Tecate Península 2022, una crónica gonzo

Esto empezó como una cobertura “común” de un festival musical, pero en el camino se convirtió sin quererlo en una crónica gonzo. Los detonadores: un gallo y un show de Chicano Batman en el que no pudimos disfrutar la voz de Bardo. Pero vamos al inicio.

Una intro

Tras una noche en la que no dormimos mucho pero sí disfrutamos bastante, mi amigo Alex y yo nos lanzamos de nuevo a la carretera. En Tecate, habíamos visto la noche anterior a Mi Banda El Mexicano, en un show un tanto extraño, pues la energía actual del vocalista no es la que uno esperaría de la potencia festiva de esta banda. Su hijo tiene bello rostro, muchas fans quedaron encantadas con las fotos que se tomaron con él cuando bajaba del escenario, pero unas clases de canto no le vendrían mal, si (como aparentan) su objetivo es que reemplace a su padre en los próximos años. En fin, creo que por igual la gente quedó complacida con esta primera edición del Festem, festival musical en el que también tocó Café Tacuba.

De vuelta al presente. Omeprazol, agua, un gallo, cargadores, cámara, memoria, dos Lucky Strikes y stickers de “Ay Gregorio!” son el equipaje para hoy. Tras una hora aproximada de viaje, llegamos a Playas de Tijuana poco antes de las tres de la tarde. Arriba del Escenario Tecate toca The Warning y no suena para nada mal. Me lamento por no haber alcanzado a escuchar a las Margaritas Podridas, pero pienso que ya llegará el momento de verlas en acción. Damos una ronda general por la Plaza de Toros, ubicamos escenarios, área de comida, baños y área de prensa, justo cuando está por iniciar una entrevista con Bruses.

Tras un par de minutos empieza el cuestionario en vivo con la joven compositora, quien este año fue nominada a dos Grammys tras once años de carrera artística independiente. Su maquillaje está impresionante, me recuerda al David Bowie del Aladdin Sane. “Estamos muy contentos por estas nominaciones. Es difícil mantenerse independiente, pero se siente genial no tener que vender tu alma a una disquera por un adelanto mediocre y sentimos que esto es prueba de que hay otros caminos para los artistas. Hace poco logré empezar a apoyar a mis padre económicamente, eso para mí es un verdadero éxito, porque mi familia es de clase trabajadora y me siento muy contenta de poder regresarles un poco de todo lo que me han dado”.

Bruses comparte que se siente muy feliz de regresar a Tijuana, su ciudad natal, y comenta que a su parecer la industria musical se encuentra en un punto muy interesante para quienes crean música en su cuarto, pues las plataformas digitales y redes como TikTok permiten que uno conecte y construya una comunidad en línea como nunca se había podido hacer. “Con Internet, las oportunidades están ahí. Nosotros como Bruses no seríamos nada sin el fandom. Gracias a ellos estamos donde estamos”, concluye la joven tijuanense.

Gondwana y Camilo Séptimo: recuerdos de otros tiempos

Gondwana empieza y me llegan recuerdos de cuando los vi hace años en el Parque Morelos de Tijuana, en una ocasión en que un amigo metió un gallo gigante entre sus rastas, mismo que roló entre decenas de asistentes. Armonía de amor sale de los speakers y es coreada por el público. Cae algo de neblina que refresca la tarde. La gente ondula. Morras con los ojos cerrados bailan con “Felicidad” de fondo y cantan “ya no estoy triste”.

Terminan los argentinos y a los 10 segundos se escuchan los gritos de “¡Camilo!, ¡Camilo!, ¡Camilo!” en el Escenario Tecate. El público clama por una de las bandas de indie pop mexicano que más seguidores ha conseguido en los últimos años y la respuesta llega pronto. Se encienden luces y sale a escena la voz de Manuel Coe, vocalista de Camilo Séptimo.

Cuando inicia “No confíes en mí”, vuelven algunos recuerdos de cierta aventura amorosa muy caótica, por allá del 2017, en aquellos tiempos cuando tendía a vincularme con personas conflictivas sin pensar mucho en las consecuencias, muy ad hoc con el tema de Séptimo. “No confíes en mí / Aún puedes escapar / Aún puedes librarte / de conocerme más”.

Coe se desenvuelve muy bien en el escenario, juega con el deseo que despierta en el público: los hace aplaudir y gritar. Los visuales también son buenos y los bajos se escuchan potentes, con una base funky que te pone a mover las caderas. Pienso que es música para coger y enamorarse, para dejarse llevar un rato por las energías intensas del amor.

Terminan los Camilos y me encamino a la rueda de prensa con Chicano Batman. Las áreas de la Plaza de Toros antes vacías comienzan a llenarse poco a poco. La tendencia es clara: esto va a reventar en las próximas horas. 

Sen Senra y Caligaris: un poco de lo bueno nuevo y lo bueno viejo

Al llegar al área de prensa se nos revela que fue cancelada la entrevista con Chicano. Pregunto por qué, pero no encuentro muchas respuestas. Saludo a una colega cachanilla que viene cubriendo el evento para Revista Machín y platicamos un rato de esto y aquello. Nos vamos juntos a ver a Sen Senra, músico español que me recuerda a compositores como Rosalía y C. Tangana (con quien ya tiene una colaboración), esa nueva ola de músicos ibéricos que están creando (y exportando) sonidos pop que se nutren del R&B, el trap, el hip hop, la canción de autor y demás géneros varios.

El Escenario Monumental es el más pequeño de los tres. Tiene forma circular y está rodeado por gradas. Empieza el show y Sen Senra se adentra en el escenario caminando lentamente. Empieza un beat sensual y una guitarra con delay que le pone una textura espacial a la base armónica. Los gritos de las fans reflejan que es uno de los músicos que más prenden a esta generación.

El músico de 26 años se mueve muy bien por el escenario. Baila, toma el stand del micrófono y lo balancea mientras se sujeta el pantalón negro tumbado. Lleva el número diez en la espalda y unas gafas oscuras para ocultar la mirada. Varias chavas que están recargadas sobre la valla metálica bailan y gritan bajo las luces guindas.

Termina el segundo tema (“No me sueltes más”) y al fondo gritan con euforia “¡Sen Senra, Sen Senra!”. Lo acompaña una batería con una caja de beats que le dan ese toque hip-hopero-trapero a la música y una guitarra que toca acordes de un solo rasgueo prolongado con su necesario delay, poniéndole el toque seductor a la música. En cierto momento, el músico se avienta un solo vocal que imita a una trompeta y que con el auto-tune suena bastante bien. Me despido del español tras un par de canciones más, decidido a encontrar un buen lugar para ver a la banda que más me emociona de este festival: Chicano Batman.

Camino al Escenario Tecate me toca escuchar unas buenas rolitas de los Caligaris, justo cuando un rayo de luz logra filtrarse entre la nubosidad de los últimos días, coincidiendo perfecto con la música festiva de la agrupación argentina. El público que está frente a ellos se encuentra está en pleno éxtasis.

“Vos sos esa simple razón, por la que volví a sonreír, por la que levanto la vista y veo lindo el cielo, aunque esté todo gris”. Para terminar de hacer más cursi la imagen hay un arcoíris que atraviesa el cielo. "Queremos que todos cierren los ojos, respiren y piensen en esa razón que los hace estar acá”, dice Martín Pampiglione por el micrófono. “¡Estos son los recuerdos que no se olvidan nunca! ¡Gracias por este enorme regalo, a cambio les vamos a dejar este hermoso momento!”, dicen los músicos con la cara pintada de payasos, antes de reventar la fiesta como sólo ellos saben. La raza agita camisetas en el aire, baila y disfruta como nunca.

Chicano Batman: la desilusión por una voz que no se escuchó

El show de Los Caligaris lo presencio desde el Escenario Tecate, pues he decidido adelantarme para agarrar buen espacio en ña presentación de Chicano Batman. La emoción se siente en el aire. Todo espectáculo en vivo de un artista que uno admira siempre condensa la magia de todas esas veces que lo escuchaste en diferentes momentos, planos y estados emocionales de tu día a día. Y bueno, si se trata de Chicano Batman, es bien sabido que escucharlos en vivo es otra cosa.

Se prenden las luces y salen a escena los Chicanos. El público grita de emoción. Los fotógrafos nos aventamos frente al escenario para hacer nuestro trabajo. Entonces inicia la catástrofe. Hay fallas en el audio y la voz no se escucha para nada como debería. Pareciera que algo falla, que el micro o las bocinas o el auto-tune fallan, dando como resultado un efecto muy raro en la voz, como un algo mal ajustado que sube y baja el volumen de Bardo y que no permite que se entienda cosa alguna de lo que dice. El resultado es un sonido terrible, ininteligible.

Termina la primera canción y tanto público como prensa le intentamos avisar al vocalista de la situación, pero trae puesto un audífono y no capta nuestros mensajes (o eso parece). Considero la opción de arrojarle una botella de agua que traigo en la mochila para avisarle que no se escucha, pero pienso que por ello podrían sacarme del concierto.

Pasan tres canciones igual. Inconforme con lo que pasa, le digo a un sujeto que está en el backstage que no se escucha el vocalista. Asiente, como saliendo de la esterilidad de no saber si esa falla en la voz era real o venía de su imaginación. Dice que irá a avisar. Bardo sigue entregándolo todo, a pesar de que en los speakers delanteros no se escucha absolutamente nada, sólo gritos ahogados. Me pregunto si en los de atrás se escuchará igual de mal.

Empieza el bajeo característico de “Freedom is Free” y todos gritamos de emoción, pero parece que no podremos disfrutar del tema como quisiéramos, pues el problema de la voz persiste, si bien Bardo se mueve en guitarra y piano con toda la actitud: es un verdadero rockstar, como demostrará dentro de poco cuando se quite la camisa a pesar del tremendo frío que debe hacer allá arriba. De fondo se escucha la voz de la otra vocalista, quien rescata un poco (pero muy poco) la situación.

Bardo pregunta entonces “Do you hear me?”, a lo que la gente a mi alrededor grita que no, luego le pregunta a los del otro lado y todos gritamos que no, entonces dice: “Les dije que subieran el volumen del micro, pero no hacen caso, ¡pero vamos a seguir este show!”. Los californianos prosiguen con “Run” y es una verdadera lástima, porque la música es realmente buena, la batería, la guitarra, los sintes, todo se escucha estupendo, pero necesitamos esa voz acariciándonos el alma.

Revienta la parte final de “Run” y los teclados te perforan el corazón. Empieza a llover y Bardo dice que tiene algo que compartimos. Se sienta al borde y empieza “Invisible People”, una canción de resistencia al sistema con esa vibe nostálgica muy Chicano Batman. No sé si soy yo proyectando mi interior alrededor, pero siento que en el ambiente hay una emoción de tristeza (obvio por la vibra de la canción) pero también de desilusión por las fallas en la voz de Bardo.

Empieza “Itotiani” y no nos queda más que cantar todos juntos a pesar de que nos falta la guía, pero con esta canción es imposible no navegar por la chicano-vibe. “¡Ella tiene aire a Teotihuacán, su piel tiene el color del mazapán!”. Bardo toma los sintetizadores, checa que el amplificador esté bien modulado y empieza a improvisar en la parte final de la canción mientras sube el ritmo, ¡esto es un jam y ahora sí se siente la música llegar hasta el fondo del alma! Se acaba la pieza y el grito del público se siente diferente, más vivo.

“¿Quieren una canción en español?”, pregunta Bardo por el micro. El guitarrista pasa al frente para iniciar “Manzanita” y milagrosamente sí se escucha su voz al cantar. Bardo se queda al fondo tocando el bajo de espaldas al público del lado de la batería. “¿Significa esto que todo este tiempo Bardo no tuvo voz y sólo fingieron una falla técnica?”, me pregunto, pensando en por qué no intentaron cambiarle de micrófono. Me siento confundido ante la incógnita y pensarla sólo me llena de enojo por la posibilidad de que sea cierta.  “Quizá se enfermó de último momento… y por lo mismo fue que cancelaron la rueda de prensa”, medito, mientras el concierto continúa.

Bardo se quita la camiseta y empiezan los teclados de “Black Lipstick”. “This is our favorite song! Are you having a good time over there?”, consulta Bardo al público. “Can we have some fucking volume on this microphone over here?!”, exclama, conectando nuestros sentires con el suyo. Empieza la música y nuevamente la falla técnica. Hay un sentimiento que quiere salir y conectar, pero no está el puente: la voz. Es como algo muy bello que pudo ser, pero no fue; otra desilusión más a la lista. En ese momento, Bardo hace un último intento por hacernos vivir una gran experiencia, baja del escenario y se entrega al público que lo abraza sin dudarlo.

Tras un minuto, el cantante chicano sube de nuevo al escenario y dice: “We have a last song for you and its called ‘Magma’!”. Bardo comienza a cantar y el sonido de nuevo es una enorme decepción. Estamos a un paso del éxtasis, pero nos quedamos a eso, a una voz de distancia. Chicano Batman cierra con un jam potente, destructivo, performático. Dicen algo como “¡Adiós Tijuana!” y concluyen. Después, el silencio.

En busca de respuestas

Concluido el show, sólo puedo pensar que, a mi manera de ver, Chicano Batman nos debe un concierto. No sé si por culpa del Tecate Península, por culpa de la banda o por culpa de algún ingeniero. Lo que sí sé es que mi pulso periodístico está ávido de descubrir la verdad, así que comienzo a recabar algunos testimonios de desconocidos y confirmo lo (casi) obvio: hubo falla técnica.

Mis amigos no conocen al grupo y me comentan que pensaron que se escuchaba de esa manera porque así era el estilo. Caminando en búsqueda de respuestas, me encuentro a un colega de Ensenada, quien me comenta que Chicano no traía ingeniero de sonido, que él lo conoce (porque es de Ensenada) y nunca lo vio al lado de los otros encargados de la sonorización.

Me acerco a los ingenieros en una base ubicada en la parte trasera de la zona VIP. Me dicen que el ingeniero de chicano no es bueno y que ahí estuvo la bronca (ah caray, ¿no que no había estado presente?). Otro dice que sólo yo escuché las fallas, que para ellos todo se oyó perfecto.   Empiezo a sentir que se quieren desentender de la responsabilidad, porque olfatean que soy reportero y no quieren meterse en problemas. Al salir de la zona VIP, un morro dice que allá sí se escuchaba la voz, pero que a ratos se le bajaba el volumen. En el otro escenario, Justin Quiles empieza a cantar sobre culear y fumar marihuana en un trap latino sabroso. Yo sigo aferrado: ¿qué carajo pasó con Chicano Batman?

Pienso que es hora de ir a prensa. Nadar por el mar de gente comienza a ser una experiencia turbulenta; se siente subir la afluencia de público ante la proximidad de los Fabulosos Cadillacs en escena. En el área de prensa platico con una colega y me comenta que en la parte trasera sí se escuchó bien Chicano. “Solo adelante no había sonido, pero traen un cagadero con los ingenieros de sonido en todo el festival”. Otro colega periodista me dice que también traen un desmadre con las ruedas de prensa, pues aparte de Chicano, también canceló Camilo y Sublime va tarde. “Chicano Batman no quiso rueda de prensa, que mejor hacían una prueba de sonido”, dice una integrante del staff luego de preguntarle sobre por qué no hubo entrevista con los californianos. Y bien, ¿entonces qué pasó con esa prueba de sonido? ¿Qué pasó con Chicano?

Ahora sé que adelante hubo buen sonido, pero enfrente nada. Sin embargo, la duda persiste: ¿de quién fue la maldita culpa de que cientos no disfrutáramos de este concierto? Todo apunta a que hubo un ingeniero que no hizo bien su trabajo. Se empiezan a agotar las fuentes informativas al alcance para encontrar respuestas, pero me niego a quedarme con la duda. Se me ocurre entonces una idea.

Me meto a los baños de prensa, me lavo la cara y me veo al espejo: me siento seguro de quien soy. Me quito el gafete de prensa. Me recuerdo músico. Salgo del baño y entro con total normalidad al área de los artistas. Traigo el outfit. Traigo la energía. Traigo la vibe. Me mezclo. Soy uno de ellos y ellos son de los míos.

Pido lumbre para un cigarro. Hablo con el guitarrista de Bruses un momento. A la sorda busco la carpa de Chicano Batman. Paso al lado de Sen Senra, quien está platicando con algunos compas. El guitarrista de no sé qué banda dice que se irá a practicar unas rolas antes de salir a escena. Me acerco a un par de músicos jóvenes que están por ahí, pero no conocen a Chicano, no saben quiénes son. Otro sujeto me apunta en cierta dirección, diciendo que por allá está su carpa.

Paso al lado de la carpa de Siddhartha. Escucho que ya es hora, que faltan diez minutos para su presentación. No encuentro la carpa chicana por más que busco y busco. Me resigno un momento y me siento. No quiero parecer desesperado y que alguien me identifique como prensa. A fin de cuentas, traigo cargando la mochila de mi cámara en el costado y una pulsera color de rosa que me identifica como tal.

Me levanto y sigo. Me hago pendejo cerca de Sen Senra. Veo de nuevo al tipo que antes me indicó dónde estaba Chicano y le pregunto de nuevo, me apunta la dirección otra vez, pero ahora la veo bien, le digo bromeando que me disculpe, que estoy ciego, a lo que se ríe y se va. Por fin llego y ahí está Bardo afuera de su carpa, platicando con un integrante de los Caligaris que lleva rastas; la voz de Bardo se escucha impecable, así que descarto aquella idea de que estuviera enfermo. El músico de la banda argentina dice que mañana tendrán otro show en Guadalajara, ese de dos horas, y que ahí sí van a desquitar.

Terminan su conversación y me preguntan si les puedo ayudar tomándoles una foto. Les digo que claro que sí. Tras la foto, llega el momento de improvisar. Le digo a Barto que soy guitarrista de otro proyecto que tocó más temprano, uno que se llama Sen Senra, de España, pero que yo soy de aquí de Tijuana, y que también tengo un proyecto solista que se llama Ay Gregorio! Le doy un sticker del Otro Caguamón. “Es de folk, indie folk-punk. ¿Conoces a Juan Cirerol?”. Y así vamos platicando hasta que llegamos al “¿andan de gira ahorita? ¿Cómo viste este show? Yo los vi desde enfrente, y como que no se escuchaba muy bien fíjate…”, le comento.

“Pues no paré, no paré, a veces uno no siente a la gente, pero uno tiene que seguirle” …, dice Bardo. “¿No crees que haya sido por lo del sonido?, le pregunto. “Puede ser, puede ser…”, dice, “¿no se escuchaba la voz?”, me pregunta curioso.

En eso, el tipo que anteriormente me apuntó la carpa de Chicano aparece y yo siento que ya se dio cuenta de que soy prensa y me cago porque estoy a un paso de descubrir qué pasó. Para mi suerte, el tipo dice: “Bueno, ya que te dije donde estaban estos cabrones, ¿nos puedes tomar una foto?” y pues va la foto con su celular. Sigo la plática con Bardo, todo apunta a que fue culpa del ingeniero de sonido del festival.

“Ah te decía, no se escuchaba nada, se subía y bajaba el volumen, no se entendía. Hasta pensé que estabas enfermo de la garganta”, le comento. “Jajajaja, no, para nada. Sí me di cuenta después, de hecho sí te vi desde el escenario que me hacías señas y la gente me lo dijo y yo dije en el micrófono que le subieran al volumen, pero los cicles (o algo así, ininteligible en el audio que grabé) no estaban conectados y pues ya arriba, en medio del show, no había mucho que hacer”.

Siento una especie de éxtasis correr por mi columna. Comprendo que el error fue técnico, aunque no me queda del todo claro si fue responsabilidad del equipo del festival o del grupo. Seguimos platicando un rato más. Bardo me cuenta que ahora están dando shows grandes en Nueva York, para diez mil personas. En eso recuerdo que traigo los restos del gallo que prendí cuando comenzaron a tocar y le pregunto si quiere un poco. Me dice que él no, pero quizás el bajista sí. Pasamos dentro de su carpa y les ofrece a los chicos y ellos dicen que simón. Nos saludamos y de nuevo me presento como el guitarrista de Sen Senra, de aquí de Tijuana. Fumamos el bajista, una morra con sombrero y yo.

“¿Cómo están, cansados?”, les pregunto para romper el hielo. “Pues una madre”, dicen. Empiezan a hablar de cuánto han dormido. Uno de ellos me ofrece unas uvas, “recién lavadas, bro”. Las acepto con agradecimiento. Hablamos en español. Les digo que el show que (en teoría) di con Sen Senra estuvo chido, que el escenario es más pequeño, “más íntimo”, dice el bajista, y yo digo que si, que se siente la gente más cerca. “Claro, allá en los otros es como un mar de gente”, comenta.

Decido que es momento de partir: ya tengo lo que buscaba. Antes de eso, les regalo un par de stickers del Otro Caguamón y los invito a escuchar las canciones gregorianas en Spotify. Nos despedimos y me siento liberado, esa libertad que te ofrece la verdad.

Siddhartha y Los Fabulosos: ya es hora de cerrar

Salgo a la multitud y me siento algo abrumado, en parte por la desvelada y toda la energía que implica cubrir un festival como éste, en parte por tanta gente, en parte por el psicoactivo circulando en mi cabeza. Pienso que lugares como los festivales son perfectos para perderse en el caos: es una experiencia de perderse, buscarse y encontrarse en la música, en los escenarios, en la fila del baño, en el “ya me cansé, pero aquí voy a seguir hasta que salgan los Cadillacs”.

Me dirijo al Escenario Tecate, a ver lo que resta de la actuación de Siddhartha, a quien ya he visto en dos ocasiones previas (publicando en su momento una crónica de ello en “Acordes y desacordes”) y pienso que es interesante ver cómo va madurando y envejeciendo un músico… y uno con él, por supuesto.

Empieza “Ser parte” y una chica se pone a bailar frente a uno de los puntos de venta de Tecate, fluyendo al ritmo de Siddhartha. Me sonríe y se da otra vuelta. Ya es esa hora de la noche al parecer. La cerveza y la música han hecho su efecto.

“¡Esta noche estamos aquí para pasarla bien, están todos invitados a bailar con nosotros!”, nos dice Jorge Ibarra, quien siempre logra hacerte sentir que estás en una noche especial. Me pregunto por dónde estarán mis amigos; pero bueno, tratar de encontrar a alguien en el mar de gente sin una mediación digital es toda una odisea. Pienso entonces que la forma más fácil de medir la energía de un concierto es por la dificultad para internarse entre el público hacia la parte delantera. En esta ocasión está bastante complicado el asunto. “¡Gracias Tijuana, sean felices, nos vemos hasta la próxima!”, concluye el músico jalisciense.

Entre la conversación con un par de compas, descubro que al parecer Snow Tha Product reventó, que subieron gente al escenario y la pusieron a bailar y que la vocalista le escupió brandy o whisky o algo de una botella a la gente. Otros compas me comentan que para ellos Los Caligaris se robaron el festival. “Esa madre con el sol y el pinche arcoíris fue otro pedo, güey”, dice uno ellos.

En el Escenario Viva Aerobús toca Sublime With Rome, mientras miles aguardan la presentación de Los Fabulosos en el Escenario Tecate. Pienso que es interesante cómo un proyecto puede resurgir con otro vocalista. Supongo que crea muchos sentimientos encontrados entre los seguidores, pero de acuerdo a lo que leí en prensa, si bien se trata de las mismas canciones de Sublime, Rome Ramírez le mete un estilo totalmente diferente.

Termina Santeria y se empieza a sentir la efervescencia por Cadillacs. Hay gritos que convocan a pasarla bien todos juntos. El festival está a reventar. Pienso que también me hubiera gustado ver a Sabino. Pero bueno, uno no puede partirse en dos: hay que saber decidir.

Empiezan los Fabulosos y la música nos absorbe. Ver de tan cerca a artistas tan legendarios siempre me recuerda que, a fin de cuentas, se trata de seres humanos como nosotros. Claro, seres humanos con mucha magia y talento en el espíritu.

Empieza “Siguiendo la luna” bajo la lluvia y se desliza el sentimiento Cadillac por los acordes menores. El coro es un llanto impresionante, liberador, como las gotas que nos arropan. Me acuerdo entonces de la vez que terminé en la cárcel por fumarme un gallo con un compa, afuera del Paris de Noche. Me acuerdo mucho de las strippers bailando “Siguiendo la luna”, al compás de Vicentico.

Ondulando al ritmo de la canción, decido internarme de nuevo en la marea de gente y sentir esa bella experiencia de conectar con desconocidos a través de un sentimiento musical en común. Porque si algo saben hacer los Cadillacs es crear comunión. Corrección: si algo saben hacer los músicos al tocar en vivo, es conectarnos. Me siento agradecido de estar aquí, y me voy siguiendo la luna.

Siguiendo la Luna no llegaré lejos.
Tan lejos como se pueda llegar.
Son casi las cuatro de la madrugada.
Mi casa brillaba
Cruzando ese mar.

Punto final

Cubrir un festival implica prepararse para ir en busca de lo que ese día será excepcional. A veces es una adivinanza: no puedes saber con certeza quién dará El Show. Pero puedes informarte sobre quiénes están sonando en ese momento, preguntarte en qué punto de su carrera está el artista. En esta ocasión, mi visión se centró en Chicano Batman por la expectativa que tenía y finalmente el asunto resultó como resultó. Entiendo que no todos los conciertos serán buenos y así como yo no pude disfrutar su presentación, seguro las personas en la parte trasera sí lo hicieron; a fin de cuentas, esta crónica fue sólo una de miles de perspectivas que se vivieron en este evento masivo.

El Tecate Península me parece un festival que es nuestro, de los bajacalifornianos, donde podemos escuchar bandas que de otra manera no llegarían a la península. Por lo mismo se agradece todo el esfuerzo que hay detrás. Dicho esto, también hay que apuntar que, según lo que pudimos investigar, hubo un problema técnico que fue responsabilidad del festival que, como se podrá haber figurado el lector, no permitió vivir la experiencia Chicano como se esperaba.

El vocalista suele ser el alma de muchos grupos, es el que refleja cómo está la energía vital del mismo; cuando el instrumento vocal ya no funciona como antes, es difícil disimularlo, mucho más reemplazarlo, porque cada voz es única (claro, hay excepciones en que se logra una adaptación del grupo, ejemplo que pudimos ver con Sublime). Por eso, cuando quitas la voz dejas sin cabeza a agrupaciones como Mi Banda El Mexicano, los Fabulosos Cadillacs o, en este caso, Chicano Batman.

Somos de la idea de que un periodismo musical crítico debe hacer un análisis del show e ir más allá del fanatismo (algo que no es fácil y que en realidad seguimos trabajando). Para ello siempre sirven las preguntas. ¿Cómo se siente el espectáculo? ¿Qué transmiten los músicos? ¿Están bien ensayados? ¿Cómo se escucha la voz? ¿Cómo está cantando el vocalista? ¿Y los demás instrumentos? ¿Cómo es la interacción con el público? Para la ocasión pusimos algunas de estas incógnitas en marcha y aquí tienen el resultado.

Esperamos que esta pequeña aventura sirva para cuidar más los detalles de futuros festivales y que los organizadores no se lo tomen a mal sino, por el contrario, que se motiven a seguir creando estas grandiosas experiencias para los miles de amantes de la música en directo. ¡Hasta pronto y nos vemos (y nos leemos) en el siguiente!

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Publicado en: Crónica