En el Alicia con Panteón Rococó

La camiseta —negra, con letras en blanco y una estrella roja en el centro— reproduce la misma leyenda del cartel conmemorativo: “Panteón Rococó. 27 años y un adiós. Martes 15 y miércoles 16 de noviembre / 2022 / 19:33”. En realidad, más que dos tocadas sorpresa, esa prenda de vestir celebra una relación, un lazo de amistad.

El lugar está atestado, pero se puede circular con relativa facilidad y el sonido ambiental deja escapar clásicos de la época del rock en tu idioma. Cuando llega el momento, los Alicios y algunos acompañantes de la banda forman una valla y, con una puntualidad inusual, uno a uno los integrantes del grupo desfilan hacia el escenario.

No hay saludo ni discurso inaugural. Panteón Rococó ataca de inmediato con “Esta noche” y el sonido es potente, aunque en realidad los allí presentes nos dejamos avasallar por la intensidad y los cuerpos comienzan a brincar, mientras otros aprovechan para hacer videos con sus teléfonos.

Cierto, la pantallitis dominante en los conciertos actualmente es un incordio, pero es una noche especial, muy especial. ¿Cuántos no hemos deseado ver a una banda encumbrada regresar a su casa y hacer un concierto “íntimo” para apenas 400 personas? ¿Cómo les pides que no graben, dadas las facilidades de la tecnología para hacerlo hoy día?

Cuando sonó el celular y me preguntaron sí quería ir a un concierto sorpresa en el Foro Alicia, primero pregunté cuál sería la banda y me coticé. Alegué cansancio, trabajo, que era martes. Decliné. Pero medida hora más tarde, luego de darme cuenta de la magnitud de la noche, confirmé mi asistencia.

Fotografía: Montecruz Foto bajo licencia de Creative Commons
Fotografía: Montecruz Foto bajo licencia de Creative Commons

Porque sí, la noche es memorable. Panteón Rococó regresaba a uno de los lugares donde nació, comenzó a crecer y que, justo este 2022, anuncia su cierre luego de 27 años de acunar al rock de este país.

Hoy martes, el clima es de hermandad. Hay asistentes que tienen una familiaridad con el grupo, lograda luego de múltiples conciertos y las afables mentadas circulan del público al escenario y viceversa. Me sorprende la imagen de Gorri, siempre delgado, pero ahora con el pelo corto y canas, como si el tiempo no hubiera pasado por encima de los presentes, quien esto escribe incluido.

Shenka echa mano de su verbo y llegado el momento hace alusión a esos primeros años de contubernio entre el foro y la banda. No es necesario que lo diga, el ambiente está cargado de armonía y los fans son un muestrario de las edades. En el fondo, una pequeña de diez años, montada sobre los hombros de su padre, no le pone mucha emoción al momento de cantar, pero no deja escapar ninguna de las canciones.

Contra lo que pudiera pensarse, el set no se centra en Ofrenda, la más reciente placa de los Panteones. En vez de ello, hacen un recorrido por los clásicos: “Vendedora de caricias”, “Acábame de matar”, “Estrella roja”, “El último ska”, “La rubia y el demonio”. No faltan “La carencia”, “La dosis perfecta” y “Asesinos”, pero uno de los momentos de más “descontrol” se da cuando ligan “Oye cómo va”, “Mil horas”, “Cariñito” y “Cumbia del olvido”.

El lugar amenaza con caer.

Al día siguiente, Darío y yo charlamos brevemente y le pregunté algo de lo cual intuí la respuesta. El set va a ser el mismo de anoche, ¿verdad? Sonrió y dijo sí. Yo sólo asentí: “Es presumible”.

Sin embargo, no fue así.

La noche del miércoles el ambiente era igual de armónico que la fecha precedente, pero había menos “amigos” entre el público. Las bromas no fluían de la misma manera, sin por ello llegar al acartonamiento. El slam se armó desde el inicio y continuó toda la noche, pero se agregaron canciones y al cierre la banda tocó casi media más que el día anterior. Shenka repitió en esencia su discurso y recordó sus orígenes en el barrio y la permanente filiación de todos con él —esa versión de “Te vas a acordar de mí” lo dejó muy claro—; Paco y Missael dejaron momentáneamente los metales para rapear en algunos temas.

También se repitió, para mí beneplácito, el tándem de “Oye cómo va-Mil horas-Cariñito-Cumbia del olvido”. Y cómo no celebrarlo si el combo se escuchaba asentado, muy acoplado, haciendo evidente que más de un cuarto de siglo no ha pasado en balde y que esos sold out en el Foro Sol no fueron obra de la casualidad.

No hubo encore. Cuando Shenka dijo: “nos vamos”, el sonido ambiental apagó cualquier reclamo. Sin embargo, la noche no había acabado. Los integrantes del grupo bajaron del escenario y la fiesta prosiguió. Abundaron las fotos, la firma de carteles, de autógrafos. El detalle no se me escapó: allí estaban los ocho originales que aún permanecen, prodigando sonrisas, firmas y todo aquello que les solicitaban sus fanáticos. Incluso Shenka, a pesar del asedio que le da su condición de frontman, lo hacía, aunque en menor medida.

Insisto, fue una noche histórica, aunque haya haters que la minimicen. Pero antes de salir del Alicia, me quedé con la imagen de un pequeño de siete años que había bajado ha rato de los hombros de su papá y que venía bañado en sudor. Traía la sonrisa más cercana a la felicidad que he visto en años recientes y cuando hablé rápidamente con su progenitor, el niño se despidió de mí chocando el puño.

“Que chingón” dijo a mi lado Gustavo, “sí hay futuro”.

Me quedé en silencio, pero le di la razón.

El Alicia cierra.

Pero las huestes que formó siguen. Siempre habrá la posibilidad de un futuro.

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Publicado en: Crónica