Sábado por la noche. La Piedad es un hervidero; el sitio se calienta conforme pasan los meses y el flujo de asistentes así lo indica. Además, hoy algo intangible flota en el lugar, una especie de déjà vu difícil de explicar. Misterioso y disfrutable al mismo tiempo.
Rubén Andrade (alias Ruin Andrade) sube al escenario para hacer la presentación de la agrupación de la noche que hoy estrena Epónimo, su segundo larga duración, un bello trabajo en vinil transparente con atractiva imagen de Ryan Chantree en su cubierta.

Luego de una breve introducción, anclada en el Fausto de Goethe, el también autor de La nueva tierra santa Iztapalapa señala con voz clara y profunda: “Fausto también es una banda de rock naciente en Ciudad de México. Inicia en el año 2017 con músicos que cargan a cuestas una trayectoria impresionante de casi tres décadas. Inicialmente, los elementos que la conforman son Guillermo Clemente en los teclados, sintetizadores y voces; Raúl Zavala, bajo, y Víctor Mendoza, batería, todos ex integrantes de la banda oscura mexicana de culto El Clan. Se rumora que el vocalista sería Hugo Grob; sin embargo, declina y audiciona Edwin Æterna (vocalista de Eterna, Moddel Odd, Desnudo Digital y Mi novio es un Zombie), quien de inmediato entra a grabar los videos de las canciones ‘Frío’ y ‘Huracán’ para promocionar su primera producción titulada Homónimo”.
Fausto tardó cerca de cinco años en dar continuidad a su producción discográfica y esa noche presentó en sociedad Epónimo, una placa de siete composiciones, producida por Gerry Rosado, y debutó con un formato de quinteto (Guillermo Clemente, teclados; Edwin Æterna, voz; Lucas Ortigoza, bajo; Natalya Speranzza, batería; José Luis Segura, guitarra) más invitados (Humberto Hernández, guitarra; Brissa Morales, bajo; Juan Pantoja, sax).

La veteranía de la agrupación aflora de inmediato y se aprecia desde el parado sobre el escenario. Guillermo Clemente comanda desde los teclados y su cabellera se agita cual si la meciera el viento, mientras Æterna, con esa figura camaleónica y andrógina, irradia seducción con su canto. En la primera parte, dedicada a Epónimo, el vocalista opta por su faceta melódica más suave, muy ad hoc con el sonido reminiscente de los ochenta que exhibe el grupo en este set de canciones, las cuales se escuchan sólidas, bien trabajadas, pero que no logran su cometido final de encender a los asistentes; nada extraño, si pensamos que la mayoría de ellos aún no han tenido tiempo suficiente para familiarizarse con estos temas.
Hay canciones como “Cielo” y “Un vigía” que brillan con intensidad (de hecho, al escuchar el disco esta apreciación se confirma). La primera es un pop bien tejido, pero sin asomo alguno de tintes góticos; la segunda es un tema lento, de lo mejor del disco, en el que la voz de Æterna imprime un tono de lamento que reafirma Zaira Franco (Combo Movox) en los coros. Otros temas poseen tonalidades sombrías como “La sombra en tu mirar” o “Un tranvía llamado Prometeo” en el que la letra aporta misterio (“Y ha pasado desapercibido / un puñado de crímenes sin castigo / y ahora es poco lo que te pido / … no te vayas mientras estoy dormido”) y la voz juega con su “doble” cual si fuera una sombra.
El álbum se complementa con “P.O.R. la tarde”, una canción dinámica y pegajosa; “Indios”, cover de un tema de Legiao Urbana, y “Quásar”, composición dedicada al amor que nos abandona, cuya letra no es excepcional, aunque sí lo es la interpretación de Fausto.

La segunda parte de la noche está dedicada a Homónimo, la placa previa del grupo, y resulta el momento idóneo para elevar la intensidad de la noche. Con ese dominio que da el haber presentado en incontables ocasiones estas canciones, Fausto se escucha más asentado y la comunicación con el público fluye con mayor naturalidad. Aquí, Æterna deja escuchar una faceta más ruda y enérgica que incluso nos hace dudar de que sea el mismo vocalista.
Cualquiera podría pensar que ha subido un nuevo grupo, porque si bien las composiciones están regidas por un estilo predominante, la interpretación las hace parecer distintas. No es eso. Conforme pasa el tiempo, uno advierte que entre el Fausto de Homónimo (2017) y el actual, no sólo median casi seis años: también aflora la experiencia, el manejo del escenario, las tablas en suma.
Con un par de obras a cuestas, Fausto deja claro su necesidad no sólo de combatir el olvido. Se ha hecho presente y esta noche es patente que sus integrantes cuentan con herramientas suficientes para mantener esa subterránea seducción que les ha dado un prestigiado lugar en la escena oscura de este país.