Jeff Beck en concierto, una lección de historia.
Cien minutos de música y pasión

Cabe mencionar que en diciembre de 2010, el músico  visitó nuestro país y se presentó en el Teatro Metropólitan. Nuestro colaborador David Cortés estuvo presente en aquel concierto y escribió la siguiente crónica para La Mosca en la Red, efímera versión en línea de la para entonces ya desaparecida revista La Mosca en la Pared. He aquí este rescate hemerográfico.

Hay diferentes maneras de encarar el estatus de leyenda y Jeff Beck ha elegido la más difícil. En vez de reciclarse hasta la náusea, ha optado por estar al día, de renovar su discurso al aliarse con cantantes como Joss Stone, Imogen Heap o Imelda May; de hacer una fusión con sabor contemporáneo y no anclada en los setenta.

Fotografía: Shannon Kringen bajo licencia de Creative Commons
Fotografía: Shannon Kringen bajo licencia de Creative Commons

La noche de su concierto en el Teatro Metropólitan, todas sus musas recientes estaban ausentes, pero ese detalle no le importó al guitarrista como tampoco a los presentes. Beck es sobrio en sus gestos, pero generoso con sus músicos; cierto, el peso de la noche lo afronta él con su guitarra, pero con frecuencia cede el espacio a sus acompañantes –Narada Michael Walden (¡excelso!) en la batería, Ronda Smith al bajo y Jason Rebello en los teclados. La sección rítmica simplemente es inmisericorde, machaca todo lo que hay a su paso y ambos, Smith y Walden, le crean una cama de clavos a la por instantes hiriente guitarra de Beck.

El guitarrista va de temas ya clásicos de su repertorio (“Led Boots”, “Cause We Ended as Lovers”, “Behind the Veil”, “Rollin’ and Tumblin’”) a composiciones de Emmotion and Commotion, su más reciente producción (“Corpus Christi Carol”, “Hammerhead”, “Somewhere Over the Rainbow”), pero ninguna de ellas es entregada fidedignamente: la improvisación, el jam, se convierte en la columna vertebral de la noche y en ese gesto, la música del inglés se instala en los terrenos de la fusión y el jazz rock.

El punto de inflexión, la diferencia entre esta guitarrista y algunos de sus alumnos y contemporáneos, es que mientras otros tienden a considerar al instrumento como una extensión de su falo, para Beck es una prolongación de su cabeza que antes atraviesa por su corazón. Él puede tocar rápido y muchas notas; sin embargo, su sonido busca ser expresivo, transmitir emociones y no delirios onanistas.

Toda la noche Beck tuvo un micrófono frente a él, pero lo usó poco. Apenas unas palabras para agradecer o pedir un aplauso para sus músicos. Pero lo que no dijo con palabras lo expresó a la perfección con su instrumento y éste la mayor parte del concierto fue cálido, aunque cuando era necesario lo convertía en una furiosa y energética arma, capaz de demoler cualquier resistencia.

No obstante, en medio de toda su espectacularidad, el concierto de Jeff Beck fue una lección de historia. Era imposible no recordar que ese hombre, en su incipiente juventud, formó parte de The Yardbirds, una de las agrupaciones más impresionantes del rock. Hoy, a medio camino, parafrasea “Voodoo Chile” de Jimi Hendrix en una intro; toca una versión de un tema de Les Paul como homenaje al padre de los guitarristas. Cuando acomete “A Day in the Life”, es imposible no pensar en que Lennon y McCartney dedicaron esa canción a Tara Brown, el “creador” del Swinging London.

El encore es grasoso, un funky ácido, electrificante, con remembranzas del “Fire” de Ohio Players y el cierre es con la épica “Nessum Dorma Aria”, tema, dice, dedicado a Luciano Pavarotti. No hay más, no hay necesidad de más, aunque sí deseos; pero en cien minutos, Jeff Beck dejó muy claro por qué se le considera un guitarrista prestigiado y no famoso. Cien minutos de música, de amor, de pasión, de entrega, cien minutos para atesorarlos en la memoria.

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Publicado en: Crónica