Mucha tinta se ha esparcido alrededor del Festival de Rock y Ruedas de Avándaro y al parecer ésta seguirá corriendo. En años recientes, la polémica ha girado acerca de si lo que se llevó a cabo después de dicho festival fue una prohibición o una invisibilización mediática. Quien esto escribe se queda con el terminó prohibición, porque si bien ésta no se hizo por escrito sí lo fue de facto, ya que los grandes medios de comunicación —en una época cuando lo que se deseaba convertir en masivo necesitaba pasar por ellos—, al servicio del poder de entonces, cerraron sus puertas al rock y éste se tuvo que conformar con sobrevivir en el subterráneo.

Federico Rubli ha estudiado ampliamente el tema y en sus diferentes textos (Estremécete y rueda. Loco por el rock & roll, Chapa Ediciones, 2007; Yo estuve en Avándaro, Trilce/UNAM/Gobierno del Estado de México, 2016) ha argumentado, con documentos, cómo incluso el festival estuvo en el centro de una disputa política temprana por la presidencia de la República y sirvió para desprestigiar al entonces gobernador Carlos Hank González, cuya administración fue la responsable de otorgar el permiso para la realización del citado festival.
Sumergido de lleno en esa investigación, a Rubli le llamó mucho la atención un comentario hecho por el músico y promotor Armando Molina (Q. E. P. D.) en el cual le dijo que casi tres meses después de Avándaro, en Bellas Artes se efectuó un espectáculo con música de rock en vivo en el que participaron Dug Dug’s, Peace & Love, Javier Bátiz, una banda de blues comandada por Horacio Reni y en donde también hubo luchadores, faquires y strippers.
El escritor lo dudó un momento, pero Molina era manager de las agrupaciones arriba mencionadas y eso lo llevó a hacer sus pesquisas. Resultado de ello es el texto Prometeo 71. Arte pop y rock en Bellas Artes (Trilce Ediciones, 2022), un libro profusamente ilustrado y de cuidada edición en el que su autor hace un viaje en el tiempo para, como él mismo afirmara en la presentación del volumen, “llevar al lector y hacerlo sentir que estaba allí, en Bellas Artes, el 4 de diciembre de 1971”.
La obra se divide en dos grandes partes. La primera, “Vestíbulo”, Rubli la emplea para ubicar contextualmente al lector de cómo era el escenario cultural en el entonces D.F. a fines de la década de los sesenta. Es un paseo en el cual los guías son los hermanos Cohen, Arnaldo, Amílcar, Arístides y Roberto Mosqueira –los instigadores del espectáculo– y nos llevan por ese fermento en el que se entrecruzaban literatura, artes plásticas y rock.
Este apartado incluye un relato acerca del Festival del 11 y 12 de septiembre de 1971 y quienes ya conocen los trabajos anteriores de Rubli podrán saltarlo sin vergüenza alguna, aunque también allí se encuentran algunos adelantos de lo por venir en la segunda parte.
El punto medular de Prometeo 71 comienza en “Sala principal”, la segunda parte, y en ella nos cuenta la odisea que representó montarlo, desde el momento en el que se llevó a cabo una primera puesta en escena del mismo en el Centro Deportivo Israelita, en agosto de ese año, y de cómo, en una cena, uno de los hermanos Cohen habló del acontecimiento y en ella se encontraba el director de Bellas Artes, quien se mostró interesado y ofreció el recinto para la puesta en escena.
A lo largo del texto, no sólo Rubli sino todos los entrevistados que estuvieron allí no dejan de manifestar su sorpresa por el hecho de que el coso de la Alameda abriera sus puertas al rock (eso sí, anunciado con letras pequeñas en los diarios), luego de lo sucedido en Avándaro y que llevaron a más de uno a rasgarse las vestiduras: “… algunos funcionarios y personal de Bellas Artes gritaban que cómo había sido posible permitir algo así en la máxima catedral de la cultura mexicana y amenazaban que demandarían a los organizadores y que ya venía la policía… Toda esta perturbadora escena envuelta en un penetrante olor a mota” (p. 284).
Jóvenes que bajaban por los muros, nubes de mariguana, strippers desnudas pero estilizadas con body painting, danzón, música electrónica, luchadores, faquires, tragafuegos, encantadores de serpientes, declamación de poemas y un monólogo final abruptamente interrumpido dejaron huella en unos dos mil espectadores como una de las presentaciones de avanzada de una cultura pop que quería irrumpir en las tradiciones existentes, como ese Prometeo que deseaba liberarse y que fue la metáfora que dio leit motiv a la puesta en escena.
Luego de ella, el director de Bellas Artes, Miguel Bueno y Malo, fue cesado y de los archivos del lugar desapareció cualquier reconocimiento oficial. “Lo relevante, vale la pena reiterarlo, es que oficial y formalmente no existe ninguna referencia en los archivos del instituto”, escribe Rubli.
¿Invisibilización, prohibición? El autor de Prometeo 71, apunta lo siguiente en la página 119 y que tomamos a manera de conclusión de esta aventura de avanzada que prometía, pero que como el rock fue cercenada: “Con Avándaro se selló un importante capítulo en la historia del rock nacional; su caída en el ostracismo y la atrofia de su desarrollo como expresión artística en por lo menos una década […] El círculo gobernante… patriarcal y autoritario reaccionó con actos de marcada represión para abatir esas expresiones y no perder el control sobre la juventud. Por esto, resulta un acertijo que se haya llevado a cabo el espectáculo Prometeo a escasos dos meses y medio después del avandarazo, con dos grupos que participaron en el festival y con el máximo exponente del rock y del blues: Javier Bátiz, en ¡Bellas Artes!”.