Una noche, luego del primer set en Jazzorca, el saxofonista Juan Pantoja, quien curara una serie de conciertos muy interesantes en Vacas Verdes, se acerca para saludar e informar que ahora ha mudado su actividad de promotor al Café Gaudelas y el próximo fin de semana presenta una sesión con cinco contrabajistas, de los cuales me cita un par de nombres y éstos me hacen clic y me alertan de algo que vale la pena atestiguar.
El café, enclavado en la colonia Juárez de Ciudad de México, es, como era de esperarse, pequeño y reconocible a la distancia, porque cuando me acerco ya hay una “fauna” sui generis afuera de él que indica que he llegado.
El sitio es de pulcro aspecto, con un área que bien podría ser la sala-comedor de una casa y esta noche se encuentra habilitada para recibir a un grupo de aproximadamente treinta personas que han sido convocadas por la curiosidad de escuchar a un ensamble inusual.
Itzam Cano, quien funge como líder del ensamble dice que la idea surgió “hace unos años, cuando vino Sebastian Gramss, contrabajista alemán, y David Sánchez armó un tenteto e hicimos varios conciertos y nos quedamos con la idea de continuar tocando. Un día, platicando con Luis Ortega, le sugerí que hiciéramos un trío o cuarteto para improvisar y tallerearlo y así comenzó”.

Alex Motta, Alain Cano, Arturo Báez, Luis Ortega e Itzam Cano, batallan un poco con el fin de hacerse del espacio necesario para pulsar sus instrumentos. Es tan reducido el lugar y los asistentes estamos unos tan encima de otros que Itzam pregunta antes de dar comienzo si alguien quiere ir al baño, porque el acceso ha sido bloqueado por los enormes contrabajos.
A una de sus señas, la música comienza. El inicio es extraño, frente a nosotros cinco contrabajistas entablan una conversación en la cual hay varios retos: hacerse escuchar, dejar que sus voces sean identificables, su volumen no opaque a los demás y el resultado de esa charla sea armónico, no necesariamente bello, pero sí legible.

Llama la atención el entendimiento, la compatibilidad lograda entre los cinco. Itzama Cano cuenta que se reunieron una vez para ponerse de acuerdo, pero los asistentes sabemos de las capacidades de cada uno de estos contrabajistas y del oído privilegiado que los lleva a reaccionar con rapidez ante los cambios propuestos (“tenemos unas guías muy escuetas que dan una dirección mínima de la improvisación y esta vez salieron muy parecidas a lo que planeamos, pero no siempre es así”, comenta Itzam). Sólo así puede entenderse que sin verse, sin una seña, al menos evidente, respondan cuando uno de ellos marca un cambio en la dirección de la música.
Ese primer set, en el que los cinco nos conducen de la extrañeza al asombro y de allí al deleite, está marcado por cuatro improvisaciones que curiosamente rondan los siete u ocho minutos. En ellas destaca el uso de las técnicas extendidas, mismas que siempre es atractivo contemplar porque cada uno de ellos, en diferentes momentos o al unísono, tocan su instrumento en la parte superior o la más baja, golpean el cuerpo del mismo y lo utilizan como percusión, lo hacen con arco o sin él, pero siempre con una vocación por la búsqueda del sonido, de tratarlo, transmutarlo, cual si fueran alquimistas que no conformes con alcanzar lo áureo, exploraran otras combinaciones.

Quien esto escribe no sabe si el segundo set es mejor que el primero, pero sí que es más corto y a veces más expresivo y sorprendente. Báez coloca su contrabajo de costado sobre el piso y lo toca con dos arcos, Itzam se enzarza en un diálogo con su hermano Alain, mientras Motta y Ortega los acompañan; luego habrán de cambiar de rol, pero esas modificaciones se llevan a cabo de manera tan sedosa que son advertibles, porque uno ve cómo los dedos comienzan a tocar de manera distinta y el volumen desciende.
Sorprende cuando la música de los cinco borda terrenos tenues, alguien marca un cambio de intensidad y la respuesta se genera inmediatamente, cual si los cinco estuvieran conectados telepáticamente o por un hilo sensible que les advirtiera del inminente cambio. Pero no, es comunicación pura, como también lo es cuando alcanzan un clímax y éste termina súbitamente y al mismo tiempo. No con medio segundo o un segundo de diferencia entre ellos: al mismo tiempo.

Ha transcurrido hora y media e Itzam anuncia la despedida, aunque todavía tocarán una pieza más. Los presentes llevamos la marca indeleble de una noche rica, visual y auditivamente. Miro mi celular y espero que la grabación haya quedado bien, lo suficientemente bien para compartir esta música creada en el momento y que habla de una escena de improvisación pequeña sí, pero sana, boyante diría yo, y que valdría la pena recibiera mayor apoyo del público y de las instancias culturales.