La música de Jason Joshua recuerda a los chicos malos del Bronx, al legendario “Rey del Mambo” Mario Bauzá, a Willie Colón, Rubén Blades, Tommy Olivencia y Louie Ramírez, quienes en su mayoría no provenían de “La Gran Manzana” sino de Puerto Rico. Músicos que perpetuaban el bajo sonido de las calles de San Juan, y lo migraban a los altoparlantes, el aroma y los reflectores de los grasos hoyos de salsa en la tierra de los sueños rotos y los dólares verdes. Entonces la gente quería salsa brava, ver al cantante de verdad, oír un buen solo, escuchar letras que hablaran de la vida; todo aquello que la salsa les dio desde un principio. La calle, aquella selva de cemento, profirió un parangón: “Hágase la voz y Lavoe se hizo”. Allí empezó la salsa a cronicar la verdadera vida del músico que vive a contrapelo y aunque Jason Joshua hace frente desde el latin soul y el funk, no deja de evocar aquellos pilares de la verdad bailada con sangre y sudor en pechos y caderas templadas.

Jason Joshua es originario de la ciudad de Miami, Florida, pero el espíritu está ahí. Se dice que sus influencias provienen de otras vidrieras, como James Brown, Dámaso Pérez Prado, Joe Bataan y Ralfipagan, pero a mí no me mienten, porque en sus metales están también Ismael Rivera, Cheo Feliciano, Frankie Ruiz y Celia Cruz. Joshua no sólo aporta su versátil capacidad vocal, su personalidad y dominio de escenario, sino que además, representa los pesares y las alegrías que viven los personajes y las emociones de sus canciones; asume como suya la filosofía de las letras que interpreta.
El LP La voz de oro (2023) vino después de sus muchas presentaciones en vivo entre las regiones norte y sur de California, shows explosivos con temas enérgicos que cantan a la tenacidad. Joshua hizo su debut con Jason Joshua & The Beholders con Rose Gold, a medida que el revival del soul clásico se volvía más latente, haciendo su debut en solitario en 2020, con el muy esperado LP Alegría y tristeza, recibido por la crítica como “treinta minutos en la nariz, una dosis rápida y efectiva de soul sensual y un tenor crudo y reflexivo que navega sobre una producción atemporal que ocupa un punto ideal entre Deep City y Poor Boy”. Y sí, Alegría y tristeza es una descripción simple y conmovedora de la lucha de los obreros. No hay nada falso en el espíritu del hombre común de Joshua.
La voz de oro consta de doce tracks, entre los que destacan la homónima “Voz de oro”, “Lover Boy”, “Muéstrame”, “Fría” y “Betrayal”. Se trata de uno de esos grandes álbumes que se te tatúan en la garganta y en los pies, realidad pura a flor de piel, entonada por una voz de veinticuatro quilates, con una sensualidad que eriza la piel del más frígido y una pasión que pondría a bailar a un convento de monjas un domingo de liturgia.
El soul más arcaico en toda su alma expansiva, el funk de oscuro tono de piel en toda su honestidad, abriéndose en una herida que no se cura más y una salsa rabiosa están aquí para crear una nueva filosofía: la voz de oro que conspira para profanar todo en la Tierra.
Por su origen funketo y soulero, Jason Joshua y la realidad de sus canciones va a superar mucho e inclusive doblar la salsa sin sentido de hoy día. Su patrón de retozo y fuego con voz perfecta de profeta, adosado de música anglosajona, va a permitir que el argumento de sus letras pueda contra una historia a la manera del relato literario. Sus temas son cultos y refinados; desde los altos suburbios de Miami en un primer encuentro y las zonas urbanas de Latinoamérica después, son temas llenos de personajes marginales, soñadores, apasionados. Sin embargo, no todas sus canciones están escritas con intención de crítica; también apelan a un único lenguaje universal: el amor.