El rock progresivo ha tenido una larga historia y al mismo tiempo una lenta evolución. Con esto quiero decir que a pesar de tener más de 50 años desde que esbozó sus primeros intentos, en la segunda mitad de los años sesenta del siglo pasado, no ha cambiado demasiado en su sonido. Es un rock absolutamente virtuoso, realizado por músicos que dominan la técnica de sus instrumentos, incluida la voz, pero que no se ha transformado de manera notoria. Esto no significa algo malo, algo negativo. Sencillamente así han sido las cosas dentro de un género que en ese sentido es más o menos conservador y tradicionalista.
Como muestra de ello, analicemos en forma somera cinco álbumes clásicos de los inicios del progresivo, cinco enormes discos que medio siglo (y tres años) después —ya que dos de ellos datan del año 1969— difícilmente han podido ser superados (aunque esto último dejémoslo a criterio del lector). Que los disfrute usted.
King Crimson. In the Court of the Crimson King (1969)
Para muchos, se trata del disco verdaderamente fundacional del rock progresivo. In the Court of the Crimson King reúne una serie de composiciones extraordinarias y suntuosas que en su momento significaron un rompimiento con el rock psicodélico imperante. Resultaba claro que los músicos que conformaban a King Crimson eran todos virtuosos y estudiosos y que la construcción de los temas estaba muy pensada y dejaba poco a la improvisación. Con Robert Fripp (guitarras) Ian McDonald (teclados, instrumentos de viento y voz), Greg Lake (bajo y voz principal), Michael Giles (batería, percusiones y voz) y Peter Sinfield (letras), el grupo resultó una absoluta novedad en 1969 y aunque algunos críticos lo calificaron como post psicodélico, en realidad se trataba de algo completamente nuevo, diferente incluso a lo que estaban haciendo sus homólogos de Pink Floyd. Piezas como la impresionante “21st Century Schizoid Man”, la tenue e introspectiva “I Talk to the Wind”, la poderosa “Epitaph”, la peculiarísima e inventiva “Moonchild” o la homónima y quizás un tanto pretenciosa “In the Court of the Crimson King” hablaban (y siguen hablando) de algo novedoso y singular. Un álbum que se sigue escuchando fresco y atractivo a más de 50 años de haber sido grabado.
Pink Floyd. Ummagumma (1969)
Ummagumma es la prueba fehaciente de qué existe un Pink Floyd anterior a The Dark Side of the Moon (1973) y The Wall (1979). Luego de un disco relativamente pop (The Paper at the Gates of Dawn, 1967), otro transicional (A Saucerful of Secrets, 1968) y uno más que en realidad era la banda sonora de una película (More, 1969), este cuarto opus pinkfloydiano es el primero verdaderamente experimental y –podemos decirlo– progresivo de su discografía. Álbum doble, con un plato grabado en concierto (sensacional) y otro en estudio (dividido en cuatro segmentos, para que cada uno de los integrantes del cuarteto hiciera lo que se le viniera en gana con su respectiva parte), Ummagumma es una maravilla. En el primer disco, los escuchas podemos saber cómo sonaba Pink Floyd en 1969, ya sin Syd Barrett y con David Gilmour como guitarrista oficial. Grabado en auditorios de Birmingham y Manchester en junio de ese año, la actuación del grupo es impresionante, no tanto por el virtuosismo de los músicos (en realidad ninguno de ellos era un gran técnico de su instrumento), sino por lo que su música proyectaba en conjunto: atmósferas místicas, pasajes oníricos, momentos aterradores (el agudo grito en “Careful with That Axe, Eugene” sigue siendo escalofriante después de 53 años), improvisaciones parapsicodélicas. Las cuatro piezas ejecutadas en concierto suenan mucho mejor, mucho más intensas y desgarradas que sus versiones en estudio. Respecto al segundo disco, tal vez no sea tan intenso y sí bastante irregular, pero tanto Richard Wright con su “Sysyphus” (una obra para diversos teclados), David Gilmour con “The Narroe Way” (una pieza para guitarra y sintetizadores) y Nick Mason con las tres partes de su “The Grand Vizier’s Garden Party” (una de las primeras composiciones para percusiones en la historia del rock, si no es que la primera), se ajustaron a lo experimental. En cambio, Roger Waters prefirió cantar una muy bella canción acústica (“Grantchester Meadows”), la cual sonaba más a folk tradicional que a cualquier cosa que tuviera que ver con lo que sería el rock progresivo, y construir también una pieza tan divertida como su largo título (“Several Species of Small Furry Animals Gathered Together in a Cave and Grooving with a Pict”, a base de sonidos animales y algunas voces humanas. Para quienes sólo conocen al Pink Floyd posterior a los años setenta, la escucha de Ummagumma resulta más que necesaria, obligada.
Emerson, Lake & Palmer. Tarkus (1971)
Apenas en su segundo disco, el trío Emerson, Lake & Palmer edificó una estructura apabullante de rock progresivo en una suite que ocupa todo el primer lado del álbum y que a más de medio siglo de distancia, sigue asombrando a quien la escucha. Conformada por siete partes perfectamente entrelazadas (cuatro instrumentales: “Eruption”, “Iconoclast”, “Manticore” y Aquatarkus”) y tres cantadas (“Stones of Years”, “Mass” y “Battlefield”), “Tarkus”, la pieza de 21 minutos escrita en su mayor parte por Keith Emerson con algunas contribuciones de Carl Palmer y de Greg Lake (este sobre todo en las letras), es una composición épica que tiene pocos rivales en la historia del género (sólo “Thick as a Brick” de Jethro Tull y quizá “Close to the Edge” de Yes se le podrían comparar). Respecto al segundo lado del plato, está conformado por seis cortes estupendos, aun cuando no todos pertenecen al progresivo (“Are You Ready Eddy”, por ejemplo, es un simpático rocanrolito con todas las de la ley). Sin embargo, temas como “Bitches Crystal” y “A Time and a Place” cumplen con todos los requisitos para ser considerados como prog rock. Tarkus es una obra maestra de Emerson, Lake & Palmer, simplemente imprescindible.
Yes. Fragile (1972)
El cuarto trabajo discográfico de Yes sigue siendo el más significativo de todos los que realizó a lo largo de su prolongada, productiva y contradictoria carrera. Aunque tal vez no se encuentra a la altura de Close to the Edge,(1973), Fragile fundó por completo el estilo más que reconocible del quinteto con su formación clásica: Jon Anderson (voz principal), Steve Howe (guitarras), Rick Wakeman (teclados), Chris Squire (bajo) y Bill Bruford (batería). Marcado por el indudable éxito de su larga composición, la extraordinaria “Roundabout” (que en la radio era transmitida en una versión corta), el disco navega sin embargo a través de aguas al mismo tiempo procelosas y tranquilas, con las variaciones y cambios de armonía, melodía y ritmo tan característicos del grupo. Letras fantasiosas y que coqueteaban con la ciencia ficción son el contenido perfecto para el marco instrumental de Wakeman desde sus apabullantes órganos, melotrones y sintetizadores. Habrá que mencionar también, por supuesto, el impresionante trabajo guitarrístico de Howe y las vocalizaciones de Anderson, sin olvidar la precisa y apabullante sección rítmica. Aunque “Roundabout” es el highlight del disco, otras composiciones resultan tanto o más buenas, caso sobre todo de las magníficas “Long Distance Runaround” y “Heart of the Sunrise”. Una obra redonda.
Genesis. The Lamb Lies Down on Broadway (1974)
Séptimo disco de Genesis y el primero plenamente conceptual, The Lamb Lies Down on Broadway es una obra monumental, bombástica, monstruosa, grandilocuente, prácticamente una ópera rock, pero –eso sí– una ópera rock progresiva. En la misma se cuenta la historia de un puertorriqueño de nombre Rael, quien se dedica a la prostitución masculina en la ciudad de Nueva York. Si bien la narración es confusa e inconexa y en ocasiones absurda (en el sentido del teatro del absurdo), la música resulta excelente. Se trata de un álbum doble, con cada disco perfectamente definido: el primero con diez canciones y el segundo con piezas instrumentales y atmosféricas. Destacan cortes como “Back in N.Y.C”, “In the Cage”, “The Carpet Crawlers” y la homónima “The Lamb Lies Down on Broadway”. Este es posiblemente el Genesis favorito de sus seguidores, con Peter Gabriel como líder y cantante principal, Steve Hackett y Mike Rutherford en las guitarras, Brian Eno y Tony Banks en los teclados y Phil Collins en la batería. Un absoluto dream team para un álbum de excepción, el último de Gabriel con el grupo.
Excelente elección, Hugo