, son cosas que se han convertido en realidad algunas de ellas. Una cosa interesante, hablando de letras. En el primer disco de Syntoma (Heloderma), la pieza que se llama ‘Engrapadora’ sí tiene una, pero es un listado de programación de una computadora Hewlett Packard en la que yo trabajaba. Es una declaración de amor a la computadora, porque sólo ella lo podía entender y creo que por allí empieza la idea de ir haciendo letras”.

Con el tiempo, algo advertible en No me puedo controlar, dada la desaparición de Synthia Napalm y Bernardo Dix-Fraz de la escena musical, es que se trata del trabajo de un solo hombre que requirió de un par de “ayudantes” para presentarlo en directo. De ese detalle dice Eisenring: “El Queso Sagrado también empezó como un trío y al final ya era una banda de más de diez elementos; Bernardo y Sylvia (Synthia) formaban parte de él, pero en la parte actoral, lo que en aquel tiempo llamábamos happening y eventualmente también en voces. Tocábamos y proyectábamos imágenes muy alucinantes en una pantalla y ellos hacían el show. Pero a mí sí me hubiera gustado que fuera el Queso Sagrado el que hubiera evolucionado a Syntoma, a un estado más electrónico, el resultado hubiera sido diferente. Sin embargo, tuve mucha reticencia de parte de la mayoría de los músicos del Queso, casi todos ellos venidos de escuelas de música y con una preparación muy académica que veían a los sintetizadores como enemigos, como usurpadores. Finalmente, en ese momento tenía cerca de mí a gente a la que sí le gustaba esa música, como Carlos Vivanco, pero Sylvia y Bernardo estaban todo el tiempo conmigo y se encontraban muy empapados con todas esas nuevas corrientes y de repente dije: ‘igual les enseño a tocar y vámonos’. La verdad es que no sé hasta donde hubieran podido llegar. Sylvia después de Syntoma no volvió a hacer música, Bernardo grabó el disco de Nathabisk, pero ambos no habían sido músicos antes; sí melómanos, sí muy buenos amigos, pero no gente dedicada o comprometida con hacer música”.
Para Jacobo Vázquez, autor de El rock fue su idioma, al álbum de Syntoma se “le puede atribuir como mérito principal el haber sido el primer disco que combinaba estructuras de canción pop con sintetizadores en nuestro país, algo que en su momento no fue bien entendido por un público más acostumbrado al sonido ‘clásico’ del rock producido por guitarras, bajo y batería. En lo personal, considero que su tema ‘Soy de lo peor’ es el ADN que los convierte en pioneros en mezclar música electrónica con el folclore, en este caso la música tropical vía la cumbia, algo que el colectivo Nortec retomaría más de una década después, para colocar a la electrónica mexicana en un plano global”.
Una vez terminado, No me puedo controlar se presentó formalmente el 21 de octubre de 1983 en la librería “El Ágora”. Los recuerdos de aquella noche se han difuminado en la memoria de Alex Eisenring, pero si a cuarenta años de distancia se cree que fue una noche memorable por la cantidad de asistentes, él se encarga de desmentirlo: “Tanto el Queso como Syntoma teníamos públicos muy reducidos. Aunque la parte de Syntoma pudieras llamarla techno pop, nosotros la llamábamos techno rock, pero aun cuando tenga matices de pop, en realidad no atraían a una gran masa de gente. Era música para pequeños grupos de loquitos; de hecho, era disruptivo llegar y ver a un grupo sin batería en el escenario, ya eso te rompía el esquema. Era rebelde, en ese momento era todo un cambio”.
Cuatro décadas han pasado de la aparición de No me puedo controlar y éstos se celebran con una edición en vinil por parte del sello brasileño Discos Mugrientos / Discos SUB, en colaboración con Kathmandu Records, una reedición que ha despertado un inusitado interés por la música del desaparecido trío y que incluye como detalle adicional un póster con un texto del músico Daniel Lazarini.
El músico y productor electrónico Luis “Bishop” Murillo señala que “el disco de Syntoma puede ser el primero de música electrónica en México, tal y como la entendemos hoy en día. No me puedo controlar proyectó con toda claridad en lo que la música electrónica se convertiría con el tiempo: fantasías del futuro, nueva instrumentación, voces agradables y canciones pop menos sofisticadas armónica y melódicamente, con bases rítmicas sencillas muy corporales, pero con enorme impacto […]. Es una obra coyuntural y representa una bisagra en la música de nuestro país en una década en la que los cambios que la juventud demandaba comenzaron a ocurrir desde la creatividad y el arte”.
Mario Mendoza, músico y director del documental Nadie puede vivir con un monstruo, recuerda el efecto que tuvo en él la primera vez que oyó el disco: “Fue por ahí del 2006. Para entonces ya había escuchado las canciones de la etapa techno pop de Size y el disco Film de Casino Shanghai, así como el compilado Backup Expediente Tecno Pop, de manera que no representó una sorpresa el simple hecho de escuchar a una banda mexicana de techno pop. Pero lo que pensé es que tenía su propio sello, no se parecía a las demás bandas. Y además tenía muy buenas canciones que incluso me gustaron más que el tema ‘No me puedo controlar’ que se escogió para el compilado antes mencionado”.

Al abundar acerca de lo que más le gustó, comenta: “Por un lado, en el aspecto musical, el tema ‘La novia de mi novia’, el cual es una deliciosa descarga de sintetizadores analógicos concentrada en dos minutos y medio, y por otro lado, en la parte letrística, ciertas frases que se me quedaron muy grabadas como ‘Siempre defraudando todas las confianzas, siempre aprovechando toda circunstancia’ (‘Soy de lo peor’) o ‘Serás un chico moderno todo computarizado’ (‘Homo-estéreo’)”.
¿Cómo ha envejecido No me puedo controlar? Para su artífice, el álbum muestra “por un lado lo avanzado que estaban el Escuadrón del Ritmo, Syntoma, Size, Casino Shanghai. Esos esfuerzos estaban muy adelantados a su época; en México, no en el mundo, porque eran un reflejo de lo que estaba sucediendo en Europa y, por otro lado, la obra muestra que fue un esfuerzo hecho con mucha honestidad y cariño por la música. Creo que eso lo aprecia la gente. Cuarenta años no es poca cosa”.
Carlos García, fundador de Silueta Pálida, otro grupo que en su corta existencia abrevó de la tecnología, reconoce la influencia de Syntoma, “sobre todo en la manera de componer su música con sólo sintetizadores y cajas de ritmos”, y acerca de la vigencia de No me puedo controlar señala: “Sí lo considero un álbum vigente, pues toda la música que se hizo en ese entonces, usando la tecnología, sigue sonando en clubes y siguen surgiendo bandas nuevas con ese mismo sonido”.
El legado de Syntoma al rock de este país es innegable. Su producción es magra, sin duda, pero se llevó a cabo en un momento en el que producir un acetato era prácticamente heroico, dadas las circunstancias imperantes en el México de los ochenta del siglo pasado. La continuidad no era un asunto sencillo y como muchos de sus contemporáneos, Syntoma se vio en la necesidad de cancelar el futuro, aunque el sencillo “Lost in space / Soy de lo peor” (en el cual Albert La Roche sustituyó a Bernardo Dix-Fraz) todavía alcanzó a editarse en 1984. Sin embargo, el baúl de los recuerdos dice otra cosa.
Al habla Alex Eisenring: “Después de No me puedo controlar seguí componiendo rolas por un par de años más, como para hacer un segundo elepé. Esas piezas las empecé a grabar en lo que era mi estudio en ese momento, pero se acabó Syntoma y me dediqué de lleno a las computadoras, a programar; entonces todo este material quedó olvidado en un cajón y hace poco, mientras revisaba cassettes viejos, me encontré ocho piezas inéditas. No están bien grabadas, son como maquetas; sin embargo, así como están suenan padre, como una especie de rescate de una época perdida. Probablemente saque un disco con esas maquetas”, finaliza.